Un autobús para Raqa

Atardece   en la estación  de autobuses de  Charles  Hdelou.  Un puñado de  viajeros esperan que el autobús en cuyo chasis hay  estampada  en ingles   la palabra   Fidelyty  se ponga en marcha.  Han corrido  sus  cortinillas, se ha  cargado el portaequipajes con voluminosos  bultos  y  viejas  maletas.  En la penumbra del vehículo  veo  varias  mujeres  sentadas, en silencio.  El viaje podrá durar entre veinte  y cuarenta  horas  hasta  que llegue  a  sus destino final,  Raqa, capital del Estado Islámico   en el  norte  de  Siria.

La  estación de  autobuses  Charles Helou,   nombre  de un antiguo presidente de la república libanesa,  es  un paraje oscuro y  sórdido   en las   entrañas  del  ancho puente   de la autovía del litoral   hacia  Trípoli    y la frontera  siria del norte, en  cuyos andenes  hay  un sector  reservado  a los  taxis,  los blancos  taxis de  matricula  siria,  y  otro  destinado  a los autobuses   sirios  y libaneses.   En  este  garaje  público,   junto al puerto de  Beirut,  con   sus pequeñas  cabinas  de  compañias  de  transporte  con los carteles  de sus  itinerarios-  Damasco, Alepo,  Raqa-   con sus cantinas  y  un despacho de  información,   es un centro vital para  los sirios  que cada día  entran  y salen de  Beirut.  Hay   vendedores  de  relojes de pacotilla  y cigarrillos, gendarmes  que vigilan tranquilamente.  Casi  todos   los viajeros que  deambulan a esta  hora  del crepúsculo,  en espera  de  su  autobús  o de  su    taxi  colectivo,  tan popular   en  esta  región del mundo,   son  hombres.

¿Quién se  atreve  a viaja  en autobús  hasta  Raqa?  El  trayecto de  cuatrocientos  kilómetros  a través del Líbano o la  zona  gubernamental  siria   y el territorio  bajo las  garras   de Daesh empieza  de  noche.   El billete  cuesta alrededor de  cincuenta dólares, pero  los   pasajeros    saben que   su precio podría   duplicarse   con  los peajes  y sobornos   exigidos  por soldados, milicianos  y  yihadistas.

Una  de las mujeres  el autobús , de  edad avanzada,  decía  que  simplemente volvía a su  casa  porque después  de dos años  no se había acostumbrado    vivir  en Beirut. “Mi nieta -sonreía-  cree  que me  voy a  Alemania”.   Un joven matrimonio    quería  visitar a sus  familiares en la ciudad   prohibida, donde  por cierto,  según me dijo  una vez un diplomático  europeo  trabaja  una española  como enfermera  de un  hospital.

La   horrible   guerra  no ha abolido el ir  y venir  de la  vida, ni los viajes  de los autobuses   por  los parajes   mas  peligrosos de  Siria.  Sus  conductores  se  exponen  a morir,   a  ser secuestrados -muchos  secuestros se llevan e acabo    abordando autobuses  en las  carreteras-  quedar heridos en los súbitos   enfrentamientos  de  soldados  y  yihadistas en algún lugar  de la  ruta.  Si   continúan su  trabajo   es  para ganarse      el pan   en  una población arrasada   por la miseria  de  la guerra.

El  viaje  del  autobús del Fidelyty  es  seguro, sin ningún incidente  por  el terrirorio libanés  hasta  la frontera  siria. Después  deberá  continuar  por Damasco,    Homs  o  bien Palmira, donde  en un cierto   lugar  del desierto   cruza  la línea  divisoria  del  autoproclamado Estado Islámico.  Antes  de su  llegada las  mujeres    que tienen que  ir acompañadas  de  su marido  o de  su hermano,   deben   cubrirse  completamente  con una abaya  o capa  negra, prescrita por los  yihadistas,   sentarse al  fondo   del  autobús porque no les  esta  prohibido   hacerlo  delante  de  los  viajeros  masculinos.  Esta prohibido fumar   y se  castiga  con latigazos   introducir  paquetes  de  cigarrillos.  Los  hombres  deben tener  cuidado de  que  sus barbas  estén suficientemente  crecidas  si no quieren exponerse a la reclusión  de  un mes  en una escuela de  educación religiosa  en la ‘capital’. Una  vez   un chofer  fue apaleado  por no apagar la radio de su autobús   que  difundía  música, prohibida  por  su ley  fanática.  Tanto  los  yihadistas   como el  gobierno de  Damasco    impiden viajar   a  los  jóvenes  por miedo  a  que   traten de  zafarse de la milicia  o del ejercito.

Pese  al miedo,  estos  viajes    en autobús   continúan cada  día.   El  gobierno de  Damasco   permite  que atraviesen zonas  militares.  No es solo desde  esta estación    de  Charles  Helou   en Beirut , sino  también    de la que  esta situada  en la orilla  de la  carretera  de  Homs,   a las  afueras  de la capital siria, desde  donde también se  puede  viajar a  Raqa  o Alepo.  Junto a ella   hay  un gran mercado  donde  llegan  alimentos,   verduras  y  frutas, como manzanas   de  Zabadani,   tomates   de  Deraa,   patatas  de  Hama, procedentes  de  todas  las  regiones  de  Siria,  transportadas  en  vehículos  con sus  diversas  matriculas de las zonas gubernamentales y rebeldes. El año pasado pude  viajar en autobús  desde  Latakia a Damasco. El absurdo  llega  a su apogeo en  Alepo,   donde  para  atravesar  una  zona de  cinco  kilómetros   entre   la  ciudad   escindida  entre    el  gobierno    y   los grupos  yihadistas, hay que  recorrer  mas  de  cien  kilómetros   a fin de  contornear   sus respectivas  zonas. Los  corajudos   conductores   sirios  de  autobús   son héroes  de  cada  día.

LA VANGUARDIA