Más que nunca

De todos los argumentos que hemos oído contra la secesión de Cataluña estos últimos días, el más filosófico (o, para ser más exactos, ontológico) es el que insiste en definir la independencia como una quimera, como un concepto imaginario, inexistente y, por esto mismo, inalcanzable. Evidentemente, no me refiero a las declaraciones del rey (y de la derecha hispánica), que sólo esconden el recurso al miedo y al imperio de la Guardia Civil, sino a las razones de lógica política que utiliza la izquierda española, tanto la jacobina como la federalista.

 

El Estado nación, nos dicen los intelectuales españoles progresistas, no existe. La soberanía nacional ha pasado a mejor vida. Las competencias estatales tradicionales (sobre la moneda o los aranceles) han sido traspasadas a Bruselas. Y, si el espíritu de la historia (de corte estatista) se impone a Merkel, la fiscalidad, los ejércitos y el cuerpo diplomático también terminarán en manos de la Unión. Entonces, no habrá nada más ridículo que proclamarse soberanos para controlar competencias propias de ayuntamientos.

 

El mundo actual es, insisten, un mundo dominado por las interdependencias económicas, gobernado por instituciones supraestatales y transitado por todo tipo de redes sociales transnacionales. En el mundo del pasado y de la preglobalización, en cambio, cada nación ejercía su soberanía de forma absoluta, con plena independencia del resto del mundo e, incluso, con una economía nacional completamente autosuficiente. Como este orden internacional murió en algún momento del siglo pasado, las demandas soberanistas catalanas llegan tarde. De hecho, si Cataluña quiere sobrevivir, si quiere controlar los vientos huracanados del capitalismo global, si quiere democratizar la economía, no tiene otro remedio que agachar la cabeza y formar parte de círculos concéntricos (España y Europa) más grandes.

 

Naturalmente, este argumento se basa en una visión histórica sesgada y tramposa. Es cierto que en el mundo anterior a la globalización se usaba la retórica de la soberanía absoluta y de la hegemonía completa del Estado tal como había sido definida en Westfalia en 1648. Ahora bien, esta apelación a la soberanía se fundamentaba estrictamente en la coacción y en la fuerza. En un orden internacional gobernado por la lógica de la competición militar y de la acumulación de fuerzas para defenderse de vecinos tan peligrosos como uno mismo, el resultado final debía ser la construcción de grandes estados y de imperios. En ese mundo, que culminó en la Belle Époque que precedió a la Primera Guerra Mundial, no podía haber espacio ni para las pequeñas nacionalidades europeas ni, por supuesto, para los pueblos coloniales. Quizás sí que imperaba el principio de máxima soberanía estatal, pero sólo para una parte mínima de los actores nacionales que poblaban el globo.

 

Aquella falta de libertad a escala internacional coincidía, por razones lógicas, con la falta de democracia interna. La proyección imparable de poder imperial hacia fuera reforzaba una inmensa concentración de poder en el interior de cada país: en Alemania, el káiser y el estado mayor prusiano, en Londres, una clase gobernante de grandes industriales y aristócratas, en el Imperio soviético, el politburó del Partido Comunista. España, aunque (dada la incompetencia secular de su Estado) a menor escala, reproducía el mismo sistema con una oligarquía (en este caso agraria) que mantenía el control absoluto del territorio, si era bombardeando Barcelona cada cincuenta años.

 

Este estado de cosas se rompieron transitoriamente en el período de entreguerras, con la aplicación del principio de autodeterminación en la Europa Central y la extensión del sufragio universal además. La fundación definitiva del mundo contemporáneo, globalizado e interdependiente, vino, sin embargo, de la mano de Estados Unidos en San Francisco (con el establecimiento de la ONU) y Bretton Woods (con la creación del FMI y del Banco Mundial). Los europeos lo reforzaron con el Tratado del Mercado Común en 1957. La caída del Muro de Berlín lo extendió al bloque ex soviético y al Tercer Mundo. Fue este mundo liberal y flexible lo que abrió la posibilidad de ser soberanos a una multiplicidad de actores que habían sido condenados al silencio más absoluto hasta entonces: primero con el proceso de descolonización, después, con el renacimiento de Europa Central una vez derrumbada la Unión Soviética.

 

En una palabra, si leemos la realidad histórica como es, hoy en día la independencia no sólo no es inexistente o imposible sino que es más posible que nunca. Una independencia entendida como el ejercicio del derecho de autodeterminación en pie de igualdad con los demás sujetos políticos o naciones con las mismas aspiraciones democráticas. El único camino, por cierto, para alcanzar la paz perpetua que soñó Kant. Quizá, como siempre, España sigue atrasada. Su lógica política (la de sus clases gobernantes y mediáticas y la que imperó en la redacción de la Constitución del 78) es la del mundo precontemporáneo, preglobalizado, preliberal. Y, sin embargo, tal vez el espíritu de la historia (eso sí, la liberal) se termina imponiendo y, también, los ideales de la democracia y de la autodeterminación que inspiran el orden internacional actual.

 

 

 

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