La cuestión de China planeará sobre el cónclave de la Iglesia católica
El mundo sería hoy distinto si el cristianismo hubiese logrado entrar en el corazón y en la mente del pueblo chino. Hace poco más de cuatrocientos años, la Iglesia católica tuvo la oportunidad de intentarlo, pero una disputa doctrinal sobre la flexibilidad del mensaje evangélico le hizo perder una preciosa posibilidad. Ese ‘momento’ China lleva el nombre del jesuita italiano Matteo Ricci, personaje legendario.
Nacido en 1550 en Macerata, región de las Marcas, muy cerca del Adriático, el mar de la República Veneciana, el mar de Marco Polo, Matteo Ricci cayó de joven en la marmita de la sapiencia. Educación de alto nivel. Filosofía, idiomas, matemáticas, geografía, cartografía, navegación. Un hombre que vino a este mundo a estudiar fue seleccionado por la Compañía de Jesús para intentar repetir en China la aventura del misionero navarro Francisco Javier en Japón.
Se trataba de impresionar a los mandatarios chinos con los mejores conocimientos sobre la tierra y el cielo. Ricci y otros catorce jesuitas atravesaron el estrecho de Malaca con una misión difícil: adaptarse a la cultura china, empaparse de ella, aprender el idioma, llegar hasta el emperador Wanli (dinastía Ming), iniciar una cualitativa labor de proselitismo y obtener permiso para la evangelización del país más poblado de la Tierra.
Al principio fue un mapa. Ricci llegó al puerto de Macao, asentamiento portugués en la costa china, con un prisma de cristal, un reloj mecánico y un mapa mundi en el que aparecían todos los países de los que en Europa se tenía noticia. El prisma descomponía la luz, el reloj daba las horas y el mapa explicaba que había otros países además de China, cosa que causó una gran sensación. El ‘Kūnyú Wànguó Quántú’ (Mapa de los diez mil países del mundo) revolucionaría la mirada que la corte imperial tenía del mundo. Era el primer encuentro trascendental entre Occidente y Oriente.
A medida que iba avanzando en el conocimiento de la cultura china, Ricci fue comprendiendo que la evangelización no podía hacerse al margen o en contra de los principios básicos de aquella civilización milenaria. Había que adaptarse a ella. Había que absorberla, había que respetarla. Había que imprimir el cristianismo sobre un intenso fondo cultural.
Empezó a vestir ropajes chinos, escribía mandarín con fluidez y adoptó el nombre de Li Madou. Li: beneficio, ventaja, provecho. Madou: traslación fonética de Matteo. Li Madou, humilde servidor de Occidente. Cuando finalmente la comitiva llegó a Pekín en 1601, después de un largo periplo por diversas provincias y ciudades, Ricci parecía un sabio confucionista de luengas barbas. Era astuto. Impresionaba a los mandatarios locales con técnicas que le permitían memorizar muchos nombres y números. Escribió en chino un tratado sobre la amistad y publicó un libro sobre el matemático y geómetra Euclides en colaboración con Xu Guangqi, el primer alto funcionario imperial que se convirtió al cristianismo. Fue Guangqi quien le convenció de que el mensaje de Cristo no podría prosperar en China si no se adaptaba al confucionismo, el sistema filosófico, ético y político desarrollado a partir de las enseñanzas de Confucio (551-479 a.C.) y sus discípulos.
Aquel gran país jamás abriría la puerta a una religión extranjera desvinculada de su cultura. Ese fue el mensaje que Ricci transmitió a Roma. Había que adaptar el cristianismo al confucionismo. Había que permitir que los nuevos cristianos chinos mantuviesen las ceremonias de culto a los ancestros y el culto a Confucio. Había que presentar a Dios como ‘Thianzu’ (el Señor del Cielo). La estrategia de adaptación gustó a la Compañía de Jesús y parecía no encontrar graves obstáculos en la Santa Sede. El culto a los muertos podía aceptarse como tradición cultural. China bien valía un esfuerzo de adaptación.
