La determinación y la firmeza con las que el primer ministro escocés, Alex Salmond, y su gobierno del Partido Nacional están conduciendo el proceso de soberanía deja aún más en evidencia la desorientación y la ineficacia de la clase política catalana y su falta de coraje a la hora de impulsar un gesto de emancipación.
Si normalmente hay que desconfiar de los que rechazan trazar paralelismos entre cualquier comunidad nacional que accede a la independencia y Cataluña (y hay que desconfiar porque normalmente los apologetas del orden siempre se dedican a menospreciar la comparación por evitar que las mismas constantes se puedan aplicar en nuestro país), con más motivo hay que estar alerta ante los que busquen minimizar el impacto de una probable independencia de Escocia, tratándose como se trata de uno de los casos que presentan más afinidades con nosotros.
Estamos hablando de una nación que plantea un proceso de secesión en un contexto democrático, pacífico y que pertenece a un territorio integrado en la Unión Europea de manera que la solución que finalmente se adopte, que implicará necesariamente a las instituciones del continente, será perfectamente proyectable a otras naciones sin estado de Europa occidental. Cabe decir que esta afirmación no queda invalidada por el hecho de que, desde el mismo gobierno escocés, se predique que la irrupción del nuevo estado y su relación con la Unión Europea no constituirá ningún precedente para otros territorios ya que esta posición, más que expresar un postulado jurídico, demuestra la habilidad política de un gobierno que ya aspira a crear complicidades internacionales para asegurar el pleno reconocimiento de sus aspiraciones.
La comparación con las vacilaciones, las ambigüedades y la cobardía que acecha al gobierno de la Generalitat aún se hace más punzante si se remarcan las diferencias sociológicas y económicas entre Escocia y Cataluña, y esto para poner de manifiesto que a priori el panorama debería ser más favorable a Cataluña. Aquí ya hay un apoyo aún más mayoritario a votar «sí» en un referéndum de independencia que el que las encuestas detectan en Escocia (a pesar de que es allí donde ya hay un referéndum convocado) y la discriminación económica que sufre Catalunya por el hecho de pertenecer a España y el déficit fiscal son mucho más asfixiantes que los que soporta Escocia en su integración en el Reino Unido. Con muchas menos expectativas de éxito de las que habría en Cataluña y en un contexto más equilibrado económicamente el gobierno de Alex Salmond toma la iniciativa y pone sobre la mesa una hoja de ruta clara de ruptura con Londres, mientras el gobierno de Artur Mas da protagonismo a los que quieren destruir la realidad nacional catalana. Si Alex Salmond desafía al gobierno de Cameron y proclama que será Escocia la que decidirá las condiciones del referéndum y el momento de su celebración, Artur Mas se lanza a los brazos del Partido Popular para aprobar los presupuestos que certifican el expolio fiscal y para adoptar una retahíla de medidas (cierre de embajadas, desmantelamiento del sector público audiovisual catalán) dirigidas a asegurar que el proceso de soberanía no se abra nunca. El gobierno de Convergència i Unió acota la cabeza en cada ejercicio en el que el cuarenta por ciento de los impuestos pagados por los catalanes van Madrid y no vuelven, prefiere trasladar a la ciudadanía de Cataluña el coste de adelgazar el estado del bienestar y el incremento de la presión fiscal antes de hacer frente a España, colabora con el gobierno de Rajoy para aprobar una reforma laboral que precariza aún más a los trabajadores catalanes y enmudece ante las decisiones judiciales destinadas a poner fin a la inmersión lingüística en las escuelas. Eso sí, cada vez que se produce una reunión en la Moncloa o que se pasa por el aro de Alicia Sánchez-Camacho, hacen salir a la palestra a un Jordi Pujol crepuscular que espeta que si no somos independientes vamos hacia la residualidad pero, verdaderamente, en estos momentos, ni Mas, ni Jordi Pujol, ni el gobierno de la Generalitat tienen ningún plan ni dan ningún paso claro a favor de la independencia.
Repito el dato con mayor precisión: mientras las últimas encuestas señalan que en Escocia hay un 44% de ciudadanos que votarían a favor de la independencia contra un 45% que votarían «no», con un proceso de secesión puesto en marcha y un referéndum convocado, en Cataluña los últimos estudios ya señalan que un 53,6% votaría que «sí» en una consulta sobre el Estado propio (contra sólo un 32% que votaría «no»). Pero aquí el mensaje del Presidente de la Generalitat y de la mayoría que lo apoya es siempre el de disuadir a la ciudadanía de abrir un conflicto político con España. Los líderes, como Alex Salmond, se reconocen porque tienen la vocación de transformar la realidad de acuerdo con sus ideales, porque son capaces de animar la mayoría necesaria para legitimar su anhelo de justicia, pero Artur Mas y la federación que le apoya están convirtiéndose en un gran agente inhibidor (ahora mismo el principal, dado que gobiernan) de las ambiciones nacionales que se reflejan en nuestra sociedad. Siempre se trata de buscar excusas, de nuevas curvas, antes la reforma del Estatuto, ahora el pacto fiscal, por no actuar con valentía y decisión. Y mejor no alegar que CiU no se ha presentado nunca a unas elecciones con un proyecto independentista para exonerarlos de culpa porque, dejando de lado que en 2010 sí que se insinuaba una apuesta por el «derecho a decidir» (lo que significa exactamente lo contrario de pactar con el PP), justamente la capacidad de liderazgo y el carisma se demuestran asumiendo el proyecto político que las circunstancias históricas reclaman. Y ya queda claro que mientras unos apuestan por la libertad los otros se resignan a ir tirando.
EL PUNT – AVUI






