La «cuestión oriental»

La crisis actual no es una crisis cíclica más, sino que supone un final de ciclo histórico: el de la hegemonía de Occidente, que se ha prolongado durante quinientos años y se ha fundamentado, en buena medida, en el explotación colonial del resto del mundo por parte -primero- de Europa y -más tarde- de los Estados Unidos. Es por eso que esta crisis no es una crisis mundial sino una crisis «de los blancos», principalmente de Europa. Una Europa que no acaba de encontrar el camino de su unidad, que es también el camino de su fuerza y el de su presencia internacional. Una Europa que, en consecuencia, está iniciando la ruta de su franca decadencia, que, como todas las decadencias, está llena de desacuerdos internos, de recriminaciones mutuas y de desconfianzas recíprocas. En este marco, como ocurre siempre que se agota una época, vuelve la geopolítica, vieja disciplina que se ocupa del reparto del mundo en zonas de influencia. Y una de las cuestiones a resolver es la del lugar que ocupa Turquía.

 

Tony Judt dijo que en el siglo XXI se repite la situación del XVIII: Turquía está en Europa y fuera de ella, es -al igual que Rusia- tanto la «nation d’Europe» de Montesquieu como el «desierto escita» de Gibbon. Durante seiscientos años, los turcos han sido «el otro» para los europeos, hasta el punto de que era un tópico decir que Europa comenzaba donde terminaban los dominios turcos, razón por la cual, cuando -a mediados del siglo XVIII- se inició la decadencia de Turquía, la «cuestión oriental» se convirtió en el desafío más grave para los diplomáticos europeos.

 

La derrota de Turquía en la Primera Guerra Mundial, el derrumbe del imperio y su sustitución por el Estado laico y modernizador de Kemal Atatürk parecieron sacar la «cuestión oriental» de la conciencia europea. Si no hubiera sido por su situación estratégica -en la ruta de la Unión Soviética en el Mediterráneo-, Turquía habría desaparecido de la agenda de Europa. Pero, por esta razón, Turquía se convirtió durante la guerra fría en un valioso miembro de la OTAN. En Turquía se instalaron misiles y bases de Estados Unidos dentro del cordón sanitario que rodeaba las fronteras soviéticas desde el Báltico hasta el Pacífico, y los gobiernos occidentales no sólo le proporcionaban fuertes ayudas económicas, sino que contemplaban con benevolencia sus inestables regímenes dictatoriales -surgidos con frecuencia de golpes militares- y su incontrolada represión de los derechos de las minorías, especialmente los kurdos, a pesar de representar una quinta parte de la población del país. Y, mientras tanto, muchos trabajadores turcos, al igual que los otros excedentes de población rural de la cuenca mediterránea, emigraban a Alemania y a otros territorios de Europa occidental buscando trabajo.

 

Fue un espejismo. Tras la caída del muro de Berlín, rebrotó el legado otomano y Turquía dejó de ser una defensa fronteriza y un Estado barrera en una posible confrontación geopolítica internacional entre los dos bloques de la guerra fría, para convertirse en un país atrapado entre Europa y Asia, con vínculos y afinidades compartidas. Gran parte de sus setenta millones de habitantes son musulmanes, aunque no especialmente ortodoxos, y las élites profesionales y empresariales de Estambul, así como el cuerpo de oficiales del ejército, han visto tradicionalmente Europa como el mejor futuro para ellos. Pero actualmente, con la extensión del islam radical, cada vez es más posible que ni siquiera el Estado secular -que con tanta determinación como violencia impuso Atatürk- pueda ser preservado, ya que la nueva generación se revela en contra de sus secularizados padres y busca sus raíces en el antiguo legado del Islam otomano.

 

Europa, mientras tanto, siempre indecisa, dudaba y no daba curso a la solicitud de ingreso de Turquía en la Unión Europea, tanto por razones internas de la propia Turquía -en materia de derechos humanos- como por las reservas que provocaba la ingreso en la Unión de un país no cristiano. No en vano, Vaclav Havel había dicho en Estrasburgo -en 1994- que «la Unión Europea se basa en unos valores con raíces en la antigüedad y en el cristianismo». Sin embargo, en 2004 se iniciaron las conversaciones para negociar las condiciones de acceso de Turquía a la Unión, pero el proceso se ralentizó al poco tiempo. Los caminos pareció que se separaban. Había rebrotado la «cuestión oriental».

 

En este marco -por poner un ejemplo-, el primer ministro turco Erdogan ha viajado recientemente a Washington, después de haber aplazado a petición del secretario de Estado, John Kerry, su proyectado viaje a la Franja de Gaza. Erdogan ha pedido al presidente Obama que Estados Unidos asuma más responsabilidades respecto a Siria, mientras ha ofrecido su apoyo a una potencial zona de exclusión aérea en ese país. Resulta evidente, de todos estos hechos, que Europa parece no tener voz, no obstante su gran importancia comercial. Y no tiene voz porque Europa ya no tiene peso específico internacional, como lo demostró con creces la tragedia de Yugoslavia, en la medida en que ilustra la debilidad de todas las iniciativas europeas, su irrefrenable compulsión a evitar el compromiso y la asunción de responsabilidades, y la ausencia de cualquier interés colectivo reconocido, que vaya más allá de mantener el statu quo. Tan sólo falta añadir que una Europa dominada por Alemania -tal como sucede ahora- incrementará aún más su disposición a no intervenir en temas internacionales. La conclusión de todo ello es evidente: en la reordenación geopolítica del mundo -«cuestión oriental» incluida- el protagonismo europeo será muy limitado.

 

 

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