Si la primera víctima de una guerra es la verdad -en referencia a los hechos comprobables-, ¡imaginemos qué puede pasar si lo que se trata es de la batalla por las valoraciones de unos resultados electorales! Por eso, nadie se debería extrañar -pero sí puede escandalizar de ello- que quien ha obtenido el 18% de los votos pueda pedir la dimisión por la «derrota» de quien se ha llevado el 40% (con dos veces y media más de votos y diputados). Afortunadamente, sin embargo, el interregno lleno de burbujas interpretativas que va de la constatación de la representación democrática de cada opción electoral en su concreción en un gobierno, pasa pronto. Y entonces los hechos se imponen y la realidad política se enfría y vuelve a su estado, si no sólido del todo, sí lo suficientemente espeso para deber aceptar su consistencia. ¡Así pues, paciencia!
Por esta razón, y si no es para estudiarlas, no me interesan nada los gestos sobreactuados que pretenden dotar a los resultados de un sentido bastante sesgado para hacer perdedor a quien ha ganado y ganador a quien ha perdido. Y, por tanto, tengo poco interés en hacer de Pep Bou, añadiendo jabón a los resultados para ver si inflo alguno para despegar aún más por encima de los demás. Ahora bien, sí quiero alertar que de todas las dificultades que existen para valorar en caliente el magma de los resultados electorales, la más grande es la que deriva del hecho de observarlos con las antiguas gafas autonómicas. Sólo así se puede afirmar que los mapas electorales son estables. En realidad, de las últimas elecciones autonómicas de 2012 a las actuales se ha producido en Cataluña un gran terremoto político y es el de la aparición de una mayoría independentista, ahora certificada. En 2012 -y me limito a los hechos sin valorarlos- la oferta explícitamente independentista (ERC + CUP) sólo recogió 624.559 votos, el 21,9 por ciento, y 24 diputados. En 2015 (pendientes aún de los votos del exterior) han sido 1.957.348 (JxSí + CUP), un 47,74 por ciento y 72 diputados (tres veces más de votos y diputados). En las representaciones gráficas de los resultados del domingo en la prensa y televisión me ha faltado este mapa, que es lo que por otra parte recoge el sentido de la convocatoria, el de toda la campaña y, claro, el de las consecuencias de los resultados .
Y, de hecho es esto de lo que nos debería interesar empezar a hablar: de qué hacemos con los resultados del domingo. Porque todos lo sabíamos -y nadie lo escondía que el 27-S sólo era el primer objetivo a superar. Decisivo, sí, pero no definitivo. Es a partir de ahora cuando habrá que demostrar la máxima inteligencia política -que no siempre hemos tenido- para enfrentarnos al desafío mayor: hacer progresar el proyecto de independencia y culminarlo con éxito. Ya tenemos mandato democrático, pero en el otro lado hay una resistencia total -con disimulo o descaradamente- a aceptar los resultados. Y si el no obtuso del PP a cualquier diálogo ha ayudado hasta ahora a posicionar el sí a la independencia, un hipotético triunfo del unionismo con piel de cordero en las elecciones españolas del diciembre podría representar un obstáculo aún mayor para el proceso, por las dilaciones en que nos querrá hacer entrar.
La mayoría favorable a la independencia en el actual Parlamento era indispensable para seguir avanzando. Ahora, en el tiempo que va de la Declaración a la Proclamación de la independencia, será necesaria la máxima rapidez en la concreción de los instrumentos que han de hacerla posible, pero al mismo tiempo habrá que evitar las precipitaciones en la exigencia de concreciones ideológicas de partido que pongan en riesgo la unidad de acción imprescindible. Mi intuición, si es que tiene valor, es que el proceso se acelerará, porque nadie podrá soportar dieciocho o veinticuatro meses de incertidumbre. Pero, por si me falla la intuición, preparémonos para una resistencia tan terca como paciente.
ARA








