Interrogantes postelectorales

Las elecciones europeas nos dejan sobre la mesa más preguntas de las que, con los votos, hayamos podido responder. Podemos dedicar tiempo al análisis de los resultados, a la nueva composición del Parlamento europeo o a las previsibles alianzas que vayan a componerse. Pero todo eso no va a ser otra cosa que mirar al dedo que señala una luna que queda más allá en el tiempo y en el espacio. Los interrogantes que se han abierto son tantos, que querría empezar por señalar algunos.

 

En primer lugar me parece notorio que toda la mecánica electoral es obsoleta y que, además de sus ineficiencias, implícitamente favorece una imagen pública de Europa anquilosada, muy lejos de los discursos que suelen dedicarnos sobre la innovación, la sociedad del conocimiento o los desafíos del futuro. En parte es así porque cada país sigue con su propio modelo electoral. Pero entonces que nadie se queje de si las campañas también se hacen en clave local y no con visión verdaderamente europea. El absurdo día de reflexión, la prohibición de publicar datos que la red distribuye de manera puntual o la inexistencia de sistemas de votación electrónica que permitan dar curso al voto desde el extranjero, son exponentes bien claros de tal desastre. ¿Qué reforma hará Europa para convertir las elecciones en una carta de presentación de un proyecto político convincente?

 

El segundo interrogante tiene que ver con un hecho de enorme relevancia: hemos votado un Parlamento que sabemos que no decidirá ni quién ni cómo se nos gobierna desde Europa. El déficit democrático no se va a resolver con el actual simulacro de elección de presidente de la Comisión Europea. A estas alturas, buena parte de la legislación que aprueban los parlamentos de los estados se decide en Europa, pero está en manos de una burocracia que se atribuye una gran capacidad de intervención sin el aval de las urnas. Sólo así se entiende que se hayan podido aplicar políticas tan lesivas para la salida de la crisis sin que, a la hora de ir a votar, hayamos sabido exactamente contra quién teníamos que depositar la papeleta. ¿Alguien cree que se puede pedir a los ciudadanos, sin grandes dosis de hipocresía, que tengan más conciencia democrática que la que son capaces de asumir las propias estructuras de la UE?

 

Esta debilidad política, en tercer lugar, explica la incapacidad de las campañas de hablar de Europa señalando un interés común propio y no de presentarla como un espacio de negociación de intereses particulares. Muchas campañas electorales han acabado siendo insistentemente antieuropeas. Y no sólo las de los euroescépticos. La del PSC, pongamos por caso, es paradigmática de lo que digo. Europa se convertía en la única culpable de la imposición de los recortes o del paro, y el ajuste de cuentas se hacía sobre Rajoy. En definitiva, tal y como si el PSOE no hubiera tenido su comisario y su propia responsabilidad en las políticas europeas, la campaña trataba de dirimir un desafío local en la perspectiva de las próximas elecciones españolas. ¿Alguien se extraña de que, con esta campaña tan zafia, al final Rubalcaba haya tenido que tirar la toalla?

 

En la medida que el voto se somete a la idea de que Europa sirve para resolver los problemas locales en lugar de vincularlo a un proyecto de futuro ligado a un interés general transnacional, los resultados acaban fragmentando el espacio político. Una fragmentación que quizás tenga algún sentido en clave local, pero que, en el espacio europeo, se pierde. Es fácil imaginar el pobre papel que harán C’s o UPyD en Europa. En clave local, se entiende bien su nacimiento y su éxito. En clave europea, les será difícil encontrar una acomodación que no los disuelva entre las otras docenas de microofertas. Y lo que digo de C’s y UPyD ¿no debería decirse también de CiU y ERC si no tuviéramos en perspectiva el llegar a ser un nuevo Estado de Europa y trasladar allí no tan sólo nuestros intereses sino nuestros proyectos?

 

Los resultados de estas elecciones también deberían obligarnos a repensar las categorías de clasificación política que aplicamos demasiado automáticamente desde los espacios estatales al europeo. Calificamos con una excesiva facilidad a determinados partidos que han tenido grandes crecimientos de ser xenófobos o de extrema derecha. Tanto como lo sería calificar el crecimiento de los que se sitúan a la “extrema izquierda” de antisistema o de revolucionarios. Ya me gusta que seamos más indulgentes con la izquierda, pero podría muy bien ser que los fundamentos del malestar que recogen unos y otros no fueran demasiado diferentes y que lo que cambiara fueran las respuestas según las culturas políticas particulares. ¿El caso de Marine Le Pen en Francia o del UKIP en el Reino Unido se pueden liquidar apelando a los viejos fantasmas del fascismo o el nazismo?

 

Finalmente, lamento que no se haya aprovechado la campaña para explicar mejor el proyecto europeo, tan críticamente como hiciera falta, pero con esperanza. Y, sobre todo, creo que se ha perdido la oportunidad de contar porqué nos convendría acabar de europeizarnos en cuestiones tan fundamentales como son el funcionamiento de la justicia, las facilidades para crear empresas, la calidad de la educación, los niveles de práctica cultural, las tasas de paro o el control del fraude fiscal. En Catalunya hemos conseguido casi 11 puntos más de participación que en el 2009, e incluso hemos superado la media europea e igualado la de Alemania. Muy bien. Sin embargo, ¿no es a partir de hoy mismo que ya deberíamos trabajar para garantizar el europeísmo de las elecciones del 2019?

 

La Vanguardia