La lejanía espiritual entre Cataluña y España tiene una larga historia y se hunde en la noche de los tiempos. La distancia se ha ido agrandando y ha conocido nombres diferentes, en boca de personas no sospechosas de ser, en principio, independentistas. «Desafección», han dicho unos, «despegue «, los otros, para hacer referencia al progresivo desplazamiento de posiciones que, cada día que pasa, se va produciendo. Durante los últimos años el ritmo se ha acelerado y ha dejado paso a una situación nueva, llegada casi de forma imperceptible, que no ha sido de un día para otro, ni resultado de un cambio brusco: la fatiga. Cada vez hay más gente que está cansada de esta situación, gente de todas las edades, clases sociales, ideologías, orígenes geográficos y sentimientos nacionales diversos, gente unida, sin embargo, por una sensación compartida: la fatiga de España. Y se va imponiendo un cierto estado de ánimo, una conciencia cada vez más mayoritaria, de escasa elaboración política, pero de fácil constatación práctica: con España no hay nada que hacer. A esta conclusión llega mucha gente a regañadientes, porque son muchos los que se han pasado la vida predicando y creyendo justo lo contrario. En realidad, no es más que la demostración del fracaso de una idea conciliadora y, al mismo tiempo, ingenua por imposible: la concepción de España como un Estado donde poder vivir, en igualdad de condiciones, varias naciones, culturas y lenguas, sin hegemonías ni discriminaciones. La inviabilidad de un Estado español plurinacional y plurilingüístico de verdad ya era evidente, pero no parecía molestar mucho, aunque hubiera quien se empeñara en tirar por callejones sin salida como el del federalismo o similares.
Ahora, sin embargo, la reacción se produce ante un doble escenario simultáneo. Por un lado, la catalanofobia asquerosa, obsesiva, enfermiza, «racista», diríamos si fuéramos una raza, lo que felizmente no somos. Una actitud de odio a Cataluña y a los catalanes, con una visceralidad irracional presente en medios de comunicación públicos y privados, en comentarios espontáneos de políticos y jueces, políticos y militares, en canciones y chistes, en mil historias y montajes de internet. Una catalanofobia que se hace también insoportable a tantos catalanes con orígenes familiares en España, no sólo, pues, a los autóctonos con linaje arraigado en Jaume I parte. El otro es menos de piel y más de bolsillo, de cabeza, de sentido común. Hablo de la ruina económica que significa España para la sociedad catalana, al obstáculo al crecimiento económico, el freno al bienestar, al impedimento a la modernización, al empobrecimiento como país y a la pérdida permanente de oportunidades, con gran derroche de dinero público en lugares improductivos, como grandes infraestructuras, mientras tenemos que ir por el mundo atados a una mala marca como es «España».
Simultáneamente, sin embargo, a esta fatiga, se está añadiendo otra, no por más nueva, menos importante: la fatiga española de Cataluña. No son pocos los círculos en que comentarios del tipo «si no están cómodos en España, pues que se vayan», abundan, y cada vez más. Para algunos sectores de la sociedad española, Cataluña se ha convertido en un país antipático, inaguantable y, sobre todo, incomprensible e inasimilable. No les cabe en la cabeza la existencia de una cultura catalana independiente, de una lengua nacional utilizada por todas las clases sociales y con gran capacidad de incorporar nuevos hablantes procedentes de la inmigración, así como una desazón empresarial e intelectual por estar presentes, con naturalidad, en el ámbito internacional. Si estamos, como parece, cansados unos de otros, si ellos no nos han hecho desaparecer como pueblo y nosotros no nos hemos librado del Estado, no hay otra salida que partir peras, civilizadamente, cada uno en su casa y con voluntad de buena vecindad. Como diría Amos Oz, hablando de Israel-Palestina, «Ayúdenos a divorciarnos». Pues eso.








