Contra el independentismo

Lo peor que podría pasar a la actual efervescencia política en Cataluña sería que se enquistara en un «-ismo». Demasiado a menudo se exhorta al independentismo como si fuera un general en la tesitura de diseñar la estrategia de una batalla o un entrenador de fútbol en la media parte de un partido. Y, como en los partidos de fútbol, se alzan voces sesudas para explicar la próxima jugada. Los hay que acusa de otros de poner en peligro o, aún peor, en ridículo -coco catalán por excelencia- este ente llamado independentismo, si no vamos todos por el camino trazado. Ya me perdonarán que no ponga mucha fe en la ingeniería política, algo muy serio y muy importante, pero estoy convencido de que el futuro catalán se resume en una cuestión de límites. ¿Tiene la nuestra capacidad de asumirlos? ¿O somos infinitamente moldeables y nos adaptaremos a lo que venga hasta que no tenga nada que ver con lo que éramos sin darnos cuenta de ello?

 

Produce angustia que se confunda un asunto de ética como la dignidad con cálculos probabilísticos y simulaciones de software político. La independencia llegará cuando sea una necesidad tan perentoria que ponga a los políticos contra las cuerdas. No serán ellos quienes la consigan, como mucho podrán elegir entre tramitarla o desaparecer. Mientras los partidos hacen cálculo de las ventajas, son las personas que tienen a rebosar el saco de la paciencia las que propagan el coraje. Saben que, así como hay gente privilegiada y gente sufrida que paga los privilegios de otros, hay pueblos oprimidos y pueblos opresores. Y esta situación, cuando se convierte en una rutina histórica, sólo hay dos maneras de encararla. Adaptándose a ella a fin de ignorarla hasta donde sea posible o sublevándose. Ninguna de estas reacciones es fácil, y si la primera parece menos dolorosa es porque los efectos son graduales. Pero tiene el inconveniente de que el oprimido debe mutilarse. Por su parte, el opresor necesita un buen grosor de cinismo para disimular a sus propios ojos el daño que hace. Cada uno a su manera, se negó a fin de no hundirse en la vergüenza. Es la relación en la que están atrapadas Cataluña y España, con el cinismo de unos dosificando la anestesia de los demás.

 

Si el independentismo es algo, sólo puede ser la aversión a la tutela provocada por un sentimiento de ultraje. Una aversión que reafirma la voluntad, transformando lo negativo en positivo, como cuando sabemos con certeza lo que no queremos. Sería absurdo personificar ese sentimiento en una entelequia o confundirla con determinados partidos políticos, que como mucho podrán canalizarlo con más o menos acierto. La aversión es intrínseca a la conciencia de injusticia que se desvela en las personas. Y la desvela no una ideología sino la convergencia de dos factores: primero, el agravamiento de la opresión, que hace imposible seguir disimulándola, y, segundo, la existencia de personas decididas a no amoldarse a la ilusión con la que los partidarios de la opresión (por un lado y otro) procuran que las aguas remonten el curso del río.

 

El estado de las autonomías ha llegado a ese punto de podredumbre que, según Kant, anuncia el principio de una nueva creación. Y en este punto no hay que dejarse enredar por los predicadores de terceras vías, cuya existencia prueba que los opresores no pueden prescindir de un argumentario falaz. Cuanto más crezca la reivindicación, más escucharemos predicar el camino del medio como alternativa sensata. La seducción, junto con el miedo, todavía es el arma del enemigo. Pero España ya ha demostrado el respeto que le merecen los encajes.

 

En las cuestiones esenciales no hay terceras vías. Ni neutralidad. Abstenerse no es nunca neutral, y nadie debería dejarse engañar por los falsos equilibrios. Cuando alguien se abstiene, el signo no lo determina la decisión sino el contexto en que se toma. Uno se lava las manos a favor o en contra. O se va a remolque o a contracorriente. Se está con el opresor o frente a él.

 

Ciertamente, la voluntad de independencia no puede ser sólo un asunto de sentimientos, también debe ser un juego de inteligencia. Diseño más emoción igual a voluntad. En el fondo se trata de reivindicar una acción humana y eso es lo que menos toleran los poderes, los de allí y los de aquí. Porque las palabras de la rebelión han sido siempre ‘non serviam’. Y este es el peor de los desafíos. Es por ello que la ruptura con un orden carcomido empieza por ser demonizada, a continuación escarnecida y, finalmente, combatida con todos los relámpagos del Olimpo. Pero si triunfa, se convierte en un cielo y una tierra nuevos. En realidad no es necesario apelar a mitologías; basta rechazar las historias con las que nos han atrofiado el espíritu y dejar que haga camino la autoestima, un sentimiento que en condiciones normales aspira a fortalecerse sin tener que rendir cuentas a cada paso.

 

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