Historia y globalización

NO parece haber un auténtico debate sobre qué hay de novedoso en la globalización en estos comienzos de milenio. Es debido a que la mayoría de autores que afirman que la globalización es un fenómeno radicalmente nuevo en la historia mundial no se detienen a examinar procesos históricos posiblemente similares, mientras que los autores que centran sus esfuerzos en comprender la historia afirman con pocas dudas que la globalización actual presenta escasas novedades. Parece, pues, conveniente trazar puntos de contacto entre las aportaciones de la macrosociología histórica y las investigaciones sobre ciudades globales. La cuestión es cómo enriquecer nuestra comprensión de la globalización estableciendo posibles continuidades con ciclos de globalización anteriores y sin perder, al mismo tiempo, la perspectiva de los rasgos distintivos del ciclo actual.

¿Es la compresión espacio-temporal sugerida por David Harvey en The Condition of Postmodernity (La condición de la postmodernidad) una ruptura con el pasado o se trata meramente de la aceleración de una tendencia histórica hacia el desarrollo tecnológico? Asimismo, ¿es el espacio de los flujos castellsiano un fenómeno radicalmente nuevo o se trata de una versión espacio-temporal comprimida de las redes transnacionales presentes en el sistema mundial durante siglos? La evidencia sobre un sistema mundial interconectado nos lleva prácticamente al siglo XIII y, por otro lado, la sincronización internacional de ciclos de globalización y desglobalización nos muestra la realidad de un sistema mundial con anterioridad al ciclo actual: las tasas de crecimiento de las economías nacionales muestran una alta correlación especialmente en dos periodos de intensa globalización: de 1913 a 1927 y tras 1970.

Se podría argumentar que el espacio de los flujos no es un fenómeno realmente novedoso. Manuel Castells ha afirmado que lo específico de las actuales transformaciones globales consiste en que estamos siendo testigos de la formación de un sistema económico internacional que opera como una unidad en tiempo real en una escala global. Y, sin embargo, podemos preguntarnos si la supuesta novedad de las transformaciones actuales se debe a un desarrollo cuantitativo consistente en la extensión de la creatividad tecnológica y el desarrollo económico o, como afirman los globalistas convencidos, a una profunda transformación cualitativa del sistema mundial. Según han señalado algunos autores (Christopher Chase-Dunn, por ejemplo), la evidencia no parece ser concluyente respecto a si el ciclo de globalización actual está integrando el sistema económico en un grado superior a como estaba integrado en anteriores periodos históricos.

Una importante voz en el debate sobre ciudades y globalización, Saskia Sassen, insiste en que el proceso es radicalmente nuevo porque está ocasionando una importante transformación y reconfiguración de los Estados y sistemas de Estados para hacer frente a las fuerzas y cambios globales. Desde su óptica de urbanista, Sassen nos recuerda que son las ciudades globales las formaciones que concentran la mayoría de procesos que están cambiando el paisaje económico en este cambio de siglo. No puede negarse que las ciudades globales, entendidas de este modo, hayan experimentado profundas transformaciones que no pueden compararse cuantitativamente con los procesos socio-económicos que experimentan la mayoría de las ciudades en el sistema mundial.

Dista de estar claro, sin embargo, si las ciudades globales a la Sassen constituyen, por efecto de sus conexiones con la economía globalizada, formaciones sociales únicas en el capitalismo de principios de milenio o más bien se trata de importantes concentraciones de procesos generales que ocurren en todas las ciudades conectadas con la globalización. Si esto último resultara ser cierto, bien podríamos denominar «globales» a todas esas ciudades conectadas globalmente. La cuestión es, pues, si estamos siendo testigos de transformaciones cualitativas en el sistema mundial o simplemente sentimos los efectos de una compresión espacio-temporal generalizada que afecta a la economía global, y a las ciudades vinculadas a estos procesos, en todo el mundo.

