En su clásico ‘Algo va mal’ , el historiador Tony Judt, en su mirada a la degradación progresiva de la convivencia en la sociedad británica, concluía que era más fácil la solidaridad con aquellos que eran semejantes. Judt, que había crecido en el popular Londres de la era del welfare , más homogéneo y uniforme que el actual, interpretaba la disolución de los lazos de solidaridad a partir de las transformaciones de lo que, por pereza intelectual, llamamos «globalización «, y que también era visible en la creciente multiculturalidad.
Los males inmediatos que motivan a una cantidad importante de británicos a optar por el ‘Brexit’ podríamos situarlos en 1987. Fue cuando Thatcher declaró que «la sociedad no existe, sólo individuos y familias», palabras que no representaban una opinión sino un deliberado proyecto político caracterizado por un devastador darwinismo social. Por ello, la Dama de Hierro llevó a la práctica un programa de demolición de los pilares, no sólo del estado del bienestar, sino de los edificios que mantenían los lazos de solidaridad de clase: los sindicatos, la industria, el sistema público sanitario y educativo, la vivienda social o las regulaciones que permitían cierto orden y seguridad en el mundo del trabajo. La destrucción de bloques enteros de pisos de alquileres antiguos, la desindustrialización sin alternativas al norte, la degradación del mercado de trabajo sirvieron de combustible para una economía basada en burbujas especulativas, socialmente polarizada, que producía como «daños colaterales» una carrera a la baja de los salarios y las condiciones laborales. La idea de «capitalismo popular» buscaba la fragmentación de las clases populares y una brutal competencia entre los más desfavorecidos para obtener una posición más ventajosa en un degradado mercado laboral, poniendo las condiciones para atraer a cientos de miles de inmigrantes entre aquellos sectores donde se ‘extendía la desregulación, y que se convertían en la cara visible del desclasamiento de muchos millones de ingleses de clase baja.
La llegada de Tony Blair profundizó la deriva neoliberal. La llamada «tercera vía» terminó de desarticular cualquier relato común. Parafraseando a Robert Musil, la experiencia blairista dejó a la izquierda sin atributos. Del mismo modo que el ‘homo sovieticus’ caracterizado por Svetlana Aleksièvitx, cuatro décadas de desregulaciones y fragmentación social, ha propiciado la emergencia de un homo neoliberal en el que las antiguas ‘working class’ británicas han pasado a convertirse en un ‘collage’ atomizado de individuos temerosos , sin referencias, ni elementos comunes, sin que nadie les represente, sin expresión política más allá de un difuso resentimiento. La obsesión materialista, la privatización masiva de referentes comunes (el transporte, el correo, la sanidad, la educación, los servicios públicos) ha matado «el espíritu del 45» y, sin este relato de una izquierda que ha renunciado a los intereses de las clases populares, sin conciencia de clase, es normal cierto retorno a esencias primitivas.
Owen Jones ha sabido describir en ‘Chavs’ parte de esta cultura subproletària de individuos a los que se les ha desprovisto de identidad de clase. La prensa popular, los ‘reality shows’, el reaccionarismo mediático que representa Rupert Murdoch han ido propiciando un contexto en el que, renegando del espíritu político comunitario, se prefiere el camino fácil de señalar los efectos concretos que enfrentarse a las dificultades de las causas abstractas. La emigración a un Reino Unido despiadadamente desregulado hace visible este desclasamiento acelerado de la sociedad británica. Desprovistos de relato y discurso político por parte de una izquierda que les ha abandonado, la emigración actúa como ha ocurrido tradicionalmente en las sociedades prepolíticas: como chivo expiatorio.
Interpretar el ‘Brexit’ como consecuencia de un nacionalismo ramplón o una xenofobia tradicional es errar el análisis. Los ingleses han emitido un voto de protesta respecto al modelo darwinista impuesto a su sociedad y economía, a pesar de no ser conscientes de ello. Y no lo son porque el sistema político se ha dejado abducir por los intereses financieros, y éstos, a partir del control de las instituciones, el mundo mediático y (crecientemente) el sistema educativo, han impedido construir una alternativa razonable. La izquierda y el discutible progresismo cometerían un nuevo error si, a partir de cierta superioridad moral, atribuyen a los británicos antieuropeos una xenofobia utilitaria. Más bien, convendría protestar menos y reconstruir la cohesión social que cuatro décadas atrás que Thatcher decretó. Y esto sólo será posible derribando el muro del neoliberalismo.
EL PUNT-AVUI







