Se está desarrollando en España un concurso, una especie de Operación Triunfo informal para ver quién la dice más gruesa contra el «proceso» catalán; quién formula la analogía más insultante, la descalificación más retorcida, la metáfora más despectiva. Significativamente, en este certamen despuntan nombres que figuraban ser de izquierda, dirigentes muy destacados del PSOE felipista. Por ejemplo, un Joaquín Leguina que, reconvertido en tertuliano de extrema derecha, decía hace un par de semanas sobre los independentistas catalanes: «La diferencia de ETA con esta situación es que aquellos mataban, y estos todavía no».
Quizás celoso de su cofrade, el otro viernes quien decidió postularse a un premio de este juego de los disparates fue Alfonso Guerra. En comparecencia pública en Madrid, explicó que «la rebelión contra la ley o golpe de estado civil» puesto en marcha en Cataluña «no es algo nuevo»; comparó el escenario actual con el Seis de Octubre y concluyó expresando el deseo de que «ahora salga al igual que en 1934», cuando la República «contestó muy bien».
Durante su juventud en la librería sevillana Antonio Machado, Alfonso Guerra quizás vendía libros, pero leyó pocos, menos de historia. Si lo hubiera hecho con algún provecho, sabría que el Seis de Octubre catalán no tuvo, en la intención del presidente Companys, el más mínimo contenido secesionista. «El Estado Catalán de la República Federal Española» que se proclamó no era un subterfugio ni un eufemismo para esconder la ruptura, sino la expresión precisa de los anhelos populares que habían llenado las urnas en el referéndum -¡pactado!- de agosto de 1931. Unos anhelos que no encontraron encaje en el marco jurídico español establecido posteriormente, pero que entonces, en otoño de 1934, Companys pretendía recuperar dentro del contexto -lo diré en terminología actual- de una reforma constitucional española, aunque fuera impulsada con métodos poco convencionales.
Es decir, que el Seis de Octubre catalán formaba parte de una crisis política general española, y se insertaba en la protesta de -cito las palabras de Companys- «todas las fuerzas auténticamente republicanas de España y los sectores sociales avanzados». Por eso el presidente, en nombre de «la Cataluña liberal, democrática y republicana», expresó la «solidaridad con los hermanos que, en las tierras hispanas, luchan hasta morir por la libertad y por el derecho», les ofreció refugio en Cataluña y terminó su discurso con un «Cada uno en su lugar y Cataluña y la República en el corazón de todos». Extraño separatismo, ¿no les parece?
Que Alfonso Guerra, militante socialista desde hace 53 años y vicesecretario general del PSOE de 1979 a 1997, ignore o finja desconocer esto es muy grave, porque en octubre de 1934 el principal impulsor de la «protesta general contra el fascismo» a que aludió Companys fue… el PSOE. Este y UGT (encabezados por Francisco Largo Caballero e Indalecio Prieto) habían llamado a la huelga general revolucionaria desde la medianoche del 4 al 5 de octubre -un día y medio antes de que la Generalitat moviera ficha-, por lo que, el 6 por la noche, ya había durísimos combates entre insurgentes y fuerzas del orden en Cantabria, Bizkaia, Gipuzkoa y, sobre todo, en Asturias. Quién sabe si, sin estos hechos, Companys se habría quedado en ‘wait and see’.
En cualquier caso en Asturias, donde eran hegemónicos, los socialistas -y con ellos, comunistas y libertarios, reunidos tras la mítica sigla UHP (Unión Hermanos Proletarios)- desataron una auténtica revolución social ejecutada por un ejército rojo de 30.000 efectivos que, surgido de los valles mineros del Caudal y del Nalón, asaltó y medio destruyó Oviedo. Para aplastar esta Comuna Asturiana fue necesario enviar al Ejército de África y sostener dos semanas de enfrentamientos feroces, con un balance de casi dos mil muertos.
Es aquí donde las palabras del señor Guerra -«1934 la República contestó muy bien»- resultan más sorprendentes y escandalosas. ¿El muy bien se refiere sólo a la represión en Cataluña, como si en Asturias no hubiera pasado nada? ¿O la bendición guerrista incluye todo el pack de octubre de 1934? ¿Alfonso Guerra encuentra muy bien la actuación de militares como Goded, Muñoz Grandes y Yagüe? ¿Encuentra muy bien las violaciones de mujeres de mineros, las ejecuciones extrajudiciales, las torturas en que se ilustró el oficial de la Guardia Civil Lisardo Doval? ¿Encuentra muy bien el asesinato del periodista valenciano Luis de Sirval a manos de unos legionarios furiosos porque investigaba sus excesos?
Ya sabíamos cuál era la sensibilidad ética de Alfonso Guerra, que como vicepresidente utilizaba aviones oficiales para ir a Roma a ver a su amante, y cuando tuvo que dejar el gobierno por haber consentido las corruptelas de sus hermanos continuó disfrutando de un cargo público durante 23 años más. Ahora, además, conocemos su sentido de la historia: el pronunciamiento de Companys por la República Federal fue gravísimo; el levantamiento del PSOE a favor de la revolución socialista estaba justificado. De otro modo, ¿qué hacía Guerra cada año con el puño en alto en la fiesta minera de Rodiezmo, heredera sentimental de 1934?








