Embajadas (I)

Las tropas nacionales, sus medios de comunicación, los articulistas a sueldo y la ayuda de la vanguardia española de aquí, están consiguiendo sus últimos Objetivos militares: poner fin a la arquitectura institucional exterior, construida de 2007 a ​​2010. Los argumentos para desguazar todo lo construido para dar visibilidad internacional a Cataluña (economía, cultura y personalidad nacional), de forma institucional, son varios. Además de la crisis, se dice que como que España tiene representación exterior, está de más que tenga Cataluña, para no duplicar esfuerzos. La falacia es colosal. Justamente, en tiempos de crisis, es cuando hay que salir para darse a conocer y no esperar a que fuera vendrán a interesarse, espontáneamente, por nuestros atractivos: productos, servicios, paisaje, cultura, lengua, iniciativa empresarial, posibilidades de negocio e inversión, sociedad de valores, etc.

Se ha constatado que la actividad económica es 14 puntos superior en aquellos países donde los gobiernos tienen representación que los que no tienen ninguna. España lo ha entendido tan bien que, en los últimos años, ha abierto una veintena de embajadas nuevas en diferentes puntos, incluso en lugares donde casi no hay súbditos españoles, embajadas que también pagamos los catalanes. Cuando pintan bastos, pues, no se trata de encerrarse en casa, sino de abrirse fuera. Es de ilusos creer que España nos representa y da una imagen de estado plurinacional y plurilingüístico, sino todo lo contrario. La imagen es uniforme y monolítica: una lengua, una cultura, una nación. Sólo hay que entrar en la residencia oficial de cualquier embajador para ver qué tipo de libros, y en qué lengua, tienen en sus estantes.

Con lo que costaba la Maison de la Catalogne en París tuvimos suficiente para pagar las delegaciones de Cataluña en París, Berlín, Londres y una parte de la de Nueva York. Más adelante se abrió Argentina, el estado del mundo con más catalanes después de Francia, y con responsabilidad sobre Chile, Uruguay, Paraguay y Brasil, uno de los mercados más emergentes. Ahora el gobierno catalán, cediendo a las presiones del PP, ha cerrado Buenos Aires. Al frente de cada delegación, donde se reunían las diferentes oficinas existentes (Llull, Acc1ó, Turismo, ICIC, etc), había un delegado y un adjunto. Y punto. Esto eran las delegaciones. El delegado tenía -ahora lo han quitado- una función política, institucional, de representación de Cataluña ante las autoridades del país y el cuerpo diplomático acreditado en cada lugar, directamente, sin filtros ni dependencias de nadie que no fuera la Generalitat, para defender mejor nuestros intereses económicos, culturales y políticos.

No importa que Extremadura tenga una magnífica -y lógica- sede en Lisboa, o que Murcia fuera a Nueva York antes de que la delegación catalana. Ellas no son un problema para la España uniforme y que chupa del esfuerzo fiscal catalán. Nosotros, sí. Y más cuando los delegados ya tenían valiosísimos contactos con el gobierno de cada país, los parlamentos, los partidos, las universidades, los medios de comunicación, las organizaciones empresariales, sin olvidar las relaciones fluidas con los embajadores de los diferentes estados y la familiarización con el actividad diplomática. En cuatro años, firmamos 178 acuerdos internacionales, somos el único gobierno de un país no soberano que tiene una decena larga de convenios firmados con la ONU y hemos podido hablar diferenciadamente en reuniones internacionales. La reacción de la reacción era esperable. Lo que no debería haber sido es la de la Generalitat, desmontando una obra comenzada, imprescindible para un país que figura que tiene que hacer una transición nacional. La marcha atrás ya aparece como incomprensible ante los interlocutores internacionales que se había conseguido obtener y nos devuelve al nivel de lo que no queremos ser: unas provincias más de España.

EL PUNT – AVUI