Dos colonizaciones (y II)

La colonización de Inglaterra en Norteamérica comienza en 1588 después de la derrota de la Armada Invencible, cien años más tarde que la española. Se dirige a los territorios no colonizados por los españoles, que no son lógicamente ni los más ricos ni los más prósperos. Se inicia en Carolina del Norte y después en Virginia y Maryland. El intento inicial de los colonizadores es repetir el modelo de los españoles, pero este no funciona, los territorios están entre diez y cien veces menos poblados, no hay metales preciosos para explotar, la meteorología no es tan benigna y no hay en los pueblos autóctonos estructuras políticas y sociales sólidas y estables como las de los imperios azteca e inca, que podían ser rápida y fácilmente controlados a través del sometimiento de sus élites.

No es posible forzar a la población local al trabajo en beneficio de los colonizadores como hicieron en América del Sur los españoles. De hecho, la primera colonia, Jamestown, sobrevive con dificultad los inviernos de 1607 y 1608. La Compañía de Virginia que intenta explotar el territorio debe aceptar que ni los nativos ni, mucho menos, el colonos trabajarán por salarios bajos, y establecerá, después de veinte años de intentos fallidos, el reparto de tierras a los colonos para incentivarles a explotarlas. El intento de asignar vastas áreas del territorio a un noble, Lord Baltimore, en la bahía de Chesapeake en 1632 para que las explote vía aparcería tampoco funciona, de hecho, las concesiones se revierten en 1691. Es imposible forzar a los colonos a aceptar una sociedad rígidamente estratificada y controlada por una élite poco numerosa pero poderosa; hay para los colonos demasiadas posibilidades y oportunidades abiertas. Los propietarios que han accedido a los lotes de tierras distribuidos se organizan en comunidades para defender sus intereses. Quieren tener más derechos y libertad de comercio y pagar menos impuestos a la metrópoli. Son estos los que, no aceptando las limitaciones y cargas de la corona, logran la independencia en 1774.

No es hasta el crecimiento de la producción de algodón, que provoca la importación de mano de obra africana, que un sistema de explotación basado en la esclavitud se establece en parte del territorio estadounidense, pero siempre sobre una base de democracia elitista. El conflicto entre esta sociedad tradicional y explotadora y la más avanzada surgida de la incipiente revolución industrial se salda por una cruenta guerra civil entre los estados federados en 1866 que ganan estos, que abole la esclavitud y modula la democracia estadounidense sobre el principio de trabajo e igualdad de los ciudadanos ante la ley.

El contraste entre estas dos culturas en América del Norte y del Sur, provenientes de la colonización española e inglesa, tiene consecuencias de largo alcance. La falta de recursos de los territorios del norte y la imposibilidad de forzar al trabajo a una población nativa prácticamente inexistente impide la explotación de muchos por muy pocos y obliga a adoptar el trabajo como herramienta básica de progreso. Esto lleva necesariamente a la competencia como base del éxito económico y al esfuerzo personal como componente indispensable de la notoriedad social. Estos principios se trasladan al Estado, que elige a los gobernantes por sus méritos y los expulsa por sus deméritos. Nacen en América dos sociedades: una al norte, basada en el mérito y la democracia, y la otra al sur, basada en la clase y el privilegio. No es hasta el siglo XX cuando la democracia llega a Latinoamérica.

La fortuna del Sr. Bill Gates se ha hecho sobre la competencia en una de las empresas tecnológicas más creativas de los últimos años. En el cenit de su expansión, el departamento de comercio de EEUU multó a Microsoft por abuso de poder en el mercado. La fortuna del Sr. Carlos Slim, mexicano, se ha generado por la compra del monopolio de telecomunicaciones mexicano, Telmex, en 1990. En 1997 hubo una demanda por posición de privilegio en la explotación de Telmex. El Sr. Slim pidió y consiguió el amparo del gobierno mexicano y nada resultó de ello.

No es ecuánime simplificar cuestiones que son necesariamente complejas, pero parecería que ciertos modos de actuar se convierten en prácticas que explican por qué algunos países tienen éxito y otros fracasan (Acemoglu y Robinson). Si esto fuera así tendríamos que concluir que determinadas formas y prácticas son inferiores a otras, más allá de su intrínseco valor moral y ético.

EL PUNT – AVUI