Aprovechando la publicación de un libro contra la leyenda negra, el ministro en funciones de Asuntos Catalanes, José Borrell, anunció su cruzada para rehabilitar el buen nombre de España, manchado y vilipendiado durante siglos. Ha sido el caballo de batalla de Borrell desde el comienzo, una tarea hercúlea pero imprescindible para la supervivencia del reino, ya que los elementos separatistas toman pie en la misma para justificar su alocada pretensión.
Una parte importante de los recursos materiales e intelectuales del ministerio anticatalán se han dedicado a combatir lo que se considera la hegemonía independentista en el relato sobre el conflicto España-Cataluña. Y los ocho meses de gestión del aguerrido defensor de la hispanidad han sido pródigos en momentos pintorescos: cómicas entrevistas en medios ingleses y norteamericanos; irrupciones de personal diplomático español en actos públicos con independentistas catalanes bordeando el esperpento; agrias quejas del ministro y sus auxiliares ideológicos por las continuas injerencias de todo tipo de indocumentados en los asuntos españoles; exabruptos en platós televisivos donde se habla con libertad… La ‘Marca España’ de Rajoy, que no servía para nada, ha mutado en la ‘España global’, que sirve para menos, excepto para pagar un sueldo a los enchufados que la dirigen.
Cuarenta y un senadores franceses se encrespan y Borrell los tacha de «desinformados» e incita a una intervención crítica del gobierno francés. El ministro no ha terminado de abuchear a los senadores gabachos cuando Lesmes ya dispara informando a los desinformados de que en España no se juzga a nadie por su ideología, sino por la presunta comisión de delitos del Código Penal. Lo dice el presidente del Tribunal Supremo sin darse cuenta de lo obvio: si hay que decirlo es que se cuestiona. Y no lo cuestionan unos cualquiera, enemigos acérrimos de España, envidiosos de sus glorias, sino autoridades políticas, representantes, jueces, juristas, observadores internacionales, medios de comunicación. Todos saben que esto viene de lejos, de la ‘justicia’ del antiguo régimen y su actualización franquista.
El ministro Borrell tenía razón: es la pervivencia de esta injusta leyenda negra que pesa sobre España. Y, por si quedaba alguna duda, la memoria de Tenochtitlán resucita en la voz profunda del presidente de México, AMLO, con resonancias telúricas del ‘Canto general’: que España pida perdón por el genocidio en América. Que lo haga el rey. El rey que se niega a pedir perdón por sus discursos anticatalanes. Es poco probable.
Mucho más lo es que haya una reacción indignada de todo el arco parlamentario español, herido en lo más profundo de su orgullo. Y una extensión de la protesta a otros países latinoamericanos con un replanteamiento a ojos del mundo entero del episodio, la conquista de América, que alimenta (aunque no sólo ella) la leyenda negra. Así que entre el genocidio de América, la inquisición en España, el Tribunal de la Sangre de los Países Bajos, la ‘justicia’ de la Santa Hermandad, los consejos sumarísimos de guerra y el posterior Tribunal de Orden Público de Franco, prolongado hoy en Audiencia Nacional y el actual Tribunal Supremo, hay una línea obvia de continuidad, digan lo que digan Lesmes y Borrell.
El juicio del 1-O es un proceso político/ideológico descarnado. Los presos ya son más que presos políticos; son presos de conciencia. Y están siendo juzgados por un tribunal de parte hasta extremos inconcebibles. Que los dos principales testigos de cargo, funcionarios armados del Estado español, hayan sido procesados anteriormente por malos tratos, tengan una demostrada inquina ideológica hacia los acusados y que se hayan inventado literalmente un relato sin ninguna prueba, deja la justificación jurídica y moral del proceso judicial de vuelta y media.
Que no se pueda confrontar los testigos con las imágenes de los hechos que tan acusatoriamente describen puede ser una decisión loable del presidente desde un punto de vista psicoanalítico (para evitar el posible choque traumático del testigo al ver la realidad), pero escasamente lo es desde el punto de vista jurídico.
Este proceso es una prueba de que la leyenda negra es negra, pero no leyenda.
LA REPÚBLICA
https://www.lrp.cat/opinio/article/1579623-la-llegenda-negra.html









