Españolíticamente correcto

A la hora de hacer valer unas ideas políticas una de las estrategias más usadas es la de crear un lenguaje ‘nuevo’ o ‘alternativo’. Durante los últimos treinta años hemos vivido dentro de lo que se ha conocido como lo ‘políticamente correcto’, un uso del lenguaje que buscaba no decir las cosas por su nombre, de tal manera que no se pudiera ofender las minorías étnicas, raciales o culturales. Esto terminaba creando una ‘neolengua’ (como la que denunció Orwell en la novela 1984 ): un lenguaje construido con fines políticos, que tiene por objetivo controlar el pensamiento, ceñir las ideas y vigilar a los que no usan el lenguaje así diseñado políticamente diseñado…

 

Dentro del eje izquierda/derecha llevamos ya muchos años dando vueltas en torno a este lenguaje de nueva planta. Se ha probado el crear un ‘lenguaje no sexista’ a favor de las mujeres, y así se iniciaba cualquier frase con ‘los ciudadanos y las ciudadanas’, o ‘los profesores y las profesoras’, etc. O un lenguaje ‘no racista’, que no hablara de negros ni de razas, de tal manera que hablar de razas se convertía en un tabú. O un lenguaje que no estigmatizara a los ignorantes, a los alumnos, a los trabajadores, a los pobres, etc. El debate abierto, pues -las opciones intelectuales y las alternativas que se deben discutir para poder descartar desde la razón y la argumentación- quedan ya marcadas desde el inicio y ni se plantean. Más que una forma de pensar, pues, se convierte en una tijera, en un marco que impide el pensamiento y la discusión.

 

Así, como nos ha explicado Toni Cruanyes en su ensayo ‘Un antídoto contra la extrema derecha’, ha sido esta manía por no llamar a las cosas por su nombre y por no cotejarlas -en relación a la inmigración, y los desniveles económicos y culturales en la Europa de los últimos treinta años- lo que ha llevado al ascenso del discursos de la extrema derecha, la cual no tiene ningún problema en llamar a las cosas por su nombre, aunque lo haga de manera burda. Ante los bellos discursos llenos de humo y de poesía redentora, una buena parte del paisanaje ha preferido lo ‘políticamente incorrecto’, porque al menos tiene una buena dosis de realismo en el planteamiento de los problemas, aunque nada de finura y acierto a la hora de definir las soluciones.

 

Pues bien, si dentro del eje político de derechas e izquierdas las cosas se han planteado así; ¿cómo no iba a llegar un momento en que la perversión del lenguaje, su manipulación en ‘neolengua’, llegara hasta el eje Cataluña/España?

 

Ahora que la rivalidad política ha llegado hasta niveles destacables, ¿debe sorprendernos la proliferación de nuevas palabras que plantean cerrar el problema (Cataluña vs. España) antes de plantearlo? La corrección política funciona así: el débil impone al fuerte un marco mental en el que todo quede nivelado, donde la desigualdad quede disimulada, donde el problema se disuelva. Cuando la corrección política asoma es que el proyecto nivelador -a la baja- se ha vestido de gala.

 

El primer aviso fue cuando empezaron a hablar de ‘nacionalismos periféricos’, o el ‘nacionalidades y regiones’ que hasta incluso sale en la Constitución. Esto es un ejemplo muy claro de lenguaje rehecho con fines políticos: se llama ‘nacionalista’ a quien es un patriota de una nación que no es la tuya, y se liga enseguida con un totalitarismo, antes de ETA -que es leninista-, o el clásico hitlerismo -que los politólogos más lúcidos sitúan más cerca de la extrema izquierda que de la extrema derecha-.

 

Cuando se crea la palabra ‘lapao’ para el catalán estamos ante otro ejemplo de ‘neolengua’. No se trata tan sólo de una traición a la ciencia filológica, sino de un sabotaje político interesado… Cuando se prohíbe una declaración de soberanía también se avanza en este sentido. O cuando se dice que la ley Wert busca las libertades de los castellanohablantes, sin hablar de las libertades reventadas de los catalanohablantes, aquí y fuera de Cataluña. O cuando ya tampoco se puede llamar ‘catalán’ a la lengua catalana hablada en Mallorca, o en el ‘País Valencià’…: todo ello son ejemplos de un lenguaje ‘creado’ con la única finalidad de hacer valer un proyecto político nivelador: España.

 

Pero lo que más curioso: si la corrección política es un invento de las ‘víctimas’ por revanchismo -sobre todo después del fracaso de algunas grandes ideologías de la redención política, sobre todo del comunismo-, España estaría ahora viviendo una última fase, el último coletazo del ridículo nacionalismo español, la confirmación total de su decadencia.

 

Cuando terminas jugando con las palabras y haciendo el tonto con los conceptos -el hitlerismo omnipresente es el último ejemplo- es que ya no tienes muchas cosas que decir. La casa se te está cayendo encima, pero lo niegas hablando de ‘reformismo’ o de ‘obras de mejora’. Quien apuesta por la corrección política demuestra que padece autismo ideológico, que tiene la mollera cerrada ante los problemas reales. Cuando quieres adaptar la realidad a la ideología (la del españolismo o la que sea) acabas inventando palabras, eufemismos, y demarcando un ‘pensamiento’ viciado, que demarca la realidad de la manera que parece más conveniente al proyecto.

 

Eso ‘españoliticamente correcto’ -‘lapao, ‘Comunidad Valenciana’, ‘insolidaridad catalana’, ‘conflicto social’, etc…, en lugar de ‘catalán, País Valenciano, expolio fiscal, o derecho a decidir’, etc.- es el último reducto de la impotencia política, de la falta de habilidad para lidiar con los conflictos reales y los procesos políticos.

 

España lleva muchos siglos jugando la carta trágica del ‘todo o nada’, gracias a la cual ha pasado de ser potencia mundial a ser poca cosa, una poca cosa que ahora encima se descompone a ritmo de telediario. Descomposición, putrefacción…: estas últimas días le llaman ‘reconciliación con la División Azul’, pero sin embargo es lo que es: rendir homenaje a los que apoyaban el frente bélico ruso para que así pudiera seguir funcionando la maquinaria de muerte de Auschwitz… Colaboradores con un genocidio.

 

Me parece indudable, pues: toda forma de corrección política tiene un corazón político totalitario.

 

 

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