Populismos: degradación democrática

Actualmente hay una opinión bastante compartida entre los analistas de que la orientación de la política económica europea durante la crisis ha sido desacertada; un palo en la rueda de la actividad económica. La austeridad se ha revelado muy ineficiente y ha generado costes a buena parte de la población de las clases medias y populares de los países europeos. Los ingresos han disminuido, el paro ha aumentado de forma alarmante, mientras los estados de bienestar se han degradado, especialmente en los países del sur de Europa. Esto tiene repercusiones más allá de los aspectos socioeconómicos estrictos: afecta a la calidad de la democracia.

En un informe reciente del think tank británico Demos (2013), basado en diversas fuentes (Banco Mundial, CIRI Human Rights Database, European Value Survey, varias encuestas y análisis a escala europea y de diferentes estados) se destacan algunos elementos que afectan a la calidad de las democracias europeas. En la mayoría de los estados de la Unión se constatan índices de participación electoral más bien a la baja, erosión de la legitimación política por casos de corrupción, así como altos índices de desconfianza respecto a la clase política, especialmente en Hungría, República Checa, Bulgaria, Portugal, Grecia, España y Chipre. Y se constatan retrocesos en libertad de prensa (Italia), separación de poderes (Hungría) y en el trato salarial hombre- mujer (España). También llama la atención el aumento de la intolerancia respecto a determinadas minorías (gitanos, judíos, musulmanes, o «personas de otra raza»). Este fenómeno parece más agudo en los casos de Hungría, Grecia, Chipre y ,con intensidad menor, Holanda y Austria. La crisis económica del continente no resulta ajena a estos fenómenos, pero los análisis indican que se dan corrientes más de fondo. Otro fenómeno es el crecimiento del partidos y movimientos populistas en muchos países europeos.

Es sabido que hay versiones populistas «de izquierdas» y de «derechas», pero su importancia y repercusión respecto a la democracia es muy diferente. Los primeros suelen mostrar una actitud distante con respecto a los partidos tradicionales, un discurso inclinado a definirse más por lo que niega que por lo que afirma, un impreciso antieuropeísmo, y la defensa de una «radicalidad democrática» que la mayoría de veces no se acompaña con concreciones institucionales o procedimentales específicas. Hasta ahora, su incidencia institucional ha sido escasa.

Por el contrario, el fenómeno preocupante desde la perspectiva de las democracias europeas es el ascenso de los partidos populistas de derechas. Algunos de sus rasgos identificativos son el uso de un discurso muy simple y contundente de carácter antieuropeísta y antiinmigración (especialmente la de corte islamista), un nacionalismo de Estado refractario a buena parte de los valores liberal-democráticos, y un liderazgo que pretende ser carismático. El apoyo electoral de estos partidos varía, sin embargo, en algunos casos se sitúa entre el 15% y el 20 % (Austria, Hungría, Noruega). Se critica a los gobiernos de los estados respectivos por débiles, aunque los problemas tratados requerirían soluciones internacionales. La Unión Europea es vista como un estorbo artificial que ni hace ni deja hacer, especialmente la Comisión, criticada por falta de liderazgo y de coraje para tomar decisiones drásticas en favor de los ciudadanos europeos.

En términos generales, la mayoría de estos populismos no son partidos o movimientos nostálgicos de la extrema derecha del período de entreguerras, sino que sus programas se ajustan a las condiciones actuales. Es el caso del Partido de la Libertad holandés, el Vlaams Belang belga, el Partido del Progreso noruego, los «Auténticos Finlandeses» o el Partido Popular Danés. Sus discursos eluden la «corrección política» y los contrastan con la inoperancia de las instituciones europeas cuando se enfrentan a la inmigración, la gestión del desempleo o la salida de la crisis. Son organizaciones que se están especializando en la gestión de los miedos y las incertidumbres de futuro, y que han comenzado a influir en la agenda, los programas y las acciones de algunos partidos tradicionales de centroderecha y de centroizquierda. Son partidos que no quieren transformar Europa, más bien quieren desmontarla y volver al estatalismo anterior a la segunda guerra mundial.

Estos populismos suponen una amenaza para la forma liberal de entender la democracia, el nacionalismo y el respeto a la diversidad. Representan una amenaza de futuro para la calidad de las democracias europeas. No todos los populismos son iguales, pero algunos de ellos, empezando por el Frente Nacional francés, están tratando de establecer alianzas de cara a las próximas elecciones europeas. Unas elecciones en las que pueden obtener resultados importantes, especialmente si la abstención general sigue siendo alta. Sería un grave toque de atención para la Unión Europea, que se encuentra hoy «secuestrada» por los dirigentes de los estados, que están lejos de poder ser llamados «europeístas». «… y actuaban a ciegas, como es propio de aquellos que afrontan la oscuridad» (J. Conrad, ‘En el corazón de las tinieblas’)

ARA