El ‘sueño chino’ de la destrucción de Lhasa

La situación en el Tíbet no mejora. Este año ya se han inmolado 22 tibetanos para protestar contra la represión china. Kunchok Sonam, de tan sólo 18 años, se prendió fuego hace dos semanas, la última víctima de esta interminable cadena de inmolaciones que vive el país desde hace un par de años. En total, a día de hoy, son 120 los tibetanos que han escogido este drástico método de protesta. Han transcurrido ocho meses desde que Xi Jinping asumió la secretaría general del Partido Comunista Chino con su nuevo eslogan del Sueño chino, pero es obvio que la situación en el Tíbet ha empeorado de manera muy preocupante.

 

A la tragedia de las inmolaciones, este 2013 tenemos que añadir la mutilación patrimonial y cultural que ha sufrido la ciudad de Lhasa en los últimos meses. En diciembre el gobierno chino inició las obras de un gigantesco proyecto de remodelación urbanístico de todo el casco antiguo de la ciudad, donde viven la mayor parte de los tibetanos que aún residen en la capital tibetana. El proyecto tiene un coste de 190 millones de euros. Bajo la aparente necesidad de renovar infraestructuras y rehabilitar viviendas, en realidad se escondía la transformación completa del barrio en un complejo comercial de 150.000 metros cuadrados con un parking subterráneo de mil plazas. Todo ello instalado en medio de un área de interés histórico alrededor del templo del Jokhang, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco 2000 y considerado centro espiritual de los tibetanos desde el siglo VII. Mientras las obras progresaban, esta primavera la disidente tibetana Tsering Woeser dio la alerta y se iniciaron dos campañas internacionales para detener su destrucción. Decenas de académicos de todo el mundo dirigieron una carta al presidente chino para que detuviera el disparate patrimonial y la otra fue una petición con miles de firmas de todo el mundo que se entregó a la Unesco. Ni una ni otra han servido para nada. La Unesco ha enmudecido y el gobierno ha continuado las obras con total impunidad. La destrucción de un patrimonio cultural que se adentra en los orígenes del Tíbet como nación ya es irreversible. Las obras se han terminado y el mal está hecho.

 

Establecimientos comerciales regentados por chinos han tomado el relevo a las tradicionales viviendas de los tibetanos, de modo que China ha desactivado este núcleo de población hostil de Lhasa. Desde la revuelta de 2008 este barrio ha sido sometido a un durísimo asedio militar que incluía la presencia permanente de patrullas militares, francotiradores en las azoteas de las casas y la necesidad de pasar por detectores de metales para entrar. Una situación tan incómoda para un régimen que pretende el respeto del mundo ha sido resuelta sin contemplaciones por la vía de la «modernización» transformándola en una ciudad china como cualquier otra. El centro de Lhasa ha sido decorado como una pieza más del parque temático de cartón piedra en que están convirtiendo el Tíbet, sin alma y sin identidad nacional.

 

 

La enésima pesadilla del Tíbet

 

La aproximación de Xi Jinping al conflicto tibetano no debería sorprender a nadie teniendo en cuenta que es el delfín político de Jiang Zemin, que ordenó el secuestro hace 18 años del Panchen-Lama, un niño tibetano de seis años que sigue desaparecido. La teoría del Sueño chino de Xi para su mandato se ha convertido en la enésimo pesadilla para el Tíbet y su capital.

 

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