Esto era un año de los primeros setenta, en Szeged, en el sur de Hungría, en unas jornadas sobre el futuro de las comunidades rurales europeas, convocadas por C. Lévi-Strauss desde París. Éramos unos quince o veinte antropólogos y sociólogos venidos de los países de Europa del Este y del Oeste, en amable y novísima convivencia (tan nueva, que los colegas que venían de Praga iban siempre acompañados por dos individuos del Partido que no les perdían de vista). Fueron, para mí, unos días muy provechosos y plenos de observaciones impagables. Como una tarde, en una larga conversación, cuando el profesor N. -no recuerdo su nombre exacto, y no me quiero equivocar- comentaba que, en España, cuando se acabara el franquismo ya estaría todo resuelto, mientras que en Polonia, su país, cuando se acabara el comunismo quedaría aún la dictadura de la Iglesia católica. Lo recordé vivamente algunos años más tarde, cuando los obreros metalúrgicos de Solidarnosc rezaban rosarios incesantes, se confesaban arrodillados ante los astilleros y llevaban escapularios con la imagen negra de la Virgen de Czestochowa. Pero fue gracias a ellos, el liderazgo de Lech Walesa y al apoyo de sectores urbanos y liberales, como la democracia, sin embargo, volvió a Polonia. Y lo volvía a recordar cuando, pocas semanas después de la muerte de Juan Pablo II, frente al palacio arzobispal de Cracovia, contemplaba el asfalto de la calle, las aceras, los bancos y los muretes bajos de un parque, hasta donde llegaba la vista, aunque cubiertos de cera sucia, de restos de vela, de culos de lámpara y de cirio: toda la cera que dejó la multitud que pasaba las horas arrodillada de cara a la fachada del palacio, rezando por su antiguo arzobispo o invocando el futuro santo nacional. Aquellos días en Cracovia Guillem Calaforra, entonces profesor de literatura catalana en la vieja y gloriosa universidad, vecino de la ciudad y muy sólido conocedor del país, me contaba que allá era muy incómodo no ser creyente católico o practicar la libertad de hablar e incluso de actuar según criterios poco canónicos, y que en Polonia la derecha, omnipresente y extensa, resultaba intratable y escasamente comprensible vista desde una perspectiva más «occidental». Ahora mismo, otra década más tarde, el partido de los hermanos Kacinsky (de Lech, muerto en el accidente aéreo de Smolensk, y de su gemelo Jaroslaw), reaccionario, antieuropeo, antioccidental, ultracatólico y ultrachovinista, domina con mayoría absoluta y está haciendo reconstruir el país a su imagen. El católico Walesa no era suficiente para los Kacinsky: no lo bastante católico, no lo suficientemente integrista, demasiado democrático.
Quien no entienda que Polonia es también, o sobre todo, el nacionalcatolicismo en su expresión más profunda, la idea de que patria e iglesia, nación y religión, pueblo y moral tradicional, son una y la misma cosa, no puede entender su evolución actual. De paso, si se observa un mapa electoral, comprobará que la raya entre los territorios de mayoría derechista y los de mayoría democrática o de izquierda, dibuja la divisoria histórica entre el Imperio ruso (la Polonia más profunda) y el área que formó parte de Alemania hasta 1945. En la ciudad de Cracovia, cada hora de las veinticuatro horas del día, en el campanario de la iglesia de la plaza mayor un miembro del cuerpo de bomberos abre una ventana altísima y hace un toque de alerta repetido hasta que en medio de una nota muy larga el toque termina en seco. Recordando que un día remoto medieval llegaban los tártaros, un soldado tocó la trompeta avisando, y el toque se cortó cuando una flecha le atravesó la garganta. En la plaza, ante la iglesia, un personaje hace el papel de tártaro, con la cabeza afeitada y una cola de pelos en el occipucio, con largos bigotes colgando y acompañando canciones con un instrumento exótico. La gente le deja monedas, él se gana la vida, y entre todos cada día recuerdan de donde ha venido siempre el peligro. Y en la ciudad de Poznan, que se llamaba Posen cuando era parte de Alemania, hay un castillo o palacio gris de piedra, dicen que el último castillo prusiano, y al lado, en un parque, hay un monumento hecho de unas cruces enormes y atadas, como cautivas que se han de liberar, y una inscripción recuerda los años de las sublevaciones de los polacos contra la dictadura comunista, contra los soviéticos, es decir, contra los rusos y contra los ateos. Al pie del monumento está escrito ‘Sacratissimo Cordi Polonia restituta’. Polonia restituida al Sagrado Corazón, y con eso está todo dicho, y no sé si comprendido. Los gemelos Lech y Jaroslaw Kaczynski no son, por tanto, únicamente una broma de mal gusto, un accidente: son resultado de un alma profunda nacional, de Radio Maryja, de una derecha que viene del barroco y del concilio de Trento. Exactamente como una cierta derecha española, no residual. Que tiene una muestra perfecta en el palacio arzobispal de Valencia.
EL TEMPS








