Entre la soberanía y la dignidad

Parece que, finalmente, los escoceses tendrán un referéndum para decidir si se separan o no del Reino Unido. La deriva del caso podría ser sorprendente para quienes están acostumbrados a oír una y otra vez -desde hace siglos, si la memoria se acumulara en los genes- que las aspiraciones soberanistas dentro de un Estado constituido son un criminal, demoníaco delirio: resulta que a los centralistas de Londres la cuestión no sólo no les acelera el pulso ni les hace perder ni un minuto de sueño, sino que han dicho a los escoceses que nada de plantear mejoras en la autonomía financiera más o menos tibias o atrevidas, que nada de medias tintas, que la pregunta debe ser clara: quiere ser independientes, ¿sí o no? No hay constancia de que ningún rayo divino haya caído del cielo para fulminar a Mr. Cameron y a sus adláteres, mal que cada vez que se han planteado, de manera más o menos consistente y seria, en España cuestiones secesionistas el espasmódico ataque de urticaria ha sido en nuestro oeste tan general y terrible que, con un cierto escalofrío, uno no ha podido menos que alegrarse de que las torturas y la hoguera hayan sido abolidas de las prácticas judiciales de este país.

Los ingleses -dicho el término con propiedad, o sea los que gobiernan desde Downing Street- no son ni delirantes ni idiotas, al contrario, muestran una inteligencia política y emocional de la que, no sé decir si por suerte o por desgracia, no parecen disponer quienes gobiernan desde Madrid. Si en el asunto escocés se preguntara a la ciudadanía por una mejora de la financiación, o por una ampliación de competencias autonómicas, parece que muy posiblemente el resultado sería “sí”. Pero, una vez analizadas las balanzas de poder económico, los ingleses saben muy bien que ante el ofrecimiento de la libertad total, y por tanto de la total responsabilidad, está el cien por cien de posibilidades que la respuesta de los escoceses será “no”.

Y desde Cataluña, uno se obliga a preguntarse cómo es que los políticos de Madrid -tanto socialistas como de derechas- les aparecen todos los demonios cuando se les habla de soberanía de alguno de sus territorios, en especial de Cataluña. ¿Es que la diferencia radica en el atavismo cavernario de la sagrada unidad de España? Sí, sin duda, pero hay otro factor determinante, el económico. El PIB del territorio escocés está por debajo del conjunto de la Gran Bretaña y, por tanto, dejar ir a Escocia no lleva a un empobrecimiento del Reino Unido. En el caso de Cataluña y España es al contrario: para España sería un mal negocio quedarse sin Cataluña, al margen de los problemas de identidad. Queda el juego de las hipótesis sobre el resultado de un referéndum con la pregunta que se hará a los escoceses hecha a los catalanes. Las encuestas dicen que ahora mismo también los catalanes, tal como seguramente harán -¿o no?- los escoceses, dirían que no.

¿De dónde viene, pues, el pánico visceral que las pulsiones independentistas suscitan en los españoles? No de la expectativa inmediata. O sí, depende como se mire: permitir un referéndum sobre la cuestión conllevaría ceder en una cuestión de principios: que la secesión de cualquier parte del actual territorio formalmente español es implanteable. Aunque el resultado fuera contrario ahora, o dentro de cinco años, el solo hecho de haber abierto la puerta sería dejar un huevo de serpiente del que puede salir el monstruo en un futuro, da igual cuánto sea de lejano.

Las señales que llegan de Europa no ayudan a la comodidad política de los centralistas españoles. A los hechos de Escocia se añade la noticia de que los Länder más ricos de Alemania quieren revisar su contribución fiscal al conjunto del territorio federal. Vamos, que los ricos están cansados y quieren pagar menos. No me detendré a imaginar las diferencias de forma y de fondo que deben hacer que el caso alemán no sea extrapolable a España, o sea los argumentos que el Sr. Rajoy se sacará de la chistera cuando el catalán de turno le pregunte en el Congreso de los Diputados cómo es que los bávaros sí y nosotros no.

Entretanto, desde un enésimo ejercicio programático, el Sr. Mas ha hecho enseña de su singladura legislativa la mejora de la financiación, lo que, de manera a mi juicio inconcreta y etérea, o sea con no mucho significado, se llama el pacto fiscal. La respuesta del Sr. Rajoy ha sido anunciar una nueva norma en virtud de la cual los presupuestos autonómicos tendrán un límite por ley, y además podrán ser fiscalizados desde el gobierno central de manera mucho más directa y eficiente que hasta ahora. Renuncio a encontrar una expresión para calificar, porque las únicas justas y apropiadas son obscenidades impropias de una página de opinión.

Ante tal atentado a la dignidad de un colectivo de siete millones de ciudadanos, en declaraciones a un medio de prensa extranjero el sr. Mas ha dicho que, si el poder de Madrid no atiende las demandas de los catalanes, los catalanes tendrán que optar por emprender la propia vía. Pues bien, señor presidente, no nos enfrentamos a una hipótesis de futuro, no estamos ante un condicional contingente, sino de una realidad en la plenitud del presente que reitera hasta la putrefacción la realidad de los últimos cien años, o trescientos, depende como lo miremos. Por tanto, no sé qué más quiere, después de la bofetada número cuatrocientos -¿o es la quinientos?- No sé qué luz hiriente esperamos que descienda de las alturas. No podemos continuar advirtiendo y amenazando si después somos incapaces de movernos, porque por ahí sólo vamos hacia la indignidad, que es donde ya estamos ahora mismo. Es otro, hay que imaginar, el que usted llama el propio camino de los catalanes. Pues cuando quiera, ya nos podemos poner a ello.

EL PUNT – AVUI