Franciscanos y dominicos, no muy amigos de los pujantes jesuitas, empezaron a murmurar y acusaron a Ricci y a sus compañeros de promover la idolatría. Se desató la ‘controversia de los ritos’, que duró años y fue zanjada en 1714, cuando Ricci ya había muerto en China. En la bula ‘Ex aequo singulari’, el papa Benedicto XIV estableció que los ritos chinos eran idolatría. Los cristianos chinos debían rechazar los ritos ancestrales. No podían rendir culto a Confucio. Entonces se cerraron las puertas. Los nuevos emperadores de la dinastía Quing (manchúes) prohibieron el cristianismo, que regresaría un siglo después al lado de las fuerzas coloniales.
A principios del siglo XX, la rebelión nacionalista de los Bóxers quemó iglesias. Tras la victoria de la revolución comunista en 1949, el cristianismo pasó a ser considerado religión colonial, se decidió la expulsión de los misioneros extranjeros y del nuncio vaticano Antonio Riberi, el embajador del Vaticano, y ae procedió a la creación de una Asociación Católica Patriótica China que no aceptaba la autoridad de Roma. Sus obispos eran nombrados directamente por el Gobierno comunista. Seguían nominalmente la doctrina católica, pero no obedecían a Roma. La China de Mao Zedong no aceptaba un movimiento religioso cuyo centro de decisión se hallaba en el otro extremo del mundo. Al cabo de unos años, tampoco aceptaron que los comunistas soviéticos les dictasen órdenes desde Moscú. Junto a esa singular Iglesia católica nacional, controlada por el régimen, siguió existiendo un catolicismo clandestino duramente perseguido.
Resolver esta situación ha estado en la mente del Vaticano desde Pablo VI, que defendió públicamente el ingreso de la República Popular China en la ONU en 1965. La legendaria figura de Matteo Ricci acabaría siendo rehabilitada por Juan Pablo II, y el jesuita Jorge Mario Bergoglio quiso dar un paso más: negociar con las autoridades de Pekín un nuevo estatus del catolicismo en China. Volver a Ricci.
El papa Francisco encomendó esta misión al secretario de Estado Pietro Parolin, diplomático de carrera, jefe del servicio exterior vaticano, cardenal que estos días aparece como un sólido aspirante a la sucesión. (Quizás se habla demasiado de él en los medios, quizá esa circunstancia le acabe perjudicando). Parolin negoció pacientemente con Pekín un mecanismo de elección de los obispos chinos, en un acuerdo de naturaleza confidencial renovado en los últimos años. Un acuerdo secreto que se supone que concede al gobierno de Xi Jinping la última palabra sobre los obispos católicos.
2018. El pacto del Vaticano con China coincidió con el ingreso de la República Italiana en la Nueva Ruta de la Seda, el gran proyecto estratégico chino para el siglo XXI. Paz espiritual y colaboración portuaria. Nombramiento de obispos y gestión china del puerto de Trieste, puerta de entrada a Centroeuropa. El enfado en Washington fue mayúsculo. Tremendo. La presión continua de los norteamericanos consiguió que en 2023 la primera ministra Giorgia Meloni cancelase la adhesión de Italia a la Nueva Ruta de la Seda. El secretario de Estado durante el primer mandato de Donald Trump, Michael Pompeo, escribió una dura diatriba contra el acuerdo entre el Vaticano y China en la revista conservadora católica estadounidense First Things. El ala más conservadora de la Iglesia no ha dejado de criticar la naturaleza secreta del pacto. Pietro Parolin deberá estar atento estos próximos días.
La Iglesia católica mira a Asia, como señalaba el lunes Antoni Puigverd en un buen artículo en La Vanguardia (1). Y el gobierno de los Estados Unidos, muy interesado por Asia, también mira mucho al Vaticano. Tenemos constancia de ello. Lo pudimos comprobar directamente en Roma el pasado domingo.
Entretanto, el confucionismo se robustece en China. El Partido Comunista también se ha ‘inculturado’, ya es más confucionista que marxista. El principal ideólogo del PCCh, Wang Huning, defiende un poder más centralizado, una lucha más severa contra la corrupción y una mayor armonización con la vieja tradición cultural china.
El PC chino quiere ser más confucionista. Rusia ha regresado al zarismo y el nuevo vicepresidente de los Estados Unidos, JD Vance, cita a san Agustín para justificar la deportación de inmigrantes. Ahora toca a la Iglesia católica redefinir su papel en este nuevo mundo en el que la luz se va. El pacto secreto con China pende sobre el cónclave.