La idea de que el sistema mundial no está siendo transformado cualitativamente por efecto del ciclo actual de globalización es la hipótesis que desarrolla otra destacada urbanista norteamericana, Janet Abu-Lughod. En su extraordinario estudio comparativo sobre Nueva York, Chicago y Los Angeles, Abu-Lughod argumenta de forma convincente que las semillas de los procesos que hoy consideramos globales estaban ya plantadas en esas tres ciudades hace muchas décadas, aunque de forma embrionaria, y comenzaron a desarrollarse entonces. El desarrollo de estas urbes, por otra parte, no obedece exclusivamente a causas globales, externas al territorio en que se formaron y al contexto nacional en que se encuentran. De ahí que la globalización, en un argumento que comparto plenamente, no pueda ser responsable más que de una parte de la explicación del desarrollo urbano y que, como consecuencia, pueda cuestionarse que las fuerzas globales sean tan poderosas como para transformar cualitativamente el sistema mundial, tal y como parecen entender algunos globalistas.

Si no se da tal transformación cualitativa afectando de forma irreversible al sistema mundial bien podemos pensar que el actual ciclo de globalización pueda tener un final. Esta parece ser la postura del historiador Harold James, que sugiere que la mayor parte de los análisis sobre globalización tienden a confundir las causas y los efectos del proceso. La apertura internacional, según James, no es la causa de la expansión tecnológica, como se asume habitualmente. Más bien son los cambios tecnológicos y las eficiencias de escala los que ocasionan que los mercados nacionales se queden literalmente pequeños, forzando a las empresas a expandirse más allá de sus fronteras. Tal argumento contribuye a explicar por qué la globalización y la inercia de las conexiones transnacionales tienden a operar a pesar de las convulsiones y contracciones del sistema financiero internacional. Quizá se podría asumir que, en la medida en que los Estados propusieran regulaciones locales para proteger sus economías de las turbulencias globales, los flujos de personas, bienes y servicios se verían estancados. Sin embargo, las fronteras abiertas no son la causa de la globalización sino más bien su efecto, y este proceso, según James, comenzó en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial y continúa hoy.

Ciertamente, la integración global hace a los territorios más vulnerables a shocks externos y, aunque podría sugerirse que tal vulnerabilidad acentúa la disposición y la capacidad de Estados y regiones para vérselas con situaciones de crisis, no deja de ser menos cierto que la globalización muestra tensiones intrínsecas que pueden provocar el final del ciclo actual. James nos recuerda que algo similar ya ocurrió durante la llamada Gran Depresión en los Estados Unidos a partir de 1929. Frente a la creencia de que la Gran Depresión, que efectivamente acabó con el primer ciclo de globalización del siglo XX, fue un resultado directo de la Primera Guerra Mundial, James sugiere tres factores inherentes a los procesos de globalización que causaron su autodestrucción: la inestabilidad propia del sistema capitalista, la reacción de aquellos sectores que no se beneficiaron de la integración global, y la imposibilidad o incapacidad para crear instituciones que contribuyeran a regular un mundo interconectado.

Naturalmente, estos factores pueden repetirse en la actualidad y, de hecho, hay signos muy visibles de una creciente ansiedad frente a un mundo «desbocado» (en palabras de Anthony Giddens) en el que las desigualdades sociales se acrecientan. Por otro lado, como muestran algunos indicadores que tratan de medir el grado de integración global, la globalización continúa su camino incluso en países en los que los niveles de integración pueden considerarse mínimos. El compromiso político hacia la integración parece expandirse, a la vista de los potenciales beneficios de la cooperación multilateral, aunque algunas importantes excepciones recientes tiendan a indicar lo contrario.

Pero los partidarios de la globalización no deberían olvidar las preocupaciones de los que se sienten marginados en el proceso, a menos que la reacción contra la globalización pueda convertirse en una profecía que se autocum-ple. De lo que podemos estar seguros, en cualquier caso, es de que la globalización no ha sido históricamente un proceso irreversible, sino un fenómeno cíclico en el que periodos de contracción o desglobalización siguen a otros de expansión e integración mundial. Aquéllos son periodos en los que el desarrollo socio-económico se explica con mayor efectividad por medio de fuerzas no globales: fuerzas nacionales y regionales que, a pesar de la cacofonía global que nos acompaña, no han perdido su plena relevancia para el análisis científico-social.

 

http://www.deia.com/2011/11/14/opinion/tribuna-abierta/historia-y-globalizacion