Cuando en junio de 2014 la tercera ciudad de Mosul caía en manos de un grupo que se definía como Estado Islámico en Iraq y Siria (ISIS) la opinión pública mundial se sorprendió. La posterior aparición pública de Abu Bakr al-Baghdadi, proclamándose la cabeza del nuevo califato, el Estado Islámico, y llamando al mundo musulmán a unirse al mismo, mostró que estas apariciones se enmarcaban en una estrategia muy bien definida, a pesar que en Occidente todavía se recelaba de la seriedad de la misma, enmarcándola en un contexto y en una geografía regionales.
Sin embargo, en las últimas semanas los atentados de Túnez. Estambul, Beirut, Sinaí o París, parece que han hecho que las reservas anteriores se viniesen abajo, y mostraran que el llamado Estado Islámico (EI) es una realidad que opera a nivel mundial, conforme a su propio proyecto global.
La declaración del “Estado del Califato Islámico” en junio del 2014 es una prueba más de que la mayor parte de esas etapas se siguen cumpliendo. A día de hoy, más que un grupo armado es un ejército irregular o solapado, que tiene las armas, el personal, los combatientes, liderazgo, organización, recursos (material militar capturado, más de dos billones de dólares), controla territorio, y el impulso para mantener el control de lo adquirido hasta ahora.
Con una agenda que busca unificar en torno suyo la mayor parte de los recursos humanos y económicos de ese mundo jihadista transnacional, ha ido desarrollando una cuidada planificación militar, un abanico de alianzas, y la proclamación del Califato le ha dotado además de un simbolismo político y de una referencia mundial. Ha logrado controlar una porción de tierra en el corazón del mundo islámico, establecer un estado islámico defendible, desde donde lanzar la batalla para establecer el Califato a nivel mundial.
Una de las características del nuevo contexto regional condicionado por la presencia del EI, es la pugna por hacerse con la hegemonía del mundo del jihadismo transnacional. El pulso que mantienen con Al Qaeda parece decantarse a favor del Estado Islámico, quien a día de hoy es el principal receptor de combatientes extranjeros, y ha sabido reforzarse internacionalmente con la formación de alianzas y nuevas adhesiones en torno suyo por parte de grupos armados de otros países. Este paso le ha permitido además extender su presencia territorial sin tener que desplazar físicamente a sus tropas, ya que la adhesión de los grupos locales le dota de todo ello.
Otra característica de la nueva situación impulsada por el EI son sus ataques contra todas las minorías, la retórica genocida contra los chiítas, su “contención” a la hora de atacar a Israel, la brutalidad de sus actos y la utilización de las redes sociales y de propaganda con una “alta profesionalidad”.
También busca provocar reacciones islamófobas y conflictos intercomunitarios, y sobre todo que finalmente EEUU y sus aliados occidentales apuesten por una intervención militar mayor en la región, para mostrar al mundo musulmán cómo el mismo Islam está siendo atacado.
Tras 12 años de la llamada “guerra contra el terror”, observamos que las intervenciones militares impulsadas desde Occidente en la región, lejos de acabar con el problema han traído más caos, destrucción, sufrimiento y radicalismo.
Ataques contra intereses turistas en Egipto o Túnez; enfrentamientos contra el gobierno afgano y los talibanes; bombas contra mezquitas y comunidades chiítas en Yemen o Líbano; derribo de un avión ruso en el Sinaí; atentado suicida contra una manifestación opositora en Turquía; ataques en París, EEUU o Londres, donde las figuras de los llamados “lobos solitarios” son fundamentales; aumento de atentados en Bangladesh; violencia en Somalia, Kenya, Nigeria, Malí… son algunas piezas recientes del puzzle mundial tras la “guerra contra el terror”.
El Estado Islámico ha mostrado la capacidad de explotar el auge del radicalismo islamista y de los movimientos islamófobos, por ello, una intervención militar es el mejor regalo que se le podría hacer. Una hipotética derrota en Siria vendría aparejada de nuevas amenazas en Libia o en otros países de la región.
Debemos huir de cantos de sirena como los que en el pasado nos anunciaron la “misión cumplida” en Iraq, el fin de la campaña en Afganistán o el triunfo sobre Gaddafi en Libia.
Si no se apuesta por medidas económicas y sociales para hacer frente a las raíces y causas de la actual situación, será imposible poner fin a este tipo de amenazas. Mientras los problemas estructurales de la región no se afronten con las citadas medidas, la frustración política irá en aumento, las libertades serán perseguidas, la desigualdad será cada vez mayor en la sociedad, la ausencia de inversiones en salud o educación abrirá la puerta a expresiones violentas de ira y rabia.
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