Ayer la alcaldesa de Madrid Manuela Carmena propuso cambiar el nombre del Valle de los Caídos -donde está enterrado Franco- por ‘Valle de la Paz’. La alcaldesa símbolo de las confluencias de izquierda dijo con una sorprendente rotundidad: ‘Todos estamos de acuerdo que es un lugar que debe mantenerse y sería correcto darle una nueva visión y cambiar el nombre.’¿Todos? Al menos, yo no. Al contrario. Creo que es una vergüenza y un insulto que un lugar como éste siga abierto y funcionando, que Francisco Franco todavía esté enterrado con honores. Pero también me disgusta que la izquierda española más extrema ni siquiera considere la necesidad de destruir uno de los símbolos más contundentes de la dictadura.
Yo no sé si dinamitar una estructura como ésta es una opción sensata, ni me parece que ahora mismo sea urgente de decidir qué debe hacerse. Que lo decida quien sepa de eso. Hemos pasado tantos años de democracia aguantando su presencia que no pasará nada por aguantar un poco más. Pero la propuesta hecha ayer por la alcaldesa de la capital española me parece tan sorprendente que no puedo sino rebelarme.
¿Qué cambiaría si donde ahora dice ‘Valle de la Paz’ se le llamara ‘Valle de los Caídos’? Las jóvenes generaciones no creo que recuerdan ya la significación sustantiva que tenía la expresión ‘caídos’ para la tropa falangista. En cambio, llamar ‘Valle de la Paz’ al lugar donde está enterrado Franco envía al futuro un mensaje ciertamente tenebroso. ¿De qué paz hablamos? ¿La paz para qué? ¿Por qué Franco está enterrado allí?
Puedo imaginarme que Manuela Carmena, cuando habló de eso, no era lo suficientemente consciente de lo que decía. Es una mujer que en el curso de la vida ha dado pruebas de sobra de compromiso con la libertad y con la justicia. Y no hablo de ahora, hablo por ejemplo de cuando era jueza y era la única que atendía denuncias de tortura contra la Audiencia española. Entonces no era fácil hacerlo y por eso tendrá siempre mi respeto.
Pero precisamente es esto que me asusta. Que ni siquiera una mujer como ella sea consciente de la barbaridad histórica, política, sociológica y cultural que significa mantener en pie este mausoleo fascista. Insisto en ello: no sé si hay que dinamitarlo, pero sí sé que si no se dinamita se debe cambiar de raíz, y no sólo de nombre. Se han de sacar los restos de Franco y José Antonio, se deben demoler las águilas, los yugos y toda la simbología fascista, se debe dignificar la memoria de los prisioneros republicanos que fueron forzados a construirlo y, si acaso, debe convertirse en un museo de la represión y en un símbolo de la lucha por la libertad. Un poco al estilo de lo que hoy es la magnífica ‘Topografía del Terror’, instalada en Berlín precisamente en los terrenos y edificios que fueron sede de la Gestapo. Allí utilizan un monumento de la dictadura para atacar la dictadura. En España deberían hacer eso mismo.
Porque todo lo que sea cambiar el nombre y dejar intacto lo que hay sólo es una contribución a la banalización del franquismo y a la asunción cotidiana, por la vía de los hechos, de su legitimidad. Reconozco que, visto quién es el jefe de Estado y cómo ha llegado a serlo, el debate sobre esta monstruosidad arquitectónica no es precisamente lo más sustancial ni el primero. Pero en estas cuestiones no me gusta dejar pasar ni una.
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