Salir de España

A estas alturas, me da la impresión que la mayor parte de los caminos de futuro para Cataluña pasan por salir de España. Para salir de España y quedarse en Europa, dos opciones que algunos nos presentan aún hoy como incompatibles -salir de España es salir de Europa, nos profetizan o nos amenazan-, pero según cómo vayan las cosas pueden llegar a ser más que complementarias: la manera de continuar en Europa puede llegar a ser salir de España. Y quedarse en España puede acabar siendo salir de Europa, o al menos del núcleo de Europa.

 

En cualquier caso, después de trescientos años de modelo francés en España y con una coyuntura marcada por la crisis económica, la asunción de los grandes objetivos fundamentales del catalanismo -lograr el progreso y el bienestar de los catalanes; mantener una personalidad colectiva nacional basada en la existencia de una lengua, una cultura y una historia específicas; conservar la cohesión social de la comunidad en unos momentos de diversidades irreversibles- pasa por salir de España. Pero aún más paradójico: también pasan por salir de España casi cualquiera de las fórmulas políticas que el catalanismo ha imaginado para conseguir estos objetivos. Obviamente, pasa la fórmula independentista, la del Estado propio. Pero puede pasar también por salir de España cualquiera de las otras fórmulas imaginadas: la confederal, la federalista, la autonomista.

 

Incluso para los partidarios de estas fórmulas, sería más fácil llegar después de haber salido de España y volver a negociar las cosas desde el principio y de igual a igual. ¿Difícil? ¡Dificilísimo! Pero aún es más difícil llegar a cualquiera de estas fórmulas por la evolución desde dentro de la España actual. El cambio desde dentro ya se ha intentado, de todas las maneras. Y todas han acabado con un portazo. Joan Maragall ya pedía este cambio hacia una España diversa, moderna, en red. Pero intuía que no había intención de escuchar esa voz. Y terminaba diciendo: «Adiós, España». Salir. Para volver a entrar en condiciones diferentes o simplemente para quedarse fuera.

 

España tiene un modelo. Desde hace trescientos años. Y su angustia es no haberlo podido construirlo suficientemente. España quiere ser Francia. Con una lengua nacional y unas regionales para usos domésticos. Con una capital de donde salen todas las redes de comunicación y que ejerce la capitalidad en todos los ámbitos: político, administrativo, financiero, militar, económico, cultural, simbólico… Con un sentimiento de pertenencia único y potente, complementado por orgullos regionales folclóricos. España ha gastado y está gastando muchas energías, dinero y esfuerzos -visibles e invisibles, convencionales y no convencionales- en el logro de este objetivo. Por encima de toda racionalidad. El tren de alta velocidad o la red de carreteras no son proyectos que nazcan de la racionalidad geográfica o económica, sino de la obsesión identitaria, del proyecto ideológico, de la voluntad expresada en voz alta de coser España con líneas de tren. España no cree que tenga que cambiar este modelo. Cree, en todo caso, que debe profundizarlo. Y lo ha creído también en democracia, porque este objetivo quedaba entonces librado de la antiestética del franquismo y podía aparecer como más moderno y desacomplejado.

 

España no quiere cambiar este modelo piramidal a la francesa. El catalanismo no puede alcanzar sus objetivos dentro de este modelo, ni los culturales ni los económicos ni los políticos. Este modelo representa para Cataluña la pérdida de peso económico, el desgaste del bienestar de sus ciudadanos, la disolución de su especificidad cultural y un riesgo de pérdida de cohesión social. Los caminos intermedios han sido clausurados y se ha puesto una valla. Sólo queda salir. Pero hoy, además, con una necesidad añadida. La crisis económica es mundial, o muy especialmente europea, pero España en estos momentos arrastra a Cataluña. En la imagen, en la práctica y en los objetivos. Los problemas de España arrastran a Cataluña, que también los tiene. La actitud española a la hora de enfrentarse a la crisis -austeridad tardía y mal repartida, que a algunos lugares todavía no ha llegado- difumina y tapa ante los ojos internacionales los esfuerzos extraordinarios que estamos haciendo los catalanes. Los intereses españoles, muy enfocados hacia la América Latina, pueden chocar frontalmente con los intereses de la economía catalana, muy enfocada a Europa.

 

El Tribunal Constitucional, con la sentencia del Estatut, puso la señal de dirección prohibida para la última vía intermedia intentada desde Cataluña. España no quiere ser de otra manera. No escucha, en términos maragallianos, la voz del hijo que quiere ser él y pide poderlo estar en casa. Como la España que manda y cuenta no cree que Catalunya tenga la fuerza interna, la unidad civil y la convicción ideológica necesarias para plantearse seriamente la separación, no le parece necesario negociar. Hablar de salir le parece una pura palabrería táctica. Pero, más allá de Maragall, aunque tengamos opciones diferentes sobre qué deberíamos hacer desde fuera -quedarnos en ella, renegociar de verdad y con fuerza, buscar una fórmula específica dentro del marco europeo, diseñar el estado propio así o asá- hoy tenemos una razón añadida para salir de España. No ser arrastrados.

 


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