Hemos dejado atrás el siglo pasado pero sus trastornos se nos aparecen como fantasmas y nos persiguen siempre que se intenta alterar la definición o los nombres de los hechos que se quieren recordar o que se han intentado olvidar. Esta semana se ha producido una gran tensión entre el gobierno de Alemania y el de Turquía como consecuencia de la matanza de armenios que se produjo hace más de cien años.
Turquía acepta que el asesinato de más de un millón de armenios a manos del imperio otomano de 1915 a 1917 fue una gran tragedia. Pero para muchos estudiosos y para los armenios fue el primer gran genocidio del siglo XX. El Bundestag alemán aprobó el pasado jueves por una abrumadora mayoría, con sólo una abstención, que fue un genocidio.
El presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, reaccionó inmediatamente con la retirada del embajador en Berlín y cuestionando los acuerdos entre la Unión Europea y Turquía para hacer frente a la crisis de los refugiados. Merkel no puede hacer nada. Necesita de Turquía para la contención de cientos de miles de migrantes que son tratados con muy pocas consideraciones. Hasta el punto ha sido prioritaria la relación con Turquía en los últimos meses que el presidente Erdogan ha conseguido que los turcos no necesiten visados para viajar por Europa y, además, unas subvenciones millonarias para mantener a los que huyen de la guerra, la persecución y el hambre.
¿Tragedia o genocidio? Las dos palabras son bastante gruesas. Pero ‘genocidio’ es la marca más odiosa de todas las barbaridades que se cometieron el siglo pasado. Y los turcos no la quieren aunque una veintena de estados, desde Francia hasta el Vaticano, han calificado aquella matanza como un genocidio entendiendo que los otomanos querían hacer desaparecer a los armenios y a los cristianos que vivían en Armenia durante la Gran Guerra.
La situación es más compleja si se tiene en cuenta que los imperios alemán y otomano formaban parte de las potencias del centro que perdieron la guerra, con el consecuente desmembramiento de partes sustanciales de sus dominios territoriales. El genocidio lo practicaron también los alemanes en la siguiente guerra. Pero mientras que los turcos niegan y negarán la existencia del genocidio los alemanes lo han admitido desde que se conocieron las barbaridades cometidas por el nazismo y el exterminio de millones de judíos, gitanos y otras minorías.
El genocidio armenio perseguirá a los turcos si no aceptan los hechos y su significado. Alan Riding escribe que la historia es lo que los países intentan recordar y lo que intentan olvidar. Pero para la humanidad esta fórmula es inadecuada. Los horrores que los pueblos querrían borrar de su memoria son aquellos que más deberían tener presente. Armenia, el holocausto, Camboya, Ruanda, Darfur y otras barbaridades colectivas no se pueden enterrar en los rincones impenetrables de la memoria personal o colectiva.
Se deberán juzgar, eso sí, con los criterios de los tiempos en que pasaron. Josep Pla decía en el Homenot de Prat de la Riba: «La historia de ayer, los hombres de ayer, no pueden ser resucitados con la historia de hoy, con las ideas de hoy, con los hombres de hoy… la historia es lo que fue, la historia no se crea, se rehace».
El filósofo búlgaro Tzevetan Todorov, establecido en Francia desde hace muchos años, dice que actualmente no hay cacerías de judíos ni campos de exterminio. Pero debemos conservar viva la memoria del pasado, no tanto para pedir una reparación de los daños sufridos, sino para estar al acecho ante situaciones nuevas y a la vez análogas.
Es importante la memoria histórica. Pero aún lo es más, es imprescindible, la verdad histórica. Albert Manent escribió un libro que era un inventario sobre lo que pasó en unos sesenta pueblos del Campo de Tarragona desde la venida de la República, la Guerra Civil y la dureza política de los primeros años del franquismo hasta los años sesenta. Están todos: los que fueron asesinados por la revolución de 1936 porque eran de derechas, católicos o clérigos. Los que Franco juzgó con pena de muerte sin ninguna garantía jurídica, los encarcelados por el régimen, los que escaparon y los que se escondieron, los que murieron en el frente o encontraron la muerte en el exilio o en los campos de refugiados en el sur de Francia.
Son este tipo de documentos sobre los que se puede rehacer la historia para no olvidarla y no permitir abrir una puerta al disparate. Ya sé que la neutralidad es imposible. Pero se puede tomar partido siempre que no se olviden hechos que son relevantes. Por lo que dicen la mayoría de historiadores, la matanza de los armenios fue un genocidio del que los turcos de hoy no tienen la responsabilidad.
EL PUNT-AVUI








