José Antonio y Cataluña

El debate entre el ministro José Manuel García-Margallo y el presidente de ERC, Oriol Junqueras, ha servido, una vez más, para constatar un punto de mira que siempre ha sido hegemónico entre la derecha española. Esta interpretación, que Freud estaría encantado de estudiar, considera Cataluña como una mujer a la que hay que querer, incluso seducir, pero que no hay que respetar. Precisamente porque, desde esta perspectiva, cargada de virilidad, es la mujer quien debe respeto y obediencia al hombre, que se reserva la capacidad de discernir y decidir qué le conviene. No es extraño, por tanto, que algunas de las opiniones más repetidas sobre los catalanes desde el prisma castellano les hayan considerado criaturas «ahogadas por la estética» o «sentimentales». Femeninas, a la postre. Como una mujer clasificada desde la mentalidad masculina tradicional. Cuando García-Margallo soltó a Junqueras que él no podía permitir que los catalanes se lanzaran por la ventana, reproducía, quizás sin saberlo, este esquema habitual.

Una visión que combina «la estima» con la amenaza. «Queremos a Cataluña -vienen a decir-, pero, como resulta que los catalanes no tienen suficiente criterio para saber qué les conviene, somos nosotros los que se lo debemos marcar; si es necesario, con el recurso a la fuerza. «Una y otra vez, el miércoles por la noche el ministro de Exteriores insistía en la estima que siente por los catalanes. Una y otra vez, proclamaba con contundencia que no saben qué están haciendo y que lo que quieren no puede ser. Que no lo aceptará nadie. Y en primer lugar, no lo tolerarán «los otros españoles». Una curiosa forma de amar. Como se ama a los seres inmaduros, inconscientes o inferiores. Incapaces de discernir la grandeza de la mezquindad.

No siempre ha sido así. Ha habido otras épocas más turbulentas históricamente en las que el nacionalismo español de raíz castellana ha tirado de frente y ha dejado de lado incluso este tipo de alabanzas tramposas. Los manuales de historia recogen frases, admoniciones y consejos, desde el conde-duque de Olivares, pasando por Francisco de Quevedo, hasta los militares que ocuparon Barcelona en enero de 1936 cuando consideró que por las buenas no había manera de doblegar a los obstinados catalanes, se proponía la violencia sin contemplaciones como único remedio para asimilarlos de una vez.

En todo caso, la tendencia que se ha recuperado ahora es la del palo y la zanahoria. El halago insultante y la amenaza más insultante todavía. «Os queremos, pero nos debéis obedecer; perdón, debéis  acatar la ley». Por eso conviene escarbar un poco en referentes inmediatos que pueden indignar al señor ministro de Exteriores pero que le resultarán familiares, por la esencia del planteamiento que practica. El doble sentimiento de «estima» y dominación fue una constante en el pensamiento político de José Antonio Primo de Rivera, que, sobre Cataluña, escribió: «Nosotros queremos a Cataluña por española, y porque amamos a Cataluña la queremos más española cada vez, como al País Vasco, como a las otras regiones». Esta es la «estima». Y esta la prevención: «El separatismo local es signo de decadencia que surge cuando se olvida que una Patria no es lo inmediato, físico, que podemos percibir en el estado más primitivo de la espontaneidad». «Cataluña autónoma asiste al crecimiento de un separatismo que nadie refrena. El Estado, porque se ha inhibido de la vida catalana en las funciones esenciales: la formación espiritual de las generaciones, el orden público, la administración de la justicia…, y la Generalitat, porque lejos de repugnarle esta tendencia separatista, le resulta sumamente simpática».La dominación quedaba claramente reflejada en el punto 2 de la norma programática de la falange: «Todo separatismo es un crimen que no perdonaremos».

Algunas de estas sentencias, incluso más brutas y menos sofisticadas, se pueden leer en las columnas y los editorial de los diarios que se publican en Madrid. Este doble espíritu del falso halago, de la estima viril, y de la amenaza más viril aún, alimenta una gran parte de las tertulias de los medios de comunicación en la capital del Estado. Las frases de José Antonio, sin citar la fuente, podrían ser publicadas ahora en muchas de estas tribunas. Algunos de estos señores, el propio ministro de Exteriores, se pueden ofender con la comparación. Pero deberían reflexionar hasta qué punto no están reproduciendo, una vez más, el pensamiento del totalitarismo que exigía diluir el hecho dulce y primitivo en el glorioso destino viril que la Historia, en mayúsculas, había reservado para España.

EL PUNT-AVUI