En Reims, el presidente Hollande ha evocado el martirio de la ciudad durante la Primera Guerra Mundial y la canciller Merkel el pacifismo a través de Aristide Briand y Wilhelm Foerster. [1] 2014 será la nueva cita de franceses y alemanes, de los franceses con el mundo entero y de los franceses con ellos mismos. ¿Por qué conmemorar 1914? Por la paz, la amistad, pero por mucho más todavía. En primer lugar, para comprender nuestra sociedad. En 1914 se acaba la primera gran mundialización comenzada cien años antes. Nunca han sido tan densos los intercambios comerciales y culturales. París acoge a todos los artistas del mundo y los artistas franceses viajan por toda Europa, esos mismos artistas que, sin sombra de duda, se alistarán en la guerra. Ravel hará todo lo posible para ser declarado apto y terminará conduciendo un camión en la Voie Sacrée [Vía Sagrada, la ruta vital de suministros al frente]. Apollinaire, polaco, batalla por alistarse. Al día siguiente del asesinato de Jaurès, Guesde cae en brazos de Barrès, [2] el primero que llega a saludar a los restos de su viejo enemigo.
¿Por qué ningún intelectual, ningún artista se esconderá de la guerra? ¿Partieron con los franceses con la flor en el fusil? No. Salvo algunos excitados parisinos agitados por las ligas (patrióticas), la partida es tranquila y grave. ¿Eran revanchistas? La mayor parte, no, más bien pacifistas. ¿Les preocupaba Alsacia-Lorena? La verdad es que no. ¿Qué sociedad era ésta que, abarrotando las estaciones de tren el 2 de agosto, se apresta a desaparecer, y qué imagen da de la nuestra?
¿Quiénes somos nosotros, que presentamos quejas contra el ejército por la muerte de un soldado? ¿Fue más brutal el ejército francés con sus soldados que el ejército alemán? Tal vez. ¿Fueron más sacrificadas las tropas coloniales? No, no lo creo. En esto, los investigadores, los universitarios, pero también los escritores, van a aplicarse denodadamente y a trabajar.
Comprender y reconocer. Los franceses se pirran por la genealogía. Todos tenemos un abuelo, un bisabuelo, un tío abuelo, nuestro o de nuestros primos, combatiente o muerto. Todos los jóvenes franceses procedentes de la inmigración tienen un antepasado o un primo de un antepasado de las tropas coloniales muerto por Francia o maltratado por ella, cuando ha vuelto sin pensión. Decir «nuestros antepasados los galos» no tiene ningún sentido, pero decir «nuestros antepasados de 1914», para mí, que soy de origen senegalés, maliano, marroquí o vietnamita, tiene su significado. En 2014, los franceses querrán reconocer a los hombres, las mujeres, los lugares de los combates, las necrópolis en los que entre las cruces sobresale a veces la media luna musulmana o la estrella de David. Todos, bretones y occitanos que no hablaban francés. Corsos, arrabaleros de París, argelinos, malgaches, venimos de Les Éparges, de Verdún, del Chemin des Dames.[3]
Por eso es por lo que la conmemoración de 1914 debe tener una función genealógica y pedagógica. Hay que hacer revivir para los niños de la escuela primaria una clase tal como la daban los maestros de 1914; hay que hacer que construyan «monumentos de paz» junto a los monumentos a los muertos, o hacerles que escriban cartas a un amigo alemán, crear obras de teatro, o encontrar mil formas de hacer que se apasionen, que se apasionarán. La cultura y la educación nacional estarán en primera línea. Hay que hablarles de la retaguardia, de los enchufados, de los mercaderes de armas, del extraordinario trabajo de las mujeres – las grandes olvidadas de 1914-18 -, mostrarles también a los “gueules cassées” (“bocas rotas”).[4] Hay que hacer que lean a Genevoix, Barbusse, Pergaud, Dorgelès, Cendrars…y Remarque, [5] ¡y tantos otros! Estos ciudadanos de 1914 que pensaban justificar su sufrimiento y su desgracia por ese hermoso, «la der des ders» [la última de las últimas (guerras)], por la herencia de paz que dejarían, esas mujeres que acechan al pregonero o al señor alcalde portador de malas noticias, son ellos. Ellos, los que hoy no pueden imaginar un conflicto europeo.
Las demás razones son políticas y no deberían escapársele a nadie. En 2014, Francia será escenario del mundo. Todos los ciudadanos de los países beligerantes van a recordar, a visitar los lugares de los combates, los cementerios. Los canadienses irán a Vimy, los norteamericanos a Saint-Mihiel, los australianos y los ingleses al Somme, por no citar más que a estos, y por doquier vendrán nuestros amigos alemanes, belgas, portugueses, italianos y rusos… En 2014, Francia, país del conflicto, tiene que hablar al mundo. Igual que a sí misma.
Y en primer lugar, de la República. 1914-18 es el segundo gran acontecimiento que, después de 1789, asienta e instala la República. Esta República que echará abajo la invasión del país hasta que la restaure un tercer acontecimiento, la Resistencia.
