Escocia e Inglaterra

El debate sobre la independencia de Escocia ha comenzado suavemente, con un extraordinario fair play, como si fuera el célebre e histórico torneo de tenis en Wimbledon. Las palabras han sido medidas y el primer ministro escocés, Alex Salmond, tiene la pretensión de recorrer la isla para explicar las causas y las necesidades de la independencia escocesa. Igualmente ha reaccionado el gobierno de Londres queriendo intervenir en la pregunta de un futuro referéndum y también en su calendario.

El primer ministro Cameron quiere que la consulta se produzca en los próximos 18 meses y que la respuesta sea clara y nítida. Inglaterra no quiere la secesión aunque sea con los mejores buen deseos y la amistad hacia Inglaterra por parte de los escoceses. Será muy interesante ver cómo se construye el relato político para llegar a un referéndum que Alex Salmond quiere que se realice en el año 2014 y que, de hecho, anularía las Acts of Union de 1707, cuando los reinos de Escocia y de Inglaterra pasaron a formar parte del Reino Unido de Gran Bretaña.

Los ingleses siempre han funcionado con el equilibrio y el empirismo de sus vidas, poco propensos a las teorías y las ideologías, el respeto por los individuos y en su capacidad para no sacrificar personas en el altar de las abstracciones y los ideales. Son prácticos y afrontarán con realismo la cuestión de la demanda de independencia escocesa. Los ingleses todavía se moverán por mucho tiempo en una lucha para reconciliar un pasado que no pueden olvidar y un futuro que no pueden evitar. Desde el Congreso de Viena de 1820, que creó la Santa Alianza al aplastar a las tropas napoleónicas en Waterloo, tanto el representante británico, William Pitt, como el de la corte vienesa, Castlreagh, coincidieron que cuando el equilibrio territorial europeo se ve perturbado, Inglaterra es capaz de intervenir eficazmente, pero es el último gobierno europeo del que se pueden esperar aventuras o compromisos de cualquier tipo en cuestiones de índole abstracta.

No hay mayoría social en Escocia para aprobar en referéndum la secesión del Reino Unido. Posiblemente por eso el primer ministro Alex Salmond insiste en sus discursos en que la independencia no va contra Inglaterra. Aún más, su planteamiento es que la dependencia inglesa perdurará pero a la vez que la independencia entre los dos reinos conviene tanto a los escoceses como los ingleses. Ha sido un poco más combativo Cameron que Salmond.

No hay constitución británica escrita y todas las instituciones funcionan por la costumbre y por la jurisprudencia almacenada a lo largo de la historia. Londres ha sido el centro más formidable del mayor imperio de la historia que tuvo su momento más apoteósico cuando la reina Victoria fue proclamada emperatriz de la India por la insistencia de su primer ministro, Benjamín Disraeli, que fue el inventor de un cierto misticismo imperial que perduró casi cien años. El imperio británico lo hicieron exploradores, comerciantes, misioneros y altruistas que daban vueltas por el mundo y clavaban la bandera británica. En el caso de Zimbabwe, la antigua Rhodesia, Cecil Rhodes envió un comunicado a Londres rogando que el gobierno se hiciera cargo del territorio conquistado al norte del río Zambeze.

Pero mientras el gran imperio se consolidaba por todo el mundo, en el interior de la metrópoli comenzaron los primeros signos de secesión que tantos quebraderos de cabeza llevarían a los gobiernos de Londres. Mientras el conservador Disraeli favorecía el concepto imperial, su opositor, el liberal William Gladstone, se estrellaba con la home rule que los irlandeses pedían de forma insistente aguando aquellos impulsos imperiales que dominaban el panorama político, militar y cultural del Londres victoriano.

El resultado fue que la cuestión irlandesa acabó en una confrontación armada entre los nacionalistas irlandeses y el ejército británico en el célebre levantamiento de la Pascua de 1916, que fue un fracaso para los independentistas pero también la semilla para que la isla obtuviera la independencia tras una guerra civil y la proclamación de la república desligada del Reino Unido. Fue un arañazo muy fuerte que sería el comienzo del proceso de descolonización que de una manera ininterrumpida iría despojando a Inglaterra de prácticamente todas sus colonias.

El segundo conflicto estalló en los años sesenta en Irlanda del Norte, los seis condados del Ulster que quedaron fuera de la república de Irlanda, que provocó un despliegue masivo del ejército británico para pacificar las comunidades de protestantes y católicos que estaban enfrentadas por razones religiosas, sociales y de pertenencia. Los protestantes se sentían y se sienten británicos y los católicos, no. Como consecuencia de este contencioso se reavivó el viejo Irish Republican Army (IRA), que actuó con violencia y acciones terroristas hasta el punto de causar la muerte a unas 3.000 personas en Irlanda del Norte y en Inglaterra. Este segundo conflicto terminó con el famoso acuerdo de Viernes Santo de 1998, uno de los hechos políticos mejor valorados de los tres mandatos del primer ministro Tony Blair.

La emancipación de Irlanda, por tanto, ha causado miles de muertos, tanto en su independencia, en los años veinte, como en la lucha por los derechos equitativos de los irlandeses del norte. Se dice que David Cameron actuará con una cierta racionalidad respecto a la petición formal de independencia de Alex Salmond. Ya lo veremos.

Como los escoceses saben qué pan dan los ingleses, no caerán en el griterío de los nacionalistas irlandeses cuando decían que «England’s difficulty is Ireland’s opportunity». Parece que lo harán de otra manera, sin violencia, sin menospreciar a los ingleses, proponiendo que puedan formar parte de la Commonwealth of Nations, como si fuera Nueva Zelanda o Australia, pero administrando como crean más oportuno su propia soberanía. Los conservadores en Escocia es una especie casi en extinción y la hegemonía de los laboristas ha cedido muchos votos y protagonismo al Partido Nacionalista Escocés. Alex Salmond no tiene prisa pero no parará hasta conseguir un acuerdo para pactar los términos de la independencia escocesa.

EL PUNT – AVUI