Hace pocos días que estuve en la explanada de Waterloo, donde en verano de 1815 se decidió el futuro de Europa, donde la diplomacia dejó paso a los cañonazos entre los ejércitos de la Séptima coalición y los napoleónicos. Carl von Clausewitz, uno de los teóricos más importantes de la ciencia militar moderna, también formó parte del ejército prusiano en la campaña de Waterloo con una destacada actuación en Wavre, cuando la retaguardia prusiana contuvo los tres cuerpos de ejército franceses del mariscal Grouchy: episodio clave para explicar la victoria aliada. De él es la frase que ha llegado hasta hoy: «La guerra es la continuación de la política por otros medios».
Desde entonces ha llovido mucho. Pero, de hecho, con Clausewitz se abre la puerta al análisis de las relaciones internacionales en la época contemporánea. Un análisis que nos pone la diplomacia tradicional como foco de atención durante buena parte del siglo XX, la ‘realpolitik’, pero que hoy queda diluida por la aparición de nuevos actores que, al margen del Estado, se convierten en agentes paradiplomàticos: el teorizado ‘soft power’ de Joseph Nye, en ‘Bound to Lead: The Changing Nature of American power’ (1990), es aplicable no sólo a la acción del Estado, sino también a la influencia que otros actores políticos (regionales y locales), económicos o sociales pueden ejercer para hacer cambiar el comportamiento de otros agentes exteriores a través de medios culturales, económicos o intelectuales.
En los mismos días que me paseaba por aquellos campos de la muerte, aprovechaba para charlar largamente con un antiguo directivo de una multinacional holandesa -que no quiere revelar el nombre- sobre el proceso catalán. Idealmente, su opinión es cercana al federalismo y a la negociación de una ‘devo-max’ a la escocesa -que desde la distancia alguien todavía podría creer que es posible-. Sin embargo, ante la quiebra continuada de las negociaciones entre Barcelona y Madrid, y la deriva soberanista que ha tomado recientemente la política catalana, no dejaba de cuestionar la todavía débil proyección internacional del debate independentista. «Cuando realmente seas un problema para Europa, entonces la Unión intervendrá y Madrid tendrá que negociar», venía a decir.
Desde hace dos legislaturas la Generalitat ha estructurado un complejo paradiplomático lo suficientemente importante como para proyectar Cataluña al mundo. Pero, es evidente que todavía ahora esta será una de las tareas más relevantes del gabinete Puigdemont; por ello, la importancia de la consejería de Raül Romeva y, a la vez, la cruzada que el actual Gobierno español (en funciones) le declaró. Romeva tiene ‘auctoritas’ para presentarse ante cónsules, embajadores o cancillerías europeas, pero también tiene visión para saber cuáles pueden ser los aliados mejores a la sociedad civil para ejercer de agentes diplomáticos. Cataluña tiene que tirar de ‘soft power’, de poder blando, para influir en la agenda europea. Y, después de que la sociedad civil ya haya alcanzado un alto grado de movilización, seguramente ahora le toca a la diplomacia corporativa: las grandes empresas de este país deben ser embajadoras de este ideal independentista. Pero, para ello, el gabinete Puigdemont ha de estructurar un argumentario que hable en el idioma del capital.
Afortunadamente, el debate independentista en Cataluña siempre ha tenido una doble pata: la reivindicación cultural y la económica. Y, gracias a ello se ha podido muscular el discurso. Cuando este exdirectivo de 90 años, originario de Frisia y que aún se expresa en ocho lenguas sentado en un sofá de una caseta de campo cerca de Waterloo, habla de evidenciar que el problema catalán también es un gran problema europeo está apelando al uso de los lobbies económicos para extender la causa catalana. Hoy en día, la Unión Europea es un club de Estados que se mueve siguiendo el dictado de la economía; y la estabilidad europea, sobre todo desde 2008, sólo se ha leído en clave económica. Mientras el problema catalán no tenga impacto en este ámbito, todavía será visto con escepticismo a nivel internacional.
RACÓ CATALÀ
http://www.racocatala.cat/opinio/article/38631/waterloo-clausewitz-soft-power-catala







