Estoy percatado que la extrema ignorancia de la que han hecho gala estadistas, diplomáticos, informadores ha provocado esta gran catástrofe humana de Siria de la que algún día habría que juzgar a sus responsables internacionales. Desde el ángulo periodístico no se aplicó al principio, para describir una tal espantosa situación, el fácil esquema tomado de la plaza del Tahrir de una rebelión pacífica contra una dictadura sanguinaria. Se ha explotado indecentemente el sensacionalismo en busca de carnaza, horror y morbo. ¿Cuántas veces diplomáticos me han anunciado la caída inminente de Bachar el Assad?
Pocos esfuerzos se hicieron para comprender las raíces del conflicto entre el poder, con un núcleo alaui, dominado desde 1970 por la familia de los Assad, y la mayoría suni, en la que tan solo la Cofradía de los Hermanos Musulmanes como ha ocurrido en Egipto tenían, pese a decapitaciones y persecuciones, un arraigo en la población. Las mil veces evocada matanza de Hama de 1982 que pasó entonces casi desapercibida, sobre todo porque Occidente no quería que la amenaza de la revolución islámica del Irán de 1979 arrastrase a otros países del Oriente Medio, nunca ha sido bien relatada.
La violenta represión del Rais Hafez El Assad en la que murieron alrededor de veinte mil personas, dejando durante unos años barrios de la ciudad en ruinas junto a las norias del río Orontes, fue causada por una rebelión armada de los cofrades que dieron muerte a docenas de militares, funcionarios del gobierno de la provincia, miembros del partido Baas, asaltando y prendiendo fuego a edificios públicos, en una tentativa de golpe de estado contra el régimen que ya había sido objeto anteriormente de acciones terroristas en Damasco o atacando la academia militar de Alepo.
El régimen siempre ha tenido muy mala prensa por culpa de sus propios dirigentes, con sus reflejos policíacos, su amor por el secretismo, sus obsesión de la espionitis, ensimismamiento, por sus grandes enemigos como Israel, o la animadversión que sienten parte de los libaneses por su política a veces amenazadora, siempre dominante. Alguna vez he contado que ya en el otoño de 1971, en el golpe de estado palaciego del general Hafez El Assad contra el ala dura del partido, no pude conseguir el visado, como tampoco los demás corresponsales occidentales, para entrar en Siria. Si no existiese la ciudad libre de Beirut, ciudad abierta de par en par a los periodistas del todo el mundo -nunca aquí se ha expulsado, que yo recuerde, a ningún corresponsal extranjero- no podría contarse la historia contemporánea de cada día del Oriente Medio. Beirut siempre ha sido los ojos y oídos de un mundo opaco y muchas veces prohibido, de dictaduras, ya sean militares o religiosas, impenetrables, y muy especialmente de la vecina Siria, cuya capital está a solo un centenar de kilómetros de distancia.
Siria es un pueblo de profundo sentimiento nacionalista árabe. Un pueblo que se ha sentido siempre muy mal tratado, primero por Francia, después por los EE.UU. Tampoco es muy conocida la acción del colonialismo francés cuando el gobierno de París recibió el encargo de la Sociedad de Naciones de establecer en 1920 su mandato a la vez sobre el Líbano con la misión de preparar su independencia, tras la derrota del Imperio Otomano.
Hay un proverbio en estas tierras que reza: ¨Cuando el mundo fue creado, la inteligencia anunció ¨Voy a Siria¨, y el espíritu de discordia añadió enseguida: ¨Yo te acompañaré¨.
Las promesas hechas por británicos y franceses a los hachemis, tras la derrota otomana, de que gobernarían un gran reino árabe unido, fueron traicionadas por los acuerdos de Sykes Picot del reparto del Oriente Medio, y de la declaración Balfour concediendo un hogar judío en Palestina. Fue muy efímero el trono del rey Faisal sobre Siria. En 1920 soldados franceses bombardearon Damasco, provocando la muerte de mil personas destruyendo céntricos barrios de la ciudad, y el monarca tuvo que huir.
La humillación del pueblo sirio -todavía se difunden seriales estos días en las televisiones como la Puerta del Hara que relatan estos episodios, y que reaviven su nacionalismo- que exigía la independencia prometida fue mas amarga. Siria, sin rey, amputada de Líbano y de Palestina, concedida a los británicos quedó dividida en pequeñas entidades administrativas como Damasco, Alepo, el debel de los alauis, el debel de los drusos, el sanjak de Der Ezor, el sandak de Alejandreta ofrecido después en bandeja de plata a la Turquía de Ataturk que cambió su nombre por el de Haytan. Ahora hay mucho más que indicios de que existen proyectos para trocear el país en semejantes cantones .
En estos pueblos tan antiguos como modernos esta historia está a flor de piel y sus heridas quedan abiertas.
Ignorar que por debajo de los terribles acontecimientos de ahora, bullen conflictos latentes, divisiones de comunidades religiosas avivadas con proyectos de injerencias extranjeras, inextricables cruces de caminos en Damasco, corazón de los árabes, pivote del Oriente Medio, es condenar al pueblo sirio a un suplicio infernal. Malraux en la Condición humana ya describió que la capacidad de sufrimiento es insondable.
LA VANGUARDIA
Tomás Alcoverro







