Hace sólo una década, por ejemplo el año 2003, nadie podía imaginar que el Etado español se encontraría jadeando ante el abismo. En el año 2003 sólo se hablaba de hacer miles de kilómetros de alta velocidad, de edificar cualquier rincón desolado o de construir polideportivos olímpicos para aldeas de 300 habitantes. Al cabo de 10 años, esto ha sido sustituido por la evidencia de un naufragio. Mejor dicho: los primeros indicios de un naufragio que aún no se ha consumado. España no cae porque es mucho más grande que Grecia o que Irlanda, y su derrumbe tendría un efecto no querido para el resto de la Unión Europea. El llamado «control del déficit público» aquí quiere decir, más o menos, «como liquidamos como las falsas clases medias subsidiadas directa o indirectamente desde la década de los ochenta». En este sentido, el control del déficit público y otras expresiones similares son un puro eufemismo para designar el fin de una gran ficción, la que permitió pasar del botijo y el cántaro al AVE en una sola generación. La liquidación de esta gran farsa, en todo caso, tendrá -está teniendo- unas consecuencias socialmente graves.
He aquí un problema innegablemente gigantesco. Pero es que resulta que a esta situación se han ido añadiendo otras también impensables hace 10 años. Hago una pequeña enumeración sin ninguna pretensión de exhaustividad. Primero: hasta hace cuatro días, la Corona era la institución más valorada por los españoles, con diferencia. Ahora es motivo de escarnio, empezando por negocios de Urdangarin y acabando por la conducta del mismo monarca. Segundo: en la mayoría absoluta del PP le ha caído un rayo llamado Bárcenas y lo ha dejado bien dañada. Según como se precipiten los acontecimientos, no es improbable una crisis de gobierno sin precedentes en la democracia española. Tercero: los catalanes hemos dicho basta, y representamos aproximadamente el 20% real del PIB español. Cuarto: España ha pasado de estar de moda a ser considerada en toda Europa como un Estado ineficaz y despilfarrador. Quinto: la situación interna del PSOE, o lo que queda de este partido, hace más bien difícil de creer que pueda erigirse como una alternativa a este PP agónico.
Si mezclamos bien mezclados todos estos ingredientes y los agitamos, el cóctel resultante, de regusto entre agrio y amargo, lleva de cabeza al final del bipartidismo en España. Conste que ésta sólo sería la primera -y no más importante- consecuencia de la situación. El bipartidismo presupone la existencia de dos bloques alternantes capaces de tomar las riendas en cualquier momento y gestionarlas de acuerdo con unos parámetros conocidos por la mayoría del electorado. En Estados Unidos todo el mundo sabe cuáles son las connotaciones del Partido Republicano y cuáles las del Partido Demócrata. Se trata de un bipartidismo consolidado y nítido. Si dejamos la retórica superficial de lado, ¿alguien sabe, en cambio, qué diferencia realmente sustancial existe entre el PP y el PSOE ahora mismo? Puestos a hacer preguntas impertinentes: ¿alguien es capaz de imaginar, sin contener la risa, un gobierno con la actual cúpula del PSOE, o bien con las segundas o terceras espadas del PP, tras una posible dimisión de sus mandatarios más importantes?
En las circunstancias actuales, es muy difícil pensar en un relevo plácido PP / PSOE, como si no hubiera pasado nada, y muy plausible, en cambio, visualizar la emergencia de partidos como IU y otros. El caso de UPyD es más complicado, porque si se continúa tirando del hilo, éste lleva inexorablemente a las plataformas subvencionadas y teledirigidas desde el Ministerio del Interior entre finales de los años 90 y comienzos del 2000, que son el origen directo esta formación y otras que también surgieron misteriosamente de la nada. Les recomiendo que estén atentos a esta historia, de la que sólo ha leído la primera frase del prólogo.
El más que posible fin a corto plazo del bipartidismo en España tiene consecuencias inmediatas en relación a Cataluña: por razones aritméticas obvias, la fuerza de los partidos catalanes no sucursalistas aumentaría de repente, y cambiaría radicalmente las reglas del juego. Por supuesto, este cambio de reglas generaría un gran malestar en España, a pesar de tratarse de una transformación escrupulosamente democrática. Todo ello puede llegar a pasar muy pronto, o bien puede no pasar porque el descarrilamiento se gestione de otra manera, pero lo que resulta absurdo es creer que las cosas seguirán tal como eran antes de saberse cosas sobre la supuesta doble contabilidad del PP o las vinculaciones de ciertos miembros de la familia real a realidades oscurísimas.







