La apuesta del presidente Recep Tayyip Erdogan es a todo o nada. Lleva 22 años en Turquía, primero como primer ministro y desde el 2014 como presidente. Se siente tan amenazado por el alcalde de Estambul, Ekrem Imamoglu, su gran rival y favorito para ganar las próximas presidenciales, que ha decidido arrasar lo que queda de la democracia turca. El tsunami de indignación ciudadana por la detención de Imamoglu empuja al país a una dimensión desconocida: o involución autoritaria o fin convulso del régimen.
El propio Erdogan también fue destituido como alcalde de Estambul y pasó 4 meses en prisión en 1999 por declaraciones contra el laicismo y la democracia. El veterano dirigente ha olvidado cómo la represión sufrida impulsó su carrera. El partido AKP, de inspiración islamista, que fundó en 2001, obtuvo la mayoría absoluta al año siguiente y se mantiene en el poder.
El líder opositor Ekrem Imamoglu y un centenar más de miembros de su partido CHP (Partido Popular Republicano) fueron arrestados el pasado 19 de marzo. Se les acusa de corrupción, cohecho, manipulación de subastas públicas, liderazgo de banda criminal y posible colaboración con un grupo terrorista –esto debido a la colaboración (con éxito) del CHP con el HDP kurdo–. Han detenido también a su director de campaña y al abogado Mehmet Pehlivan, este último acusado de blanqueamiento de capitales (al igual que Gonzalo Boye!). Se han incautado la empresa constructora del padre de Imamoglu. El CHP ha visto la oportunidad política y ha permitido a cualquier turco adulto participar en sus primarias del 23 de marzo: 15 millones de papeletas demuestran un firme apoyo al popular alcalde encarcelado, al que por cierto le han anulado el título universitario 31 años después de haberse graduado en la Universidad de Estambul. La Constitución turca exige un título de 4 años para convertirse en presidente del país. Curiosamente, es Erdogan quien no puede demostrar que su diploma sea válido, y además debería reformar la Carta Magna si pretende aspirar a una tercera reelección en 2028.
En su primera etapa al frente de Turquía, Erdogan era apreciado. Destacó como un político capaz y sensible. Aplicó reformas económicas que generaron crecimiento y estabilidad financiera y redujeron la inflación, especialmente entre 2003 y 2008. Fue dialogante con la minoría kurda, a quien facilitó la enseñanza y medios de comunicación en su lengua. A partir de 2015, varios factores interrumpieron el proceso de paz, entre ellos el endurecimiento del AKP tras caer en votos. El Estado turco pasó a aplicar políticas draconianas, con miles de víctimas mortales y desplazamientos masivos de población kurda. Más de 100 alcaldes kurdos elegidos democráticamente han sido destituidos y reemplazados por administradores designados por Ankara. Muchos miembros del partido kurdo HDP han sido procesados y/o inhabilitados y en 2023 se le bloquearon temporalmente los fondos públicos, lo que mermó su capacidad para hacer campaña.
Se ha acusado de terrorismo a miles de kurdos, incluido el famoso Selahattin Demirtas. Este desgraciado político sigue encarcelado desde 2016 pese a la sentencia del Tribunal Europeo de los Derechos Humanos que ordenó su liberación inmediata en 2020. Señaló varias violaciones de sus derechos humanos, entre ellas que Turquía le impidiera salir de prisión como preso preventivo pese a haber sido proclamado parlamentario electo. Recordaremos de paso que es lo mismo que Llarena hizo con Oriol Junqueras y Jordi Sànchez en 2018. El septuagenario Erdogan se ha vuelto más autocrático a medida que ha ido perdiendo apoyo en las urnas. Desde el 19 de marzo, millones de valientes turcos protestan en defensa de la democracia, contra el presidente y contra la crisis económica. Salen a la calle desafiando las prohibiciones, la falta de libertad de prensa, las pelotas de goma y más de 2.000 detenciones. Entre los manifestantes abundan jóvenes que no han conocido ningún otro mandatario.
El Estado turco extiende al resto de la población la represión a base de encarcelamientos, destituciones, censura y violencia a cargo de las fuerzas de seguridad y los jueces, que ya aplica desde hace tiempo contra los kurdos. Erdogan, siempre astuto, confía en que Europa hará una vez más la vista gorda. El viejo hombre fuerte se sabe imprescindible porque la UE necesita la colaboración de Turquía con Ucrania, Siria y el control de la migración irregular. A los catalanes todo esto nos suena. Demasiado.
EL PUNT-AVUI