LA VANGUARDIA
(1) Geopolítica del cónclave
Antoni Puigverd
Los católicos siguen aumentando en el mundo. 1.400 millones de fieles; un aumento engañoso, puesto que toda la población mundial crece. Decrece, por supuesto, el cristianismo en Tierra Santa. Los palestinos de tradición cristiana, asediados por Israel y por el fundamentalismo islámico, han tenido que expatriarse. Algo parecido ha ocurrido en Siria y en Irak, territorios germinales del cristianismo.
Los cristianos árabes están desapareciendo a la fuerza mientras que los europeos se despiden del catolicismo con placer. Las jóvenes generaciones lo ignoran todo del catolicismo. Nadie los ha bautizado ni informado. El hachazo de 1968 fue contundente. Las generaciones maduras se cargaron, sin una sombra de duda, un árbol de unos 1.800 años.
De esta tradición queda un hilo: comunidades reducidas, quizás más depuradas, a las que Benedicto XVI invitó a convertirse en minorías creativas en unos países en los que el relativismo es la ética dominante. Los católicos son ahora los más claros discrepantes de los ideales hedonísticos de la cultura occidental. Por otra parte, la caridad que muchos de ellos practican es fundamento de la fraternidad, el tercer color, generalmente despintado, de las democracias. La minoría cristiana tiende a aportar dicha pintura, pero esto se sabe poco porque está fuera del foco de la opinión pública, salvo en momentos como este: en la muerte de un pontífice; o en los escándalos de la pederastia, una mancha que la Iglesia lleva encima como una eterna cuaresma.
También en Latinoamérica el catolicismo es decreciente. Las iglesias evangélicas, de inspiración estadounidense, han tejido formidables comunidades. Brasil será pronto de mayoría evangélica, una tendencia preocupante, ya que en el continente americano viven la mitad de los católicos del mundo. En África es donde, por demografía, crece más el catolicismo, aunque en Congo el ‘sorpasso’ evangélico ya se ha producido. El catolicismo no abre nuevos territorios de misión, ya que en Asia la tasa de católicos es un 10% y en China, potencia en expansión, apenas un 3%. De ahí la geopolítica de Francisco, centrada en la misión en Asia. Ya Juan Pablo II había escrito que el tercer milenio tenía que ser asiático.
En estos días se habla mucho de las reformas de Francisco. En mi opinión, han sido más de fondo (la teología de los descartados) que estructurales. Su reforma más importante es la geopolítica del cónclave. Nunca se había producido una ampliación del colegio cardenalicio como la de Francisco, se dice. De los 135 electores, 108 habrán sido nombrados por él. Ahora bien: muchos de los cardenales escogidos no compartían su pensamiento. Si los ha nombrado es porque, previamente, habían sido elegidos por sus respectivas conferencias episcopales como presidentes o secretarios (eso explica que ni Toledo ni Sevilla tengan representación y sí Valladolid). Se puede seguir el mapa de las ciudades de los cardenales: en muchos países ocurre lo mismo. Un 50% del colegio cardenalicio ha pasado por una elección previa de sus compañeros de conferencia.
Segundo detalle geopolítico: Asia tendrá en el cónclave un 17% de representación, a pesar de su pequeño 10% de población católica: una prima de casi el doble. Mongolia (con un 1% de católicos) tiene voz en el cónclave, mientras que las muy católicas Irlanda o Austria, no. Francisco quería que la Iglesia arraigara en Asia, el continente del futuro. Por eso necesitaba desmarcarse de EE.UU.: no se entra en Asia con vínculos con el imperio americano. Y esto explica el pacto secreto, que permite a China intervenir en el nombramiento de los obispos. Se llama inculturización y los jesuitas la practican desde las antiguas reducciones de Paraguay: prescindir de lo accesorio (tradición europea) para que el cristianismo pueda amoldarse a la cultura local.
Se ha hablado mucho del nombre de Francisco de Asís, que inspiró un pontificado centrado en la pobreza, pero quizás deberíamos haber pensado en otro Francisco, Javier, que cristianizó Japón y que murió en una isla cerca de China, donde quería continuar su misión. Una grave enfermedad pulmonar impidió al joven Bergoglio ejercer su labor como jesuita en Japón y China, como ansiaba. Parodiando al obispo catalán Torras i Bages, Francisco creía que “el catolicismo será asiático o no será”. Veremos qué dice el cónclave.










