Dentro de la sociedad civil catalanista tenemos una larga trayectoria de entidades. Existen a menudo organizaciones relámpago, que nacen y mueren rápidamente. Son fugaces, no se consolidan pero tienen la virtud de la flexibilidad y de expresar con rapidez y claridad las necesidades del momento. Hablamos, por ejemplo, de plataformas creadas en reacción a algún hecho, que pueden tener puntualmente una alta capacidad de movilización.
Hay también otras entidades que no tendrán la virtud de la agilidad pero que tienen otras. Y aquí es donde sobresale Òmnium con sus 50 años de trayectoria que se celebran el próximo lunes. La virtud de Òmnium es su potencia, su transversalidad y su regularidad.
Potencia porque ha conseguido una fuerza importante como lo demuestran el liderazgo de un montón de proyectos de referencia, docenas de sedes territoriales activas o miles de socios que la han posicionado como un referente.
Transversalidad porque ha conseguido, y no siempre ha sido fácil, representar una sensibilidad común del conjunto del catalanismo. Mantener la centralidad del país, hoy cada vez más soberanista, vigilando por no quedar secuestrado por las estrategias de los partidos políticos.
Y finalmente regularidad, porque Òmnium, a diferencia de otras entidades, no depende de una persona, ni de dos, ni de tres. Los presidentes y miembros de la junta se van, vienen de otros y la entidad continúa con su acción constante de consolidar la conciencia nacional.
Estas virtudes son las que permitieron que el 10 de julio del verano pasado tuviéramos la histórica manifestación. Una movilización que sirvió de mucho, al igual que las consultas, porque demostró que en la cuestión nacional el pueblo va un paso por delante de la clase política, cuando muchos pensaban lo contrario. Parece fácil pensar que sin Òmnium la manifestación hubiera ido igual de bien, pero hay que recordar que hace un año algunos sectores independentistas, quizá los mismos que ahora dicen que el 10J no sirvió para nada, estuvieron muchos días diciendo que no se tenía que ir porque defendía el Estatuto y la quería encabezar un presidente autonomista.
Òmnium no lidera el proceso de liberación nacional pero sí lo apuntala y lo hace dando su apoyo a aquellas iniciativas que tienen un mínimo de solidez y transversalidad. Para ello hay que tener una estrategia y no apuntarse acríticamente a cualquiera de los cientos de iniciativas que aparecen cada semana, independientemente de su grado de aportación final.
Cuando hubo las consultas independentistas en la ciudad de Barcelona, por ejemplo , Òmnium hizo sudar mucho a los organizadores lograr su adhesión. Cuando éstos pudieron demostrar que la consulta de la capital favorecería la causa soberanista porque habría un alto grado de participación, Òmnium se mojó y, haciéndolo, favoreció, a la vez, su éxito.







