La semana pasada, mientras tecleaba el pin de la tarjeta en una tienda de Cracovia, pregunté a la dependienta cuando tendrían el euro en Polonia. Y la chica, una universitaria con inglés fluido, me contestó de un tirón: «Si fuera por mí, nunca. Somos un país pobre. Y con el euro todo subiría, excepto los sueldos. Mire qué ha pasado en Eslovaquia: entraron en el euro y ya no atraen tanto turismo porque se han vuelto un país caro. Aquí nos pasaría igual. ¿Y ha visto como están en Grecia? Mire: si me hablaran de salir de la UE, les diría que también». Recibí respuestas similares de otro joven, conductor de taxi («No queremos el euro, la vida aquí es soportable»), y en la vecina Praga también me expresaron el temor por si abandonaban la corona checa alguna vez.
Sólo son respuestas a pie de calle, pero me parece destacable que gente joven de países que apenas hace veinticinco años abrazaban la Unión Europea un poco como nosotros, con el orgullo de no ser nunca más los de la fila de los pasaportes de la vergüenza en los aeropuertos, ahora desconfían. El caso es que el sufrimiento de los griegos, las condiciones de los rescates, la austeridad presupuestaria, la irritación del norte con un sur que no sigue y la del sur con un norte que marca el paso, han llenado Europa de europeos que no ven la gracia a eso de ir unidos, y que creen que encuentran un cobijo en el retorno a la aparentemente superada soberanía nacional.
Es posible que la dependienta, el taxista y yo mismo nos hayamos acostumbrado mucho a los fondos de cohesión, a Schengen, a las becas Erasmus y al estado del bienestar. Pero no deberíamos olvidar que hace setenta años Europa era un inmenso cementerio bajo los escombros de los bombardeos. Y deberíamos preguntarnos por qué hoy, sin embargo, Europa es el continente por el que se juegan la vida miles de personas, cada día, a bordo de una patera, dentro de una maleta o en los bajos de un camión.
ARA







