La cara ilustrada del populismo

Después de visto, hombre listo. Hay quien dice que antes de las elecciones ya sabía todo lo que Trump ha hecho (o deshecho) en poco menos de tres meses. Había ciertamente una declaración de intenciones hiperbólica, pero lo cierto es que la extensión y oportunidad de los decretos de Trump a menudo escapan a los propios colaboradores. Vean, si no, la decisión de imponer aranceles a prácticamente todos los países y dejarla en suspenso veinticuatro horas más tarde sin consultarlo con Peter Navarro, el arquitecto de la política de aranceles del presidente. Cuando Trump decide por un impulso y deja la decisión sin efecto por un impulso contrario, lo único que puede decirse con seguridad de esta política errática es que el presidente escribe historia. Con mala letra, si lo desean, pero historia al fin y al cabo. Sin embargo, nadie está todavía en situación de explicarla convincentemente, porque el protagonista se supera él mismo de un día para otro y no sabremos el final del cuento hasta que no haya terminado. Cuando la normalidad es anormal, avanzar conclusiones es una empresa arriesgada y hace falta mucho conocimiento o mucha frivolidad para anticiparse a lo que acontecerá. Por eso, sabios retrospectivos hay a espuertas, pero que acierten a describir la forma que tendrá la realidad cuando todavía no está amasada hay poquísimos. Sin embargo, son estos los que vale la pena leer, incluso cuando los fenómenos que explicaban en su día ya son historia en el sentido formal de la palabra.

Sin aventurar ninguna profecía, porque no tengo el don, me arriesgaré siquiera a expresar un sentimiento. Y un sentimiento puede ser tan subjetivo como se quiera, pero nunca es una ficción. Helo aquí: cuando observo a los personajes que rodean a Donald Trump, no puedo evitar ver futuros cadáveres políticos. Son como muertos vivientes que chupan la sustancia vital de la realidad, desrealizándola. Habiendo atado su destino al de Trump, difícilmente le sobrevivirán en el poder. Estoy en desacuerdo con quienes temen que el trumpismo se institucionalice al agotarse el líder. Tampoco diviso una recuperación inmediata del GOP, el viejo partido conservador de los valores tradicionales y del patriotismo. Si queda algo, hiberna en la oscuridad y el silencio del miedo, esperando la hora del deshielo.

Con el trumpismo me da la impresión de asistir a una tragedia clásica, con el ‘hibris’ subiendo cada día de grado para llegar a la altura desde la que se despeñará. Pero cuando llegue el día, no es seguro que la democracia americana renazca de las cenizas. El trumpismo tiene, como mínimo, dos vertientes ideológicas y el desastre predecible de uno no presupone necesariamente la del otro. La más estridente es el populismo: el estilo desvergonzado, la acción torpe, el recurso a la mentira, el prejuicio, la indiscreción y el exhibicionismo. Esta faceta histriónica conecta con las clases populares, que compraron a su ídolo la promesa de mejorar las condiciones de vida castigando a los supuestos responsables de su desclasamiento: las élites de las dos costas del país, las universidades que aplican criterios de discriminación positiva, los inmigrantes que deprimen los salarios aceptando sueldos de miseria, los países que “maltratan» Estados Unidos con una política comercial abusiva y se llevan la industria compitiendo con mano de obra a precio de saldo y condiciones laborales cercanas a la esclavitud. Es la faceta del resentimiento reflejándose en un presidente profundamente resentido.

Pero existe una vertiente del trumpismo no tan conocida: el elitismo visionario. Que Trump adora el dinero casi tanto como Salvador Dalí y venera a quienes más lo tienen no es ningún descubrimiento. Tampoco es ninguna novedad. En Estados Unidos, con menos tapujos que en otros países, la política y el dinero siempre han ido de la mano. Pero esta simbiosis nunca había generado una ideología tan hostil al Estado. Ésta es la cara más peligrosa y para muchos desconocida del trumpismo. Pues detrás o junto al histrión, que algunos menosprecian ingenuamente por su incultura, como si no hubieran sido incultos Ronald Reagan y George W. Bush sin que esto les restara popularidad, hay personalidades a las que sería excesivamente atrevido a tachar de ignorantes.

La digitalización ha reconfigurado el mundo de forma irreversible. Detrás de esta transformación hay una élite tecnológica concentrada en Silicon Valley. Algunos residentes de esta región, que no es ninguna circunscripción oficial, sino una referencia al universo paralelo de la tecnología, crearon en pocos años una subcultura de raíces libertarias que últimamente ha evolucionado hacia la visión de un Estado gobernado por estas élites. No es ningún Estado convencional, sino una utopía (o distopía, según quien lo considere) tecnológica que arrinconará al Estado constitucional en el desván de la historia. De estos vecinos de proximidad, me separa un muro no sólo de riqueza y de influencia, sino especialmente de atmósfera cultural.

