Som Escola rechazó, en cuanto trascendió, el martes, la sentencia del Supremo
Hay que reaccionar con toda la energía […] Todo menos que nos conviertan en algo irrisorio e insignificante.
La inmersión es una necesidad si se quiere que el catalán no vaya quedando progresivamente arrinconado y residual
Queríamos escribir un editorial sobre los cambios políticos e institucionales, e incluso constitucionales -y también de valores y de actitudes-, que algunos países tendrán que hacer para salvar el euro y para superar la crisis europea. En la línea de lo que ya fue nuestro editorial del 30 de mayo, «La crisis europea (es decir, nuestra crisis)». Que aconsejamos releer porque cada vez es más actual.
Pero ya escribiéndolo ha llegado una noticia que nos ha hecho cambiar de idea. Una noticia sobre la última sentencia del Tribunal Supremo que representa un nuevo retroceso para el uso de la lengua catalana en la enseñanza. Una nueva sentencia para el progresivo aguado de la inmersión lingüística.
La inmersión lingüística -es decir, que el catalán sea la lengua vehicular en la escuela- no es un capricho de nacionalistas radicales. Es una necesidad si se quiere que el catalán no vaya quedando progresivamente arrinconado y residual. Y que más adelante desaparezca.
Porque hay que tener presente cuál es la situación del catalán en una sociedad con una muy fuerte inmigración durante todo el siglo XX, pero sobre todo muy, muy incrementada desde hace doce o trece años. Una sociedad muy diversa, cuya gran mayoría es de origen cultural o lingüístico diferente del nuestro. Con un dominio muy acusado del castellano en los medios audiovisuales. Y con la fuerza que el hecho de ser lengua del Estado, y de gran parte de la misma inmigración (y de una gran proyección mundial) le da. Todo ello hace precaria la situación del catalán. Que sin embargo se ha defendido bastante bien después de siglos de arrinconamiento, de uso muy obstaculizado y a menudo de persecución declarada.
Se ha defendido bastante bien. Es más, los estudiosos de estos temas (lingüistas, pedagogos, sociólogos y también políticos) quedan sorprendidos de la capacidad de resistencia de nuestra lengua. Una resistencia acompañada de calidad. De calidad literaria, y académica, que también la hace apta para la ciencia y para la expresión de conceptos más modernos y renovadores. Los estudiosos de la lengua están admirados. Valoran mucho la fuerza de nuestra lengua y de nuestra cultura. Pero consideran que están en peligro si no se las defiende bien y a fondo. Y si Cataluña no encuentra la manera de contener el ataque a veces descarado, pero a menudo sutil contra el catalán. Y si no consigue que por ser lengua propia de Cataluña (convivencia) se tomen medidas que le permitan superar el handicap de la demografía y de la globalización de la comunicación.
Y una de estas medidas -una de las más importantes, de hecho la más importante- es la inmersión lingüística en la escuela. Que se aplica en Cataluña desde mediados de los ochenta, es decir, desde hace más de veinticinco años, sin que se haya resentido el castellano como lengua, ni el conocimiento del castellano por parte de toda la población, ni la convivencia en el conjunto de la población catalana. Ni con protestas significativas en contra.
Y es que el régimen de inmersión lingüística en la escuela en la idea del mismo gobierno catalán y en general de todos los sectores políticos y sociales de Cataluña tenía que ser muy respetuoso con el castellano -y la cultura de expresión castellana- y debía asegurar que todos los alumnos tendrían un buen conocimiento del catalán y del castellano. Y así ha sido. Durante más de veinticinco años esto ha funcionado así, sin problemas. Incluso fue validado por una sentencia del Tribunal Constitucional de 1994. Y de las mismas evaluaciones que hace el Estado se desprende que el conocimiento del castellano entre el alumnado catalán no es inferior al del resto del Estado.
Por tanto, no hay motivo para que ahora haya una nueva ofensiva contra el catalán en general, y contra la inmersión, salvo que todo el proceso del Estatut y especialmente la sentencia del TC haya dado nuevos bríos al propósito de siempre de ir arrinconando el catalán. Y de ir haciendo realidad lo que ya comentábamos en el editorial de 22 de junio de 2011: «Todo esto No tiene importancia Porque la inmigración se os va a comer. Dentro de dos generaciones todo esto de la lengua y la autonomía se habrá acabado».
Si esto es importante para ellos, más lo es para Catalunya. Porque el catalán es un hecho básico de nuestra existencia como pueblo. Como lo es para todos los pueblos. ¿Cuántos escritores franceses no han dicho: » La France, c’est la langue «. Y la cultura y el sentimiento ligado al francés. O como Wittgenstein, que como hace poco nos recordaba el profesor Jordi Llovet en su libroAdiós a la Universidad, decía: «Mi mundo viene determinado por mi lengua». O como ayer mismo nos recordaba la escritora Herta Müller, Premio Nobel de Literatura en 2009, en Barcelona, en el CCCB hablándonos de «la lengua como patria». Y de testigos castellanos en el mismo sentido se podría hacer una retahíla inacabable. Y todos tienen mucha razón. ¿Por qué en cambio nos la niegan a nosotros? ¿Si el castellano, como lengua, no sufre ni en su conocimiento ni en su uso ni en su calidad habitual o académica?
En cambio, dificultar el conocimiento general del catalán sí que es peligroso para nuestra lengua. Dadas las circunstancias en que debe vivir, y que ya hemos descrito, no facilitar su conocimiento a todos los niños y jóvenes de Cataluña es ir convirtiéndolo en residual. Es condenarlo.
Hay un debate encendido ahora en Cataluña sobre si la única salida no sólo para su supervivencia como pueblo sino también para su progreso en todos los órdenes -también el económico y también para mantener el estado del bienestar que hemos alcanzado y que es básico por razones de justicia, pero también de cohesión, convivencia, integración y buen funcionamiento del ascensor social- es la independencia.
Lo que es seguro es que el ahogo económico y financiero -como hemos dicho, de grandes repercusiones sociales-, la política de debilitamiento de la lengua y la cultura y el hecho de dificultar la integración del conjunto de la población catalana condenan Cataluña a la residualización, como dicen en Madrid con aquello de » Dentro de dos generaciones todo esto se habrá acabado «.
Y que contra eso hay que reaccionar con toda la energía. Por los caminos que sea y por difícil que sea. Todo menos que nos conviertan en algo irrisorio e insignificante.
Este artículo es el mismo que se publica en el boletín electrónico del Centro de Estudios Jordi Pujol








