En periodismo hay un debate clásico que consiste en dilucidar donde hay que poner el foco, si en la lucha por el poder o en el ejercicio del poder. En inglés, este dilema lo definen bien dos conceptos hermanos: ‘politics’ o ‘policies’. Es decir, política o políticas. La información política clásica pasa por todo lo que tiene que ver con las luchas intestinas dentro de los partidos, las facciones en un gobierno, el reparto de cargos, los pactos, los discursos y la ideología. Suele despertar tantas pasiones como críticas. Cuando la gente critica a los políticos, cuando se hace su descalificación genérica, cuando en ‘Polonia’ hacen su caricatura, se centran en esta faceta: los pintan como personas ávidas de poder. Y punto. Pero la misma gente -es decir, todos nosotros- que se abona a la hora de denostar a los políticos profesionales, no puede dejar de seguirlos, aunque sólo sea para ir a la contra. El crecimiento de la antipolítica bebe de ello. El nuevo político antipolítico, desde Colau e Iglesias hasta Donald Trump, de izquierda a derecha, llega al poder político abjurando de la política.
En el otro lado, la información sobre las políticas, sobre las ‘policies’, es menos atractiva y más compleja. De entrada, no suele situarse en los espacios de los medios de comunicación etiquetados como ‘de política’. Pero es la que nos debería interesar porque afecta más directamente nuestras vidas: educación, sanidad, impuestos, cultura… Todo lo que legisla un Parlamento o decide un gobierno acaba condicionando nuestro presente y nuestro futuro. Deberíamos estar más atentos a ello. Y, sin embargo, muy a menudo son cuestiones técnicas sobre las que cuesta más hacerse una opinión, incluso cuesta entenderlas, y donde no suele haber relatos en blanco y negro, de buenos y malos. Los debates de fondo, con detalle, asustan a los mismos lectores o a la misma audiencia que denuesta a los políticos por no ocuparse de sus problemas reales. Cuando hacen ‘política’ (cuando se dedican a la lucha por el poder), son despreciados; cuando hacen ‘políticas’, son ignorados. Y esta misma actitud de la gente se traslada, en mayor o menor medida, a los medios.
El proceso independentista también bascula entre estos dos polos. Es un proceso que aspira genéricamente a construir un nuevo poder, un Estado propio. Pero el objetivo supuestamente no es el Estado en sí mismo, la independencia propiamente dicha, sino tener las herramientas para construir un país mejor, para poder hacer unas políticas que mejoren la vida de las personas. Y, en efecto, se ha hecho y se ha dicho mucho sobre el país que queremos, y sin embargo lo que acaba catalizando los máximos esfuerzos de los protagonistas del proceso y la máxima atención de la gente que lo empuja es la lucha por el poder también dentro del bloque soberanista, sea entre los diferentes partidos, sea dentro de estos o dentro de las entidades de la sociedad civil. Ahora mismo lo vemos en la ANC. Y no deja de ser normal. No hagamos un drama. ‘Politics’ y ‘policíes’ son dos caras de la misma moneda. La una no se entiende sin la otra.
Las relaciones de poder forman parte de la misma condición humana. Cierre a dos personas desconocidas en una habitación y entre ellas se establecerá, en mayor o menor medida, un juego de poder. Uno de los dos acabará imponiéndose al otro, lo que no excluye ninguna situación: pueden convertirse en amantes o en enemigos, pueden ignorarse o hacerse socios de un futuro proyecto. Pero en cualquiera de los casos la relación nunca será digamos perfectamente igualitaria. En toda relación de pareja o de amistad, y ya no digamos de trabajo, siempre existe el que se impone -con buenas o malas artes- y el que acepta una subordinación. A veces los roles se intercambian según las situaciones. Pero en última instancia alguien tiene que decidir: alguien tiene que coger el rol ‘político’ que elige las ‘políticas’. Siempre habrá quien mande. Lo importante es cómo manda -con qué legitimidad y qué maneras- y a favor de quién y de qué. En la ANC y en todas partes.
ARA






