Un lunes al mediodía hace pocas semanas, debido a una bajada significativa del Ibex-35, un informativo radiofónico no dudaba en titular: «Semana negra en las bolsas». Apenas era lunes, pero los malos datos bursátiles encajaban perfectamente en las perspectivas negativas de la economía y no parecía insensato que con el dato del lunes alguien se atreviera a pronosticar las de toda la semana. Pero cuando el pasado jueves el Ibex-35 subió de manera espectacular debido al acuerdo en la cumbre europea celebrada el día anterior, otro informativo daba cuenta advirtiendo que a la postre la subida tenía poca importancia y que no pasaría ni una semana antes de que habría vuelto a bajar. Se trataba de hacer encajar una «buena» noticia en un marco de expectativas terriblemente negativas, lo que obligaba a relativizar su carácter positivo.
No diré, porque sería una exageración, que son los medios de comunicación los que inventan la realidad de la que hablan (me refiero, claro, a los que tratan de ser escrupulosos con los hechos, que no son todos). Pero como muestran los casos anteriores, incluso los hechos indiscutibles son sometidos a unos marcos de significación que los interpretan integrándolos en un relato social y político que les da sentido y orientación. Y son estos marcos de interpretación los que contribuyen decididamente a elegir qué hechos merecen ser convertidos en noticia y ser publicados, precisamente porque encajan en el relato dominante, o cuáles son descartados y quedan en el olvido porque serían poco verosímiles.
Generalmente, en situaciones sociales poco estresadas, pueden convivir varios marcos de interpretación contradictorios o bastante diferenciados, construidos y sostenidos por diferentes proyectos ideológicos y por sistemas de intereses bien organizados. Pero en situaciones de mucha tensión se simplifican las opciones e incluso se puede llegar a imponer una sola, con pocos matices, que se convierte en hegemónica. Ahora, no hay que decirlo, vivimos uno de esos períodos de hegemonía, en que sólo es creíble la noticia apocalíptica y en el que una lectura de la realidad esperanzada que discrepe de la interpretación dominante se convierte en irreverencia imperdonable, provocación arrogante o disidencia peligrosa.
Una de las consecuencias graves de las hegemonías interpretativas es que simplifican la percepción de la realidad hasta extremos muy graves. Véase, si no, estas tertulias de expertos en economía en las que el desacuerdo va entre anunciar el fin del mundo para hoy mismo o para la próxima semana. Todos ven tan claro qué decisiones deberían tomarse, que los principales líderes políticos mundiales se convierten en gente estúpida y a la deriva, que pierden dramáticamente el tiempo, ay, sin hacerles caso. Según los expertos que hace cinco años aún se explayaban en cantar las excelencias del «milagro español», no se sabe bien por qué razón, ahora el sistema capitalista se ha vuelto loco y está en manos de individuos que se esfuerzan en autoliquidarlo lo antes posible. ¡No es extraño que los indignados crean que el futuro es suyo!
Cuando hayamos pasado este trance dramático de la depresión económica -que lo pasaremos-, será un buen momento para estudiar cómo se han construido estas hegemonías interpretativas, al servicio de quién y cuál habrá sido el papel que habrán jugado tanto a la hora de mantener el orden a base de dar miedo como a la hora de retrasar las posibilidades de salir. Y será la hora, también, saber si lo que pasaba por crítica radical al poder lo era, y de reconocer quién ejerció la verdadera disidencia respecto al discurso políticamente correcto para, sacando el miedo del cuerpo, ayudar a acelerar la salida del pozo.