Soy un superviviente de la tribu que habitaba en la Galaxia Gutenberg y todavía frecuento las ventas de libros usados, donde nos encontramos una vez al mes los buitres del reciclaje cultural. En estos lugares uno se puede hacer cargo del estado de espíritu de la comunidad, como el forense que analiza los restos de una comida en el estómago de un difunto. Una primera impresión es la abundancia y variedad de libros que se reciclan en Palo Alto, algo poco sorprendente teniendo en cuenta el alto consumo de bienes intelectuales que representa Stanford. Más notable es la cantidad de copias de las novelas de Ayn Rand que encuentro casi todo el año. Rand fue la creadora del Objetivismo y la inspiradora del eudemonismo individualista (1). También fue una enemiga jurada del colectivismo, como del altruismo y su máxima expresión, el Estado providente. Que esa autora de los años cuarenta y cincuenta sea tan leída en los círculos empresariales de Silicon Valley debería haber llamado la atención. Su filosofía informa la ideología y la práctica social (o antisocial) de personas como Elon Musk. Son personas cognitivamente superdotadas que, a diferencia de otras como por ejemplo Bill Gates, aborrecen todo lo que huele a beneficencia y pretenden reducir la huella del Estado al control de la producción. Lo hacen no sólo por oportunismo sino también por convicción filosófica. Por eso, cuando Musk desguarnece las funciones del Estado tildándolas de ineficientes, lo hace con la coartada de salvar la civilización. No es una idea personal sino una divisa que distingue a los iniciados. Antes de que Musk ya la había proclamado Michael Anton, el actual director de planificación política dentro del Departamento de Estado (Ministerio de Asuntos Exteriores), afirmando que «nuestra civilización ha perdido la voluntad de vivir».

Musk es el ejemplo más conocido de la secta tecno-libertaria. Pero más influyente ideológicamente que él es Peter Thiel, cofundador de PayPal, de la empresa de datos masivos Palantir y de la empresa de capital riesgo Founders Fund. Thiel, que había sido socio de Musk, se define como libertario conservador. Estudió filosofía y derecho en Stanford y ejerció de abogado antes de hacer fortuna en el mundo de la tecnología digital, del que se retiró porque encontraba el ambiente de Silicon Valley asfixiante por demasiado liberal. Es un pensador a la contra, un inconformista. Sin duda, su faceta antisistema fue una de las razones que financiara la candidatura de Trump en 2016 y le ayudara en otras ocasiones. Aún así, el año pasado rechazó la petición de Trump de diez millones para su campaña porque estaba decepcionado con los políticos y pensaba que, ganara quien ganara, no cambiaría nada fundamental. Quizás ahora se lo repiensa. Thiel está convencido de que la democracia no tiene futuro y vislumbra un mundo regido por una especie de rey filósofo y una élite intelectualmente superior. Con su influencia sobre Trump consiguió que el implacable candidato no sólo perdonara a J. D. Vance de haberlo comparado con Hitler, sino incluso que lo elevara a la vicepresidencia. El perdón se selló en febrero de 2021 en un encuentro en Mar-a-Lago arreglado por Thiel.

Vance proviene de una de las zonas más pobres de Estados Unidos, la región de los Apalaches, y con un pasado de drogas, servicio militar con los marines y la relativa fama que le dio ‘Hillbilly Elegy: A Memoir of Family and Culture in Crisis’, un libro sobre la marginación vivida en su ambiente familiar, no habría hecho carrera política si no le hubieran ayudado los millones invertidos por Thiel, que Vance conoció en una conferencia del empresario en Yale cuando el futuro vicepresidente estudiaba derecho. En 2017 Thiel le contrató en su empresa de inversiones Mithril Capital y empezó a financiarle la carrera política. En 2022 invirtió 15 millones de dólares en la campaña de Vance en el senado de Ohio, una cifra histórica para un único donante. Aquel escaño, crucial para el Partido Republicano, decidió la elección de Vance como segundo de Trump en las pasadas elecciones presidenciales.

Vance es el enlace de Thiel y de otros empresarios de la secta tecnolibertaria en la Casa Blanca. Estos personajes están en las antípodas del populismo, pero lo parasitan porque coinciden en el autoritarismo. Hace varios años Thiel escribió en una publicación libertaria: “Ya no creo que la libertad sea compatible con la democracia”. Había llegado a la misma conclusión que Platón, cuando proyectó sustituir la moribunda democracia ateniense por una república gobernada por el conocimiento.

