Hace muchos, muchos años, en 1979, en la Universidad de Princeton, fabriqué uno de los papeles académicos que siempre he estado más contento de haber escrito: el tema era «De cómo se puede ser griego por treinta siglos», y se publicó con este título en 1980 en la revista L’Espill. Y la cuestión era que sí, que vistos los textos antiguos, empezando por los ‘Trabajos’ de Hesíodo, y los estudios de los antropólogos sociales contemporáneos, la cosa era posible: hay factores tan permanentes en la «cultura profunda» de los griegos, que ya estaban presentes en tiempos homéricos, y están presentes todavía. Como cuando yo, citando un autor moderno, Stephanos Zotos, recordaba que para los griegos hay un código que regula el comportamiento de los miembros de la familia entre ellos, y otro que prescribe la actitud de cara al mundo exterior. Actitud que desde Homero -donde está absolutamente explícita- hasta ahora, se puede resumir en: haz bien a tus amigos y aliados, haz todo el daño que puedas a tus enemigos, y procura engañar a los extraños. La honestidad es una virtud que se aplica dentro del propio círculo; fuera de este, con los «extraños» (empezando por el Estado, ¡y aún más cuando los «extraños» son los extranjeros!), la virtud es ser lo suficientemente listo para estafarlos. Lo que cuenta es la ventaja propia, el ‘simferon’, y si puede ser a expensas de los demás, mejor. El griego moderno tiene tanta admiración por el ‘exupnos’, el espabilado, como el antiguo por el «enredador» oficial, Ulises, el protegido de Atenea. Incluso cuando llega a Itaca, Ulises hace un relato completamente falso ante la diosa, y ella le dice, sonriendo complacida: «Astuto y sutil debe ser quien quisiera superarte / en todo tipo de engaños, incluso si es un dios quien te encuentra. / Pícaro, liante y nunca harto de artimañas, ¿no podías, / ni en tu propio país, olvidarte de astucias y trampas / y de relatos mentirosos? » (Trad. mía J,F. Mira). Todo un modelo ideal, un ejemplo supremo (el astuto, el mentiroso interesado, ¿admirado sobre todo cuando engaña a los extraños?), que ha durado hasta los tiempos presentes. Los griegos actuales, su compatriota S. Zotos en ‘The Greeks. The Dilemma of past and present’ afirma: «Los griegos creen que las reglas y leyes que regulan y conforman la vida en otros países no han sido realmente hechas para ellos y simplemente no pueden ser aplicadas en su país, que puede perfectamente existir sin ellas». Y otra pequeña cosa más: reconocer ante los «extraños» un error propio, un engaño, una culpa, no es una virtud, es una humillación y un deshonor. La idea de «responsabilidad» cívica o ética, es del todo circunstancial y relativa.
Y así, tal como recordaba yo hace medio año en otro lugar, y como afirmaba entonces un novelista famoso, en Grecia la inocencia se ha convertido en una profesión. No son culpables los grandes empresarios que no pagan impuestos; ni los gobiernos sucesivos que han falseado las cuentas públicas, han despilfarrado, han mentido y han colocado sistemáticamente amigos, parientes y conocidos a cobrar del presupuesto; ni los profesionales como médicos, abogados y arquitectos que (como tantos colegas de nuestro extremo del Mediterráneo) ocultan la mayor parte de sus ingresos; ni la ciudadanía en general que considera que no pagar impuestos y engañar el Estado es como una antigua virtud griega que hay que preservar por encima de todas las cosas. El novelista célebre recuerda que, cuando entró en la Unión Europea, Grecia era un país pobre, frugal y disciplinado. Que entonces empezó a llover dinero, y que fue como si a alguien que ha pasado mucha hambre le dieran de pronto grandes ollas de carne y muslos de cordero. Grecia, afirma, se puso enferma. Es decir: los gobernantes dedicaron el dinero europeo a engordar más aún el sistema clientelar. El dinero, pues, no se invertía ni se aprovechaba, se repartía. Y así el Estado se convirtió en un monstruo hinchado, acostumbrado a comer demasiado. Ahora, pensaba el escritor, los sindicatos del sector público abandonan el Pasok y se pasan a Syriza, la izquierda radical, que hace mal en acogerlos porque son gente corrupta, mimada con las prácticas que nos han llevado al desastre. Estas frases tan duramente críticas -y otras más duras- no eran ciertamente una opinión mía, sino declaraciones expresas del gran Petros Márkaris, que no es precisamente un escritor reaccionario. Es, simplemente, un griego lúcido y con los ojos abiertos, que nos recuerda que, allí como aquí, es una estupidez irresponsable pensar que la culpa de los males comunes siempre la tienen otros, y que mentir y engañar a los «extraños» en los tratos o negociaciones no es un vicio ni un defecto sino una virtud honorable. El lector atento podrá, si quiere, aplicar todo esto a las informaciones de los últimos días y meses.
EL TEMPS






