Un barco sin capitán

El barco de la Unión Europea (UE) presenta unas importantes vías de agua en este contexto de crisis económica y financiera. En sus primeros cincuenta años de vida (período 1957-2007), la UE ha podido mostrar tres grandes éxitos: 1) el mantenimiento de la paz entre sus socios después de los horrores de la segunda guerra mundial, 2) la creciente ampliación de los sus miembros hasta llegar a una Unión de 27 Estados, y 3) una creciente integración económica, desde los inicios de un «mercado común» entre pocos países hasta el establecimiento de una moneda única por parte de los 17 estados europeos.

Sin embargo, el fracaso del Tratado Constitucional (2004) y, sobre todo, la crisis financiera (2008), han mostrado las debilidades estructurales de una organización que vive horas muy bajas y que no vislumbra ninguna voluntad inmediata de recuperación.

Algunos analistas señalan que la causa es el crónico «déficit democrático» que muestran las instituciones de la UE. No creo que esta sea la situación. El déficit no es de carácter democrático, sino más profundo. Se trata de un déficit político. Es decir de un déficit anterior al de carácter democrático. Ya me gustaría, en tanto que europeísta, vivir en una Unión Europea que «sólo» mostrara un déficit democrático. Esto querría decir que viviríamos en una unión política dotada de instituciones y procesos de decisión colectiva de carácter elitista, pero que funcionarían integradamente. Pero este no es el caso. La crisis actual ha hecho patente la crisis de gobernanza de las instituciones europeas, incluso en el terreno de uno de los «éxitos» del período anterior: la gobernanza económica.

Los procedimientos institucionales no están funcionando. La Comisión Europea es actualmente un actor arrinconado por los principales estados de la Unión. El Parlamento Europeo está casi desaparecido. El rol de H. Van Rompuy, primer presidente del Consejo Europeo y de C. Ashton, Alta Representante de la Unión para Asuntos Exteriores resulta inexistente, casi ridículo. Ningún jefe político de la Unión está realizando funciones de liderazgo. Los líderes de la Unión son todos de segunda o tercera fila. La UE es un barco sin capitán. Las voces cantantes las llevan A. Merkel y N. Sarkozy, que son dirigentes de dos estados miembros de la Unión, pero que no son dos dirigentes de la Unión. El centro de gravedad político lo tienen en sus países, más que en la UE.

La situación es muy grave. Incluso dejando de lado el escaso papel que la UE juega en la escena internacional, lo que está en juego es el modelo europeo de convivencia entre la economía social de mercado y unas democracias liberales que han sido una referencia de prestigio para todos los estados del planeta. Muchos ciudadanos apuntamos a la necesidad de una integración política efectiva más allá de la retórica y del bla bla bla que tanto gusta a los dirigentes europeos cuando tratan de cubrir su inoperancia. «Hechos, no palabras» es una consigna asociada a los escritos de Esopo de la Grecia clásica, y que ya fue adoptada por la Unión Social y Política de Mujeres (WSPU) a principios del siglo XX. Se trata de una consigna que los europeos necesitamos cumplir para optimizar las decisiones colectivas que nos afectan, tanto frente a otros competidores actuales y emergentes, como los agentes financieros, internacionalizados desde hace tiempo.

La falta de voluntad política y de líderes europeos creíbles está hipotecando el futuro de las próximas generaciones. Sobra mala retórica y falta proyecto y liderazgo. La UE no había tenido una crisis de estas dimensiones desde su fundación. Los «padres de Europa» (Schuman, De Gasperi, etc) no podrían estar contentos con el desbarajuste y la falta de perspectiva actuales. Europa se está convirtiendo en un conjunto de pequeños parques temáticos. El barco puede naufragar. Y puede venir el tiempo del sálvese quien pueda. Una situación nada deseable, pero que podría marcar el fracaso final de un proyecto prometedor que podía haber sido y no fue.

Ara