Esta Diada del Once de Septiembre es una buena fecha para reflexionar sobre algunas de las cuestiones que han llevado a Cataluña a un callejón sin salida. Es una fecha ideal para recordar que Catalunya no es ningún caso único en la historia. A lo largo del tiempo ha habido muchos otros como el suyo. En el siglo XX y en estos primeros año del XXI, concretamente, ha habido varias naciones que han alcanzado la independencia y que ahora mismo, con un Estado propio, son respetadas y tienen voz y voto en las Naciones Unidas. Noruega, Islandia, Malta, Montenegro o Kosovo, por ejemplo. Noruega lo hizo en 1905, Islandia en 1918, Malta en 1964, Montenegro en 2003 y Kosova en 2008. Y todas estas naciones no se convirtieron en plenamente soberanas por gentileza de los estados que se otorgaban el derecho de decidir qué podían hacer y qué no podían hacer, sino por la firmeza de sus convicciones y por la voluntad de conducir con sus propias manos las riendas de su destino.
Por otra parte, en cuanto al Consejo de Europa, es un hecho que más del 50% de sus Estados miembros se han hecho independientes desde el inicio del siglo XX. Esto solo ya nos debería hacer pensar que la independencia nacional, sin tutorías ni protectorados, es un derecho irrenunciable de los pueblos mayores de edad. Y es en estos pueblos donde debemos reflejarnos. Entendido esto, me parece exquisito el mensaje con el que Escocia, pensando en el referéndum de autodeterminación que celebrará el año 2014, avanza hacia su independencia: «Yo votaré SÍ, no porque crea que Escocia es superior a otras naciones, sino porque me niego a aceptar que sea inferior». Pues bien, ahora faltan sólo dos años para conmemorar los tres siglos de nuestra subordinación a España y sería imperdonable que llegara la fecha sin que hubiéramos tomado conciencia de que una nación no tiene sólo el derecho de ser independiente. Una nación, si realmente es adulta y ha alcanzado la madurez, tiene la obligación moral de ser independiente.








