La misma crisis que ralentiza -si no hace retroceder- el tempo de nuestra vida diaria, en cambio acelera el ritmo de la política hasta volverla trepidante. Si nosotros vivimos la enorme dificultad de tomar decisiones ante la incertidumbre que acompaña a cualquier previsión de futuro, en la acción de los gobiernos una semana o diez días pueden hacer cambiar de manera radical sus alianzas, discursos y estrategias. Lo que a nosotros nos paraliza, a los gobiernos les dispara, aunque ni ellos sepan muy bien hacia dónde. Y por esta razón, si nunca ha sido fácil conectar vida ciudadana y vida política, ahora la tensión llega al límite, tanto por exacerbar la desconfianza mutua como por exigirse mutuamente la máxima responsabilidad y encender una pasión participativa.
Es en este contexto paradójico donde, mientras que, por un lado, se denuncia que los márgenes de la acción política se han reducido a casi nada, por la otra, nunca habíamos esperado tanto. Efectivamente, ahora se ha hecho transparente para todos que las garantías del autogobierno de los catalanes eran muy débiles. En épocas de bonanza esta debilidad se había podido disimular, pero es en la dificultad donde se ponen a prueba de verdad las propias fuerzas. Y está muy claro que el gobierno del Estado nos torea sin ningún problema, incumpliendo la ley e invadiendo competencias sin límites. Asimismo, nunca como ahora habíamos esperado de la política que fuera capaz de conducirnos a dar el gran paso hacia una emancipación nacional definitiva. Cada día, en alguna población de este país que no se arruga ante las dificultades se celebran actos públicos convocados por alguna de las muchas organizaciones independentistas que se han ido creando. Y se reúnen cientos y cientos de ciudadanos, convencidos de que ya ha llegado la hora de decir basta a la ración diaria de humillación que se nos hace tragar.
No se trata de una euforia irreflexiva. La ciudadanía más politizada es muy consciente de las dificultades que entrañará cualquier proceso de ruptura con el estado español, por mucho que sea civilizada en la forma y democrática en el fondo. Pero ha llegado un punto en el que el riesgo de la ruptura ya no es superior al riesgo de mantener la situación de indefensión política, económica, cultural y lingüística actual. Lo sorprendente es que el Estado no se dé cuenta, y siga pensando que el hecho de debilitarnos nos disciplinará. Todo lo contrario, cuanto más nos despoja de nuestros atributos nacionales -y no hablo de banderas, sino de la capacidad de construir una sociedad próspera, justa y libre-, menos tenemos que perder en una revuelta en toda regla que haga frente a la arrogancia con la que somos tratados. Los catalanes no estamos dispuestos a tener que pagar la crisis dos veces, como pretenden, ni toleraremos que nuestro gobierno se agache ante el abuso.
Ciertamente, es muy importante que a la hora de dar el paso nos aseguremos de que no tenga marcha atrás. No puede haber precipitaciones ni vacilaciones. No se puede hacer el ridículo, de acuerdo. Pero no es menos verdad que, tal como vamos, suficiente ridículo nos hacen pasar. El rigor y la rapidez con que ha actuado hasta ahora nuestro gobierno, la palabra clara y valiente despojada de todo populismo, la decisión difícil tomada con mano firme, se podrían volver en su contra si no respondiera con el mismo rigor, rapidez, claridad, valentía y firmeza contra la humillación.
En el plano de la voluntad política popular, de la mayoría social que apoyaría a nuestro Parlamento en el caso de tener que hacer un acto de soberanía heroico para enfrentarse al abuso, creo que ya estamos en el punto de madurez necesaria. Queda por saber cuál será el papel de los grandes poderes fácticos del país, de las grandes instituciones económicas, académicas o mediáticas -por citar algunas-, y si se pondrían del lado del país al que dicen servir. Quizás va siendo hora de preguntarles abiertamente en qué lado del puente aéreo los encontraremos… El tiempo de las ambigüedades se acaba.








