Antes de la débil democracia que disfrutamos ahora, ya corría el rumor de aquel consejo dado por el dictador a un muchacho con vocación de servicio público: «Joven, haga como yo, no se dedique a la política». Aunque parezca humor negro político, lo cierto es que en la España franquista el chiste no sólo podía hacer reír una minoría que lo entendía como un sarcasmo, sino que para una sociedad apaleada, la sentencia se convertía en una consigna llena de sentido común. En vista de la experiencia fratricida de la Guerra Civil, el «no te metas en política» no sólo era un exorcismo bienintencionado, sino que sobre todo servía para diluir la adscripción ideológica del régimen. Franco se representaba a sí mismo como la superación de la división ideológica y nacional de España y, por tanto, necesitaba extender la idea de que él no hacía política.
Recuerdo la anécdota ahora que, sobre todo con el PP, ha vuelto la obsesión de la «no política», todo hay que decirlo, ayudada por el dictado populista de la antipolítica. Los extremos siempre se encuentran. Así pues, afirmaciones como las de hace unas semanas del diputado del PP señor Enric Millo, a raíz de la pitada en el estadio Vicente Calderón, recomendando que no se vinculara deporte y política, son de la misma coherencia lógica que las del dictador. No hacer política en un campeonato nacional español que lleva el nombre del rey, en que se interpreta el himno español y en que los trofeos fueron cargados de la simbología nacional de quien la organiza, desde el punto de vista racional, es estrambótico . Pero si esto se puede decir sin hacer el ridículo, como le pasaba al dictador y a su consejo, es porque el Estado tiene esa capacidad de hacer invisible la evidencia, naturalizando sus formas de coacción mental. Y Millo, claro, se esconde bajo las faldas de la razón de Estado.
Que se quiera separar política y deporte en plena Eurocopa de fútbol, cuando la marcha de Rajoy al partido de la roja se convierte en una urgencia inaplazable a pesar de ser en medio de la mayor pérdida de soberanía nacional tras la derrota de Cuba, muestra bien a las claras el cinismo de los que lo predican. Pero de esta especie de lógicas cínicas, tenemos en abundancia. Por ejemplo, véase este otro miembro del PP en Cataluña, el ministro Jorge Fernández Díaz, que insiste en que «no es tiempo de independencias, sino de interdependencias». Me admira el aplomo con que se afirman unas banalidades que, si se analizan con detalle, dicen todo lo contrario de lo que se pretende. Quiero decir que si el ministro del Interior piensa, de verdad, que no es tiempo de independencias, así en general, lo debe pensar también de la de España. Y si este fuera el caso, se abriría una gran vía de esperanza hacia la posibilidad de abandonar España sin que se sintieran nada ni, por tanto, opusieran ninguna resistencia. Aún más: si ahora es tiempo de interdependencias, y visto que lo que queremos los catalanes es tener voz propia no sólo en Europa y en el mundo, sino también para dialogar amigablemente con España, en realidad lo que más lo puede garantizar es la nuestra independencia. Así, no sólo los catalanes seríamos más interdependientes, sino que también lo sería la misma España, que entonces podría interdependizarse, además, con Cataluña.
Naturalmente, en ningún lugar está escrito que los políticos tengan que tener un pensamiento lógico y sistemático, y más bien estamos acostumbrados a ver como gastan otro instrumental y acomodaticio. Pero, viniendo como vienen tiempos de debate político de fondo, parecería recomendable que los que se resisten a la independencia de Cataluña empezaran a buscar argumentos un poco más sustanciosos. Y que no nos salgan con eso de la prioridad de los objetivos sociales, o que nos haría pequeños e irrelevantes en el mundo, o que nos empobrecería. ¡Por favor: nos gustaría defender la independencia no contra cuatro tópicos maltraídos, sino con adversarios un poco más difíciles! No nos lo ponga tan fácil, ¡caramba!