También del fracaso. 1914-18 es un incontestable fracaso, y en primer lugar, francés. Más allá del 1,45 millón de muertos, 1914-18 ha desembocado en una segunda carnicería, más abominable. ¡Lo mínimo habría sido que las mujeres lograran el derecho a voto en 1918! Que el ejército se democratizara, que se plantease la cuestión colonial. Que la igualdad ante la muerte se tradujera en igualdad en la vida. ¡Que los maestros y los curas, que, según se dice, «ganaron» esta guerra, reclamaran la igualdad de derechos en todas las colonias! Nada. Peor: la «paz» de las naciones, la «paz cartaginesa», la paz que «exprimiría el limón hasta hacer saltar las pepitas», como dijo Lloyd George, condujo al horror.
Comprender, y honrar: honrar a Jaurès, pacifista, pero que escribe L’Armée nouvelle [El nuevo ejército]. Devolver a los fusilados su lugar, completo, sin tacha, al lado de sus camaradas. Reconocer a Genevoix, que ha evocado sin igual la muerte de sus camaradas con una compasión, una ternura y una fuerza inauditas en Ceux de 14 [Los del 14]. Por último, repensar Europa, en un momento de tensión y de egoísmo, pasar de la amistad a la fraternidad francoalemana. «Lo que hemos hecho es más de lo que se podía pedir a los hombres -dice Maurice Genevoix- y nosotros lo hemos hecho». ¿Por qué?
Notas del t.:
[1] Aristide Briand (1862-1932), político republicano socialista y adalid y precursor de la cooperación y la unidad europeas, fue primer ministro de Francia en seis ocasiones entre 1909 y 1929. Contribuyó a la consolidación de la Sociedad de Naciones a través del Pacto de Locarno y el Pacto Briand-Kellogg. En 1926 recibió el Premio Nobel de la Paz, compartido con su colega alemán Gustav Stresemann. Wilhelm Julius Foerster, (1832-1921), importante astrónomo alemán y pacifista convencido, firmó en 1914 con Einstein el Aufruf an die Europäer, manifiesto contra la guerra.
[2] Jules Guesde (1845-1922), socialista fundador del Partido Obrero Francés en 1880 junto a Paul Lafargue, se opuso a la participación de los socialistas en gobiernos burgueses franceses, en contra del criterio de Jaurès. Irónicamente, se convertiría en ministro de Estado durante la Primera Guerra Mundial, acabando en posiciones nacionalistas. Maurice Barrès (1862-1923), notable escritor nacionalista y conservador, presidió las ligas patrióticas.
[3] En la cresta de Les Éparges, pueblo de la región de Lorena, se produjeron sangrientos combates entre 1914-15. La batalla de Verdún, entre febrero y diciembre de 1916, fue la más larga de la Primera Guerra Mundial y la segunda más mortífera después del Somme. La ofensiva del Camino de las Damas, o Chemin des Dames, en 1917, lanzada por el general Robert Nivelle, intentó romper infructuosamente las líneas alemanas en abril de 1917 a un precio altísimo en vidas humanas.
[4] “Gueules cassées” (“bocas rotas”) era el apodo que se daba a los soldados que habían recibido horribles heridas que les habían deformado o mutilado el rostro y la cabeza, símbolo del espanto y sufrimiento causado por la guerra. En la postguerra llegaron a publicarse libros de fotografías que mostraban tanto la gravedad de las heridas causadas por las nuevas armas como el avance de las técnicas quirúrgicas, protésicas y de reconstrucción.
[5] Maurice Genevoix (1890-1980), novelista francés popular por sus obras campestres, fue gravemente herido en los combates de Les Éparges y quedó inválido de la mano izquierda. En Ceux de 1914 recogió sus recuerdos de la guerra; Henri Barbusse (1873-1935) publicó en 1916 Le feu (El fuego), una de las narraciones más impresionantes sobre el conflicto. Próximo a los bolcheviques, ingresó en 1923 en el Partido Comunista Francés y murió en Moscú como entusiasta estalinista; Louis Pergaud (1882-1915), hombre de inicial vocación científica, anticlerical y antimilitarista, escritor de ambiente rural y realista conocido por sus fábulas de animales y por ese clásico juvenil que es La guerra de los botones, murió tras ser herido en los combates de Woëvre, en la Lorena; su cadáver nunca fue identificado; Roland Dorgelés (1885-1973), periodista, escritor satírico y novelista, combatió en diversas batallas y fue condecorado con la Cruz de Guerra. Publicó en 1919 Les Croix de bois (Las cruces de madera), su novela sobre sus experiencias bélicas; Blaise Cendrars (1887-1961), pseudónimo de Frédéric-Louis Sauser, escritor suizo de vanguardia naturalizado francés en 1916, famoso por obras de poesía y prosa comoProsa del transiberiano; enrolado en la Legión Extranjero, perdió el brazo izquierdo en los combates de la Champaña en 1915 Por último, el escritor alemán Erich Maria Remarque (1898-1970), fue autor de Im Westen nichts neues (Sin novedad en el frente), editada en 1929 y sin duda la novela más célebre y clamorosamente antibelicista de la Primera Guerra Mundial. Profundamente odiado por los nazis, que quemaron sus libros, Remarque emigró en 1932 a Suiza y huyó a los Estados Unidos en 1939.
Bernard Maris (1946), conocido economista y prolífico escritor y divulgador, es consejero científico de la Misión del Centenario de la Primera Guerra Mundial de Francia. Colaborador de medios como Marianne,Le Nouvel Observateur, Le Monde o Charlie Hebdo, con el pseudónimo de «Oncle Bernard», ha sido miembro de Attac.
Traducción para www.sinpermiso.info: Lucas Antón
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