Seguramente, ‘La Marsellesa’ es el himno nacional por antonomasia, el más conocido y popular de todos. No sólo por su irradiación mundial como símbolo de libertad, porque se han hecho adaptaciones políticas desde Rusia y China hasta Cataluña -‘La marsellesa’ catalana versionada por Josep Anselm Clavé fue el himno de nuestros republicanos durante siete décadas- o por la memorable secuencia de Casablanca en el que el antifascista Viktor László la hace cantar el Café del Rick ante los rostros congestionados de rabia de los oficiales nazis.
Compuesta en 1792 (‘Fratelli d’Italia’ es del 1847, ‘The star-Spangled Banner’ sólo llegó a ser el himno estadounidense a partir de 1931), sin la carga dinástica del ‘God save the Queen’, ‘La marsellesa’ tiene sobre todo la autenticidad de exaltar unos valores colectivos en el momento en que estos surgen, de no ser una fabricación a posteriori más o menos impostada.
Cuando Rouget de Lisle compuso la pieza, bajo el título inicial de ‘Chant de guerre pour l’armée du Rhin’, la joven Revolución Francesa estaba viviendo tiempos decisivos. Pocos meses después, en el campo de batalla de Valmy, sus ejércitos derrotaban a los invasores prusianos que pretendían restaurar el absolutismo, y lo hacían al grito de «Vive la nation!» Allí nacía el mito del «ciudadano en armas» que el himno recoge y exalta («aux armes, citoyens!»). Expresión de la oposición republicana a las monarquías borbónicas o napoleónicas del siglo XIX, símbolo de la victoria de 1918 y de la resistencia de 1940-44, ‘La marsellesa’ se ha ganado durante dos centurias todos los galones que la historia puede otorgar a un himno, y ha sido expresión fundamental de un proceso de construcción nacional exitoso -digo exitoso, no perfecto ni ideal-: el francés.
El contraste con el caso español no puede ser más rotundo. La llamada ‘Marcha real’ aparece durante el reinado de Carlos III como una música estrictamente militar (su primer nombre es ‘Marcha granadera’) que, lógicamente, no tiene letra, y es ascendida por el monarca al rango de «marcha de honor». Se trata, pues, de una elección hecha de arriba abajo (al contrario de ‘La marsellesa’, primero popular y después oficial) y de una pieza de carácter monárquico desde el nombre mismo, completamente ajena a las luchas por la libertad o la democracia: nada que ver con las Cortes de Cádiz, ni con ninguno de los numerosos movimientos políticos de carácter liberal o progresista -generalmente fracasados- del ochocientos español. Al contrario, queda más bien asociada a autoritarismos e imposiciones.
Carente de una letra patriótica y cohesionadora que sirviera para adoctrinar escolares, o reclutas, o súbditos en general, la ‘Marcha real’ es pues un símbolo -entre muchos otros- del fracaso del proceso nacionalizador español contemporáneo. Resulta muy significativo observar a qué clase de régimen o de gobiernos les ha dolido, a lo largo del tiempo, esta carencia y han intentado llenarla: el dictador Miguel Primo de Rivera, que en 1928 encargó al poeta José María Pemán una letra, aprovechada después por el franquismo con leves retoques textuales («Alzad los brazos…», «los yugos y las flechas») para darle un carácter más fascista; el presidente José María Aznar, que confió a un grupo de poetas palaciegos (Jon Juaristi, Luis Alberto de Cuenca…) otra letra finalmente descartada, y ahora el presidente Mariano Rajoy, que no sabemos si la ha espoleado pero en todo caso ha aplaudido con entusiasmo («la inmensa mayoría de los españoles nos sentimos representados por ella», ha dicho) la letra inmortalizada hace un par de semanas por la cantante Marta Sánchez.
Aunque es tentador, no hurgaré mucho en la trayectoria que dibujan los méritos literarios de los sucesivos letristas, de Pemán a Luis Alberto de Cuenca, y de éste a Marta Sánchez. Tampoco me voy a detener a repasar los servicios prestados a España por la exvocalista de Olé Olé, reducidos hasta donde yo sé a aquella memorable expedición de 1990 para fortalecer la moral de los marineros españoles despachados al Golfo Pérsico, a base de movimientos de pectorales y caderas.
No, el problema no es Marta Sánchez, ni el carácter ramplón de la letra que ha escrito («Rojo, amarillo, colores que brillan en mi corazón, y no pido perdón…»). El problema es que cada cosa tiene su tiempo, y 2018 ya no es el de inventarse letras patrióticas para himnos nacionales que no la tenían, y aún menos si hablamos del de «la nación más antigua de Europa». Las letras genuinas de los himnos históricos pedían épica. Y bien, señores Rajoy, Rivera, Rosa Díez, García Albiol y otros fans de la última producción de Marta Sánchez, ¿qué épica inspiraría la letra ‘olé olé’ de la ‘Marcha real’? ¿La épica del artículo 155, la del rescate bancario, la de un aumento del 0,25% de las pensiones de los jubilados, la de la heroica victoria policial en los colegios electorales de Cataluña el 1 de octubre de 2017, la de la censura en la feria Arco…?
Por favor, un poco de sentido del ridículo.
ARA









