Aunque Putin presente como un éxito económico y geoestratégico haber acogido en Rusia hace dos semanas las cumbres de los BRICS y de la SCO (Organización de Cooperación de Shanghai: China, Kazajstán, Uzbekistán, Kirguistán y Tayikistán), los socios centroasiáticos del Kremlin no han podido ni han querido disimular su malestar. Hace tiempo que Nursultan Nazarbayev, de Kazajstán, e Islam Karímov, de Uzbekistán, miran de reojo las maniobras del presidente ruso. Moviendo organizaciones internacionales como la hasta ahora paralítica CEI, la OTSC -equivalente a la OTAN del Este- y la celebrada Unión Euroasiática, Putin se dispone a recuperar el perímetro del antiguo Imperio Zarista y de la llorada Unión Soviética. Y la anexión de Crimea y la situación de guerra civil en Ucrania añaden inquietud y desconfianza a los líderes centroasiáticos, que viven las piruetas diplomáticas y la retórica putiniana de las últimas cumbres como un ritual previo a la llegada del caballo de Troya. El presidente kazajo Nazarbayev insiste cada vez más que la Unión Euroasiática no debería ir más allá de los acuerdos aduaneros y de lo que ellos llaman un Schengen oriental. Y el presidente uzbeko Karímov no se priva de advertir que ha sido un error haber admitido en la SCO, sin aviso previo, la India y Pakistán, estados poseedores de armas nucleares que desnaturalizan los objetivos fundacionales de la organización.
Sin margen de maniobra
Pero tanto Nazarbayev como Karímov saben que por ahora no pueden prescindir de Putin. Para ellos, el presidente ruso es a la vez problema y solución. Se quejan de sentirse tutelados y a la vez se esfuerzan en no ser despreciados por el Kremlin, que es quien les garantiza sentarse en las cumbres. A quien menos le interesa una confrontación abierta es a Kazajstán, que, a pesar de la riqueza de recursos naturales y las buenas relaciones con Occidente, no pierde de vista que más del 20% de la población es de origen ruso. Putin no lo pensaría mucho antes de provocar unos sacudida etnicista capaz de dejar en nada el Schengen oriental. Uzbekistán no tiene, entre sus muchos escenarios conflictivos, el de una minoría rusa dispuesta a movilizarse, pero los vínculos con Moscú sí la han perjudicado. A pesar de la crisis, el país había crecido un 8% tanto en 2012 como en 2013. Ahora las sanciones contra el Kremlin han reducido a la mitad el sueldo de los trabajadores uzbecos, y el 12% de la economía de Uzbekistán depende de las remesas.
Más allá del obstáculo al crecimiento y a la modernización que representan los movimientos de tutela del Kremlin hacia las antiguas colonias de Asia, no hay que perder de vista pulsiones endógenas, autodestructivas, de unos regímenes que desde el tiempo de la URSS están articulados en torno a grupos despóticos, oligárquicos, ahora actores de parodias del sufragio universal. El 30 de marzo Islam Karímov, de 77 años, ganó las elecciones presidenciales con el 90% de los votos. No sirvió de nada que la OSCE denunciara la falta de candidatos opositores. El 26 de abril fue Nazarbayev quien fue plebiscitado con el 97% de los votos. Ambos hace 25 años en el poder y ya eran apparatchik poderosos en tiempos de Brezhnev y Gorbachov. Ambos, también, han tenido y tienen problemas con intrigas. Nada diferente al de muchas familias de la nomenklatura desde los tiempos de Stalin. Pero ahora es Putin quien los observa y controla cada gesto y movimiento.
ARA







