Independencia y Países Catalanes

Se me dirá que vendo la piel del oso antes de cazarlo. Pero entre las muchas preguntas que nos debemos hacer sobre el día siguiente de una Cataluña independiente, hay una que no es menor: ¿qué pasará con nuestras relaciones con el resto de Países Catalanes? La misma pregunta la he hecho a algunos amigos de las Islas Baleares o del País Valenciano: cómo ven y, lo viven, nuestro camino hacia la independencia? Y me parece que no lo interpreto mal si digo que, si bien participan de nuestra ilusión, a la vez les genera mucha preocupación por el riesgo de quedar aún más solos y abandonados en una España que si ha sido económicamente depredadora y culturalmente inclemente para nosotros, para ellos, aún más.

 

Antes de seguir, quisiera dejar dichas tres opiniones previas sobre la cuestión. Primera, que no tengo ninguna duda sobre cuál es el alcance de mi nación de lengua y cultura, y que sueño en un futuro confederal entre todos los territorios que forman parte de ella. Un deseo expresado desde el respeto más escrupuloso a las dinámicas políticas democráticas de cada uno. Segunda, que hay evidencias de todo tipo para poder afirmar que los 30 años de autonomismo nos han sido nefastos y nos han distanciado en todos los terrenos. El actual modelo autonómico ha sido utilizado para exasperar los recelos entre nosotros. La historia de la recepción de TV3 en el País Valenciano o en las Islas es el paradigma. Y los catalanes del Principado a menudo hemos actuado con tan poca inteligencia que, en la práctica, hemos acabado dividiendo la fuerza política del mismo valencianismo, del mallorquinismo, del menorquinisme… Pero, y tercera, también creo que Catalunya debe hacer su propio camino hacia la emancipación nacional sin arrastrar ninguna mala conciencia por el hecho de que ahora el resto de Países Catalanes no puedan seguir en esta aventura.

 

Dicho esto, sin embargo, hay que dar alguna respuesta a las inquietudes que he expresado al principio. Obviar los grandes riesgos que conlleva el proceso sería una insensatez. Ahora bien, si se actúa con suficiente inteligencia lo tenemos que hacer, la independencia de Cataluña debería ser buena, si no muy buena, para valencianos, mallorquines, menorquines, ibicencos, formenterenses, y para la franja, la Cataluña Norte o Alghero. Primero, porque desde España les será más difícil enfrentar nuestros intereses como hasta ahora, aunque quieran seguir manipulando nuestros sentimientos. Segundo, porque nuestras estructuras de Estado les serán muy útiles, tanto como lo han sido las francesas para el Quebec. La proyección internacional de Cataluña abrirá una vía directa al mundo para el conjunto de la cultura y la lengua catalanas, y estimulará la ambición nacional de todos. Y la cooperación económica entre nosotros será franca y muy productiva. En tercer lugar, porque no me cabe en la cabeza que una Cataluña soberana no sepa mostrar todo el agradecimiento por las muchas aportaciones que nuestros connacionales han hecho a nuestro particular éxito social, cultural y, finalmente, político. Piénsese, por ejemplo, en todo el enriquecimiento literario sin el cual la lengua común habría quedado radicalmente empobrecida, o en el papel que han tenido en el imaginario nacional y cultural desde los clásicos Raimon, Ovidi Montllor, Al Tall, María del Mar Bonet o Uc, hasta los actuales Antònia Font o Obrint Pas. Cataluña no estaría donde está sin todos ellos.

 

Ciertamente, podría pasar que la urgencia por resolver la actual transición hiciera aplazar este debate. Sería un error. Tener un proyecto de relaciones preferentes con el conjunto de los Países Catalanes en una Cataluña soberana es una razón más, y de peso, a favor de la independencia. Y es que para completar nuestro camino, que nadie lo dude, seguiremos necesitando el apoyo más amplio posible de nuestros connacionales y vecinos más cercanos.

 

 

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