Es difícil saber el alcance preciso de la enmienda aprobada el sábado por la CUP de «librarse» del acuerdo de estabilidad parlamentaria, vistas las posteriores declaraciones. No soy cupologo, pero, al menos sobre el papel, sea cual sea el valor que le den, se considera el acuerdo de estabilidad «una prisión»; no se reconoce «ninguna voluntad real de ruptura» en el Gobierno; sólo se aprobarán unos presupuestos que planteen «la desobediencia clara y formal», y se propone «librarse» del acuerdo -un eufemismo para evitar el término romper- para poder ser «alternativa a las políticas del autonomismo, el neoliberalismo y el patriarcado». En conjunto, me parece que el documento ayuda a clarificar el confuso escenario político actual.
En el origen de todo ello está lo que para mí es un hecho poco discutible: el fracaso del carácter plebiscitario de las elecciones del 27-S. Un plebiscito torpedeado no por el unionismo del PP, C ‘s y PSC -que, al contrario, contribuyeron a darle ese sentido-, sino sobre todo por las ambigüedades soberanistas de Cataluña Sí se Puede (CSQP) y de la CUP. Juntos por el Sí y el unionismo fueron claros en el voto a favor o en contra de la independencia. En cambio, para la izquierda más nueva y radical se produjo una fuga de indeterminación de hasta un 17 por ciento del voto y 21 diputados. En el caso de CSQP, la ambigüedad era explícita: ni sí, ni no. En el caso de la CUP, aunque apoyaba la vía independentista, esta quedaba supeditada a dos condiciones: liquidar a Mas y ponerla al servicio de una lógica anticapitalista y anti Unión Europea y de una estrategia de desobediencia inmediata.
Juntos por el SÍ tiró corto en sus aspiraciones y creyó que, a cambio de darle la cabeza de Mas en bandeja, la CUP se avendría a renunciar a lo que son los elementos sustanciales de sus objetivos políticos. En su momento ya escribí que hubiera preferido unas nuevas elecciones a pesar del riesgo de no poder repetir la coalición de JxSí, ni de poder dar una dimensión plebiscitaria o, incluso, de empeorar los resultados. Por lo menos, habría permitido la rectificación del voto de aquellos que queriendo empujar y acelerar la independencia -desde mi punto de vista, claro- la habían acabado atascando.
Desde aquel pacto forzado, convencido de que se necesitaba ampliar la «mayoría social», el independentismo ha avanzado tambaleándose. Por un lado, hay quien ha querido seducir a CSQP con la ilusión de que al final también se decantarían hacia la independencia. Un esfuerzo inútil, si hablamos de la formación política. Otra cosa sería pisparle votantes, pero la seducción parece que de momento ha funcionado en el sentido contrario. Por otro, hay quien ha confiado en un cambio radical en la cultura política de la CUP. Pero se ha confirmado lo que algunos ya dijimos entonces: uno, que entregar la cabeza de Mas sería un sacrificio inútil, y dos, que lo que peor toleraba la CUP era que se la tratara con condescendencia. No debe sorprender nada que ahora la CUP recriminen a JxSí la declaración del 9-N, el texto más gratuitamente cupaire que nunca habrá podido escribir.
Ya que la lógica política de la CUP no es la previsible en el contexto institucional parlamentario, no es posible predecir nada sobre el futuro de los presupuestos ni sobre la misma estabilidad parlamentaria si es que la ha habido hasta ahora- del Gobierno. Pero sí la decisión de la CUP deshace algunas confusiones respecto de las prioridades reales de cada fuerza política, sobre el alcance del sentido democrático que se da al proceso, es decir, si se lo avala por encima o no de la diversidad ideológica del país-, y sobre dónde debe ir a encontrar el independentismo su verdadera fuerza. Para avanzar, es mejor hacerlo sin vendas en los ojos.
ARA