Un personaje clave en la deriva filosófica de Thiel es Curtis Yarvin, otro ciudadano de Silicon Valley. Yarvin es un bloguero, el fundador del proyecto “Ilustración oscura” y uno de los ideólogos más influyentes en la actual administración, sobre todo en el vicepresidente, con quien le une, además de las ideas antidemocráticas, el patrocinio de Thiel. Y no sólo de Thiel. Marc Andreessen, otro empresario de capital riesgo y asesor informal de Trump, ha defendido las ideas de Yarvin. Y el inversor Balaji Srinivasan se ha hecho eco de ello, proclamando la bondad del cameralismo tecnocrático que promueve Yarvin, esto es la idea de un Estado paralelo gobernado por Silicon Valley e independiente de la jurisdicción de Estados Unidos. Esto era en 2013. Ahora que se han apoderado del estado federal, es más tentador recortarlo hasta hacerlo insostenible preparando el camino al nuevo cesarismo, el término empleado por Yarvin para la dictadura tecnocrática del futuro. No el cesarismo clásico, según él, sino un cesarismo legitimado por la necesidad de salvar al país de la descomposición. La fórmula es sorprendentemente vieja, a pesar de las baratijas tecno-digitales. Es la justificación empleada por todos los dictadores, que en España, además, teorizó a Donoso Cortés en su célebre discurso sobre la dictadura del 4 de enero de 1849 en el congreso de los diputados.

Muchas actuaciones de Trump desde la investidura corresponden a ideas expuestas por Yarvin. Principalmente la defensa de una monarquía corporativa en manos de “inversores” que elegirían a un directivo con poder absoluto al servicio de los intereses de la corporación. Para conseguir ese objetivo, el aspirante a autócrata debía anunciar sus planes durante la campaña electoral, y una vez hubiera ganado la presidencia debería proclamarse en posesión de un mandato y proceder a desmontar el sistema. En primer lugar, neutralizando la dificultad que representan las universidades de élite y los medios de comunicación, un conglomerado liberal que Yarvin designa con el epíteto de “la catedral”. Otra estrategia que promueve desde 2012 es la expresada por el acrónimo RAGE (‘rabia’), que en inglés significa “Retirad Todos los Funcionarios del Gobierno”. Exactamente lo que han hecho Musk y sus acólitos, escudándose detrás de las siglas DOGE o departamento de eficiencia gubernamental.

Antes de las elecciones, Vance, que siempre ha reconocido la influencia de Yarvin, ya había dicho que si Trump volvía a la presidencia y él tuviera que aconsejarle, le diría: «Despide todos los burócratas de nivel medio, todos los funcionarios del Estado administrativo y sustitúyelos por gente nuestra». Y cuando los tribunales te detengan, preséntate ante el país y di: “El juez ha dictado sentencia. Ahora que la aplique». En Estados Unidos, los jueces no tienen capacidad de hacer cumplir las sentencias. Estamos ante la misma actitud que la tradición española ha esculpido en la frase «se obedece, pero no se cumple». Es un llamamiento en toda regla a la rebelión, que ya se ha producido primero con la desobediencia de la orden judicial de devolver los aviones que transportaban deportados a la cárcel de máxima seguridad de El Salvador y después desobedeciendo la orden de repatriar a Kilmar Abrego García, que el gobierno americano reconoce haber deportado por error administrativo. Para evitar cumplir la orden del Tribunal Supremo, Trump ha llegado a hacer que el dictador de ese país, durante una visita a la Casa Blanca, se negara a devolver al prisionero que le reclama el máximo organismo judicial de Estados Unidos. La rebelión se extiende a pretender destituir los jueces que no se doblegan a la voluntad de Trump.

Cuando el presidente desgaste su prestigio plebeyo y la opinión se recentre, ¿volverán las aguas al cauce? ¿Habrá un día siguiente democrático con instituciones revigorizadas y un renovado imperio de la ley, o nos despertaremos en una república comandada por tecnócratas, con usuarios en vez de ciudadanos? ¿Nos encontraremos en una república de súbditos que habrán entregado su información más íntima, diluyéndose en el imperio de los datos masivos, en la monarquía de una paradójica ilustración oscura que recompondrá a su manera el orden de una sociedad rota y fracasada políticamente? Quien afirme saber la respuesta miente. Pero los elementos para pensarla ya están ahí, como también están las apuestas. ‘Les jeux sont faits’ (Las cartas están echadas).

(1) https://dle.rae.es/eudemonismo

VILAWEB

15.04.2025