Alemania no ha tenido hasta hoy, cien años después, la sensibilidad de reconocer el genocidio armenio, durante el imperio otomano. Por fin, el Bundestag aprobará hoy una resolución que reconoce las matanzas de 1915 con un texto que, además, admite la responsabilidad compartida de Alemania en aquellos hechos, como aliada de los otomanos durante la Primera Guerra Mundial. Ankara ha intentado abortarlo, sin éxito. El propio presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, ha amenazado con todo tipo de consecuencias apocalípticas en las relaciones diplomáticas, económicas y militares con Alemania. Pero, pese a lo que pueda parecer, los aspavientos de Erdogan llegan en un momento de cierta debilidad turca a la hora de negociar con Europa cuestiones simbólicas, ya que el líder islamista ha rechazado el acuerdo sobre los refugiados.
El reconocimiento del genocidio habría sido el año pasado una verdadera patata caliente para Angela Merkel, que intentó pasar de puntillas por el centenario y obstaculizó el gesto que hoy se acabará produciendo, pero desde que rodó la cabeza del primer ministro Ahmed Davutoglu, artífice del acuerdo entre Turquía y la Unión Europea sobre refugiados -defenestrado en mayo por Erdogan-, la relación con Bruselas se ha deteriorado. Así, en el contexto de escalada de tensión, la canciller tiene margen para asumir esta nueva crisis por la cuestión armenia. El gesto del Bundestag aparece como un episodio más en la escalada de tensión con Ankara, al que hay que añadir la indignación turca hace unos meses por la mofa televisiva de un humorista alemán demandado por Erdogan y las declaraciones del presidente alemán el año pasado en las que ya hablaba de «genocidio» armenio.
Con todo, el reconocimiento de hoy era toda una asignatura pendiente de Alemania, a la que a menudo se pone de ejemplo en materia de memoria histórica, especialmente en estas latitudes nuestros, en que nos dedicamos a poner a votación el fascismo.
EL PUNT-AVUI








