A ver si nos queda claro: el Ebro es un río insolidario y derrochador. Lo confirman los portavoces del secano: ‘El Ebro tira al mar 450 metros cúbicos de agua por segundo’; ‘El Ebro ha derrochado 19.000 hectómetros cúbicos el último cuatrienio’. Por ello, en vista de tanta desidia continuada, el Gobierno de España ha decidido poner el río a raya con un plan hidrológico que le quitará las ganas de derrochar el bien común de todos los españoles.
Los regantes homenajeados están contentos porque confían en el ‘plan’ del Gobierno, que siempre ha mirado por los trabajadores de la tierra, claro que sí. Los habitantes del delta, en cambio, son tan mal pensados que ven en la promesa del ‘agua para todos’ una excusa para embalsar y satisfacer las demandas insostenibles de los nuevos modelos de turismo, urbanismo, consumismo y cinismo en general. Qué cosas para pensar, ¿no? El PP no haría esto nunca a sus amigos los agricultores. Antes de dejar una finca de Lleida sin goteo haría cerrar los aspersores de todos los campos de golf entre Vila-seca y Calatayud, como lo ha hecho siempre.
Muchos pro-PH ven en los deltenses el egoísmo de los señoritos que lo quieren todo: acostumbrados a tener un río que tira agua al mar a montones, y plantar arroz y ver pececillos y pajaritos, ahora se quejan de que les quieren cambiar el agua desperdiciada por cloruro de sodio, que es la sal de la vida, y ellos venga llorar que lo matará todo. ¿Pero no han escuchado que les garantizarán un caudal ecológico ‘según unos’ criterios científicos’? De acuerdo en que a estos científicos y técnicos nadie los ha visto, ¿pero es que no tienen suficiente con la palabra de un partido que siempre se ha caracterizado por la sensibilidad medioambiental?
Estoy haciendo una caricatura: los regantes no son tan ingenuos como para creer que sobreexplotar un río ya sobreexplotado no afectará negativamente al delta, pero ¡ah!: unas veces se gana, otras se pierde. El presidente del canal Segarra-Garrigues, que no siente eso del arroz, de los pececillos y los pajarito, lo explica así de diáfano: ‘A veces hay que priorizar: alimentos o ecologismo’. Claro que sí: si el mundo siempre ha funcionado triturando ecosistemas como hasta ahora, ¿por qué deberíamos querer cambiar? Servidora, que es de pueblo de secano, no es ajena a esta filosofía que se resume en el famoso refrán: ‘a pan para hoy, no le mires la dentadura’. La cosa que ya me extraña más es que estos agricultores, con la experiencia de generaciones que nunca les han regalado nada, confíen en que el ‘regalo’ de desviarles el agua no les pedirán nada a cambio.
Pero también hay que decirlo todo: si al agricultor no le pagaran el fruto a precios de explotación esclava, no necesitaría producir cada vez más para cubrir las necesidades, que continuamente son más, y son más caras. El Plan Hidrológico sólo es la consolidación en cemento de este desequilibrio voraz: el objetivo debe ser producir más, y no cuestionar por qué los frutos no se pagan a un precio justo, y menos por qué cada vez tenemos más necesidades y más costosas. Dicho en términos hidrológicos: el objetivo es tirar de la cadena, y no pedir por qué la cisterna del inodoro utiliza agua potable, y menos si podría ser reciclada de la ducha o del lavabo. Esta es la fuerza del PHE: mientras mantenga la capacidad de enfrentar el territorio, evitará la reflexión. El Gobierno deberá abatir dos pájaros de un tiro, si no los ha matado antes el agua salada.
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