Los papeles, Arizona y España

Hay países como Gran Bretaña o Estados Unidos, herederos directos o indirectos de algunas libertades medievales anteriores al invento de la imprenta, donde la idea de obligar a los ciudadanos a llevar un carné de identidad es como mínimo discutible: en EEUU, el ciudadano se identifica como puede o como quiere, pero no con un documento universal y obligatorio provisto por el Estado. El gesto, para nosotros tan común y tan habitual, del policía o funcionario que pide el DNI, que lo exige como requisito en cualquier momento o circunstancia, resulta, para los estadounidenses, una interferencia impropia sobre la autonomía de los ciudadanos de un país libre. Ustedes han visto a menudo en las películas el hombre o la mujer, o pareja, que llegan al hotel, dicen un nombre cualquiera, y nadie les pide que lo confirmen con un documento. Es una tradición secular, una teoría política, un valor ético, o lo que ustedes quieran, que los europeos no británicos lo miramos como una residuo antiguo pero escasamente práctico.Quien no tenga presente esta diferencia, no puede entender el conflicto que provocó, hace un par de años, el estado de Arizona, y que acaba de resolver el Tribunal Supremo. Tal como ustedes quizás recuerden, el estado de Arizona, junto a la frontera mexicana, aprobó una ley o disposición según la cual la policía podría pedir los papeles a las personas que tengan aspecto de inmigrantes ilegales, y eventualmente, en caso necesario, podría llevárselos detenidos. El presidente Obama, el señor Schwarzenegger que entonces era gobernador de California, multitud de políticos, de periodistas, activistas y ciudadanos demócratas en general, protestaron con cólera y escándalo ante una medida de carácter casi racista, intolerable y discriminatoria: pedir los papeles a la gente, sólo por la cara que tienen, es un horror que hay que condenar sin reservas, incluso promoviendo, tal como hicieron, una especie de boicot deportivo y turístico contra Arizona. Muy bien, perfecto: es una práctica horrible, lo de los estadounidenses más extremadamente reaccionarios, según pensaba y escribía Carlos Fuentes. De acuerdo, de acuerdo. Pero esos mismos meses, cada dos o tres días yo pasaba por delante de la estación de Renfe de Castellón en mi paseo matinal, y tres o cuatro veces al mes, como usuario del ferrocarril, visitaba el interior del edificio, muy moderno y de calidad técnica y estética más que discutible: indefectiblemente, en la puerta de la estación había, encima de la acera, un coche o dos de la Policía Nacional, y en la puerta misma o en el interior una pareja o dos uniformados que pedían regularmente los papeles a alguna persona.

La persona que debía mostrar los papeles, y que a menudo tenía que abrir la bolsa que los agentes querían registrar, tenía siempre el habitual aspecto sospechoso. Es decir, tenía cara de extranjero en situación irregular, que suele coincidir con la piel oscura, los rasgos algo exóticos o el aire y el aspecto de europeo oriental: cara de norteafricano, de subsahariano o de sudamericano precolombino, cara de rumano desorientado. Especialmente de lo que, en lenguaje incorrecto y primitivo, suele decirse se moro, negro o indio sudaca. De vez en cuando, alguno de los interrogados y registrados, por razones que desconozco, debía subir al coche policial, imagino que en dirección a la comisaría. No tengo constancia de que, en este país nuestro tan europeo, tolerante y democrático, nadie proteste por esta práctica cotidiana de las fuerzas del orden. Siguiendo las indicaciones de la autoridad correspondiente, es de suponer, es decir, entonces, del ministro del interior del gobierno socialista. Y en Valencia, uno de esos días, observé cómo la policía detenía un coche, hacía bajar a los ocupantes, y les pedía de mala manera los papeles. Los ocupantes eran negros, casualmente, y parece que la policía tenía una especie de «cupo» de interrogatorios y detenciones que debía cumplir. Ahora, cuando el Tribunal Supremo de Estados Unidos, ha confirmado que pedir papeles de identidad no va contra la Constitución, ya he leído en periódicos españoles notables comentarios sobre el racismo y la prepotencia de los norteamericanos. Porque allí, el estado de Arizona ya puede hacer eso mismo que aquí ha hecho siempre, y sigue haciendo, el ejemplar e intachable Estado de España. A veces, uno no sabe dónde acaba la hipocresía y comienza el cinismo.

 

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