Explica el historiador John Darwin que los imperios son la fórmula de organización estatal más común. Coherentemente a su apellido, también recuerda que como toda especie, el destino de estos es la extinción. Dado que el horror del siglo XX bajó los humos a quien reivindicaba con entusiasmo esta organización del poder, hoy los imperios tienen mala prensa. Sin embargo están, quizás de maneras más sutiles, y sometidos a las mismas reglas del juego de auge y caída de las viejas potencias en un mundo en que la geopolítica marca hegemonías regionales.
Un imperio es una construcción política artificial en el que un grupo reducido dentro de un grupo étnico dominante se impone a una mayoría y controla y gobierna un heterogéneo conglomerado de sociedades y grupos de naturaleza diversa. La fuerza, ejercida en primera instancia, no tiene suficiente capacidad para asegurar su solidez. Existe también la habilidad para seducir a los individuos y grupos subyugados sobre la base de intereses asimétricos. Esto implica hacer participar en mayor o menor medida en los beneficios imperiales, administrar discriminaciones y establecer un relato justificador basándose en ideas abstractas como religión, nación, monarquía, civilización, constitución… En ocasiones, se integra a un determinado grupo nacional o religioso para integrarse en la administración y el ejército del imperio. En otros, se juega con la rivalidad de los diversos pueblos enfrentados para arbitrar conflictos y como garantía de estabilidad o se procura la integración de colectivos tradicionalmente marginados para asegurar lealtades transversales. La falla en algunos de estos sectores es el que propicia crisis internas, conflictos y, finalmente, disoluciones. El desmantelamiento del imperio de los Habsburgo, la caída de la Unión Soviética o la disolución de Yugoslavia son claros ejemplos.
El auge y decadencia de los imperios (o de las grandes naciones estado) provienen de factores ligados al interés común. La unificación alemana e italiana vino motivada por sumar esfuerzos y soldados para participar en el reparto colonial de África, a finales del XIX. La cohesión alemana actual, conformada por un complejo conglomerado de antiguos reinos y ciudades libres, tiene que ver con la capacidad de establecer una hegemonía económica continental, especialmente abocada hacia el este europeo. En contraste, los fracasos políticos y económicos italianos potencian las actuales tendencias centrífugas. En cierta medida, los imperios se descomponen cuando una parte sustancial de su población o alguno de sus componentes que se siente discriminado considera que, o bien se debilita, o bien ya no resulta beneficiosa su integridad.
España es un caso particular. De hecho, John Darwin señala el imperio español como uno de los primeros de la modernidad a establecer un auge tan rápido como casual (la conquista y explotación de América), con una decadencia agónica y absurda (malgastando recursos en guerras de religión y administrando pésimamente su poder colonial). Su supervivencia como teórico estado moderno ha sido más fruto del azar que del mérito. La neutralidad en las dos guerras mundiales le ahorró provisionalmente su disolución. Su teórica estabilidad se fundamentó en una violenta dictadura totalitaria, y en el miedo y la represión, aún presente y activa bien entrada la monarquía democrática vigente. De hecho, la manera en que mucha gente mayor votó en la consulta resulta bien reveladora de este sentimiento reprimido de generaciones.
Buena parte de los analistas españoles comparan la situación actual con la crisis de 1898, cuando la suicida intransigencia española puso fin a los residuos del imperio. A pesar de las aspiraciones regeneracionistas, su inepto núcleo dirigente perseveró en exhibir apariencia de gran potencia enfangarse en la desdichada aventura de Marruecos. Los intentos por articular nacionalmente el estado de acuerdo con una lógica de reconocimiento nacional de catalanes y vascos, han chocado con un nacionalismo español fanático, empeñado en no reconocer las minorías. Ahora, cuando la quiebra social se combina con la económica y la territorial se pone en evidencia que las élites extractivas madrileñas siguen ancladas en una mentalidad obsoleta. El imperio español ya hace tiempo que se hundió. La independencia catalana, expresada ‘ de facto ‘ el 9 de noviembre, no hace más que evidenciar que ya se está desmantelando definitivamente. España, que no resultaba útil a unos catalanes anexionados a la fuerza, tampoco ya no parece atractiva a los españoles. ‘ En Flandes, se ha puesto el sol ‘ .
